La guerra en Irán y el riesgo nuclear que aumenta con la destrucción del régimen
Los críticos del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán señalan que el presidente estadounidense Donald Trump carece de un plan estratégico para el futuro del conflicto. Cuando Trump afirma poder resolver guerras en un solo día, revela no solo la brevedad de su horizonte temporal, sino también la estrechez de su percepción sobre las amenazas reales.
La falsa premisa de la destrucción como solución
La campaña de bombardeos de Trump, aunque carece de estrategia tradicional, opera bajo una suposición clara: el régimen iraní representa una amenaza para la seguridad estadounidense, y su destrucción eliminaría dicha amenaza. Esta misma creencia impulsó guerras anteriores en Irak y Libia, donde la premisa resultó errónea entonces y podría ser catastróficamente errónea ahora en el caso iraní.
Estados Unidos posee una capacidad extraordinaria para destruir estados centralizados desde el aire, pero carece de capacidad comparable para gestionar lo que sigue al colapso. Los vacíos de poder no pueden atacarse con munición de precisión ni cartografiarse mediante imágenes satelitales, lo que lleva al pensamiento estratégico estadounidense a subestimar sistemáticamente estos peligros.
Lecciones no aprendidas: Irak y Libia
La guerra de Irak en 2003 debería haber dejado una lección clara. Tras destruir el Estado iraquí bajo la premisa de que Saddam Hussein representaba un peligro directo, lo que siguió fue caos absoluto. Cientos de depósitos de armas fueron saqueados en días, inundando mercados negros con armas ligeras, lanzacohetes portátiles y munición que terminaron en manos de actores impredecibles, incluyendo al Estado Islámico.
Libia reforzó esta lección en 2011. Tras el derrocamiento de Muamar el Gadafi con ayuda de la OTAN, entre 3.000 y 12.000 misiles tierra-aire portátiles desaparecieron, reapareciendo luego en mercados de armas del Sahel, Sinaí, Gaza y otras regiones conflictivas.
El peligro nuclear específico de Irán
Antes de los ataques de junio pasado, la República Islámica de Irán poseía aproximadamente 441 kilos de uranio enriquecido al 60% de pureza, un paso técnico corto respecto al grado necesario para armamento nuclear. Según estimaciones expertas, esto sería suficiente para alrededor de diez artefactos nucleares.
El Organismo Internacional de Energía Atómica ha declarado que no puede dar cuenta del tamaño actual ni del paradero de las reservas iraníes de uranio enriquecido, ya que sus inspectores han tenido prohibido el acceso a instalaciones nucleares desde los ataques. Algunos analistas creen que el material quedó sepultado bajo instalaciones derrumbadas, mientras otros consideran que fue reubicado antes de los bombardeos.
La ironía estratégica de la destrucción
La ironía estratégica que subyace a la lógica de destrucción del régimen reside en que las instalaciones dañadas, el material nuclear disperso y el personal de custodia desmoralizado o ausente crean precisamente las condiciones más propicias para la desviación de materiales peligrosos. Lejos de eliminar el riesgo de proliferación nuclear, los ataques estadounidenses e israelíes podrían haberlo agravado significativamente.
Incluso si la probabilidad de desviación sigue siendo baja, debe manejarse con máxima seriedad, según el principio fundamental de seguridad nuclear: el material fisible que no se encuentra bajo control estatal seguro debe evaluarse con base en el peor escenario posible.
La ruptura de la lógica de disuasión
Cuando las redes terroristas obtuvieron acceso a misiles tierra-aire, fue una catástrofe. Si logran obtener material nuclear utilizable para armas, la lógica misma de la disuasión nuclear se rompería completamente. Un Estado hostil tiene al menos una capital, un liderazgo y una población que desea preservar, elementos que permiten negociaciones y acuerdos.
En términos de disuasión nuclear:
- No se pueden negociar salvaguardas en el vacío
- No se puede firmar un acuerdo con un territorio fragmentado
- No se puede verificar el cumplimiento por parte de un Estado que ya no existe
El precedente soviético y la situación iraní
Cuando la URSS se disolvió en 1991, la degradación de los sistemas de seguridad dejó vulnerables los materiales nucleares. Estados Unidos comenzó entonces a invertir fuertemente en programas cooperativos de reducción de amenazas, siguiendo el ejemplo de George Soros, quien creó una fundación para apoyar a científicos soviéticos y prevenir la fuga de cerebros.
La situación de Irán es en ciertos aspectos más precaria, ya que su infraestructura nuclear ha combinado durante décadas elementos declarados y clandestinos. Además del material físico, existe preocupación por los científicos nucleares iraníes formados a lo largo de años. En un escenario de colapso estatal, estos especialistas se convertirían en agentes libres, disponibles para cualquiera dispuesto a pagar por sus conocimientos.
Transformación de la amenaza
Eliminar a un adversario visible no neutraliza la amenaza subyacente; simplemente transforma esa amenaza en algo esquivo, opaco, descentralizado, irresponsable e imposible de negociar o monitorizar. El material nuclear de menor calidad podría reutilizarse en dispositivos de dispersión radiológica (conocidos como 'bombas sucias') capaces de contaminar zonas urbanas enteras.
En ausencia de custodia institucional, cada sitio de enriquecimiento, centro de investigación y reactor nuclear implica riesgos específicos y difíciles de controlar. El Estado que actualmente mantiene la custodia del material nuclear iraní, por imperfecto u hostil que sea, representa la única entidad con la que se podría lograr una restricción aplicable. Destruirlo haría que la resolución de la amenaza nuclear, aunque más urgente, fuera prácticamente imposible de alcanzar.
