El camino de Villanueva a Jordán es como el camino de los judíos por el desierto cuando huían de Egipto: solo existen el cielo, el sol y una tierra calcinada y profunda. Nos acompañan una que otra lagartija, un par de arbustos que hablan con el cielo y el sol desde hace siglos, y el silencio.
No hay maldad en la atmósfera. Solo silencio, como en el Himalaya, como en el páramo, entre nubes y viento, como en tantos pueblos de Santander, como Jordán, Cepitá, San Miguel, Capitanejo; como en Vetas, en Mutiscua.
Respiramos “porque al respirar sentimos y aprendemos”, mientras caminamos por estos caminos bíblicos, eternos, buscando “cómo robarle algo al absoluto”, como decía Sábato ante la dimensión y grandeza del universo.
No es la meta, es en quién te conviertes en el camino. No dejamos de sorprendernos por el milagro del amanecer. “Tengo entendido que uno siempre será joven mientras nunca deje de sorprenderse ante la nueva luz del sol, como si fuera la primera y última vez”, y también con el aroma del café: “Mi reino por un café, una arepa y el sabor del caldo”.
Cada rincón del Cañón tiene su misterio, nos habla de otros mundos donde no hay consumo masivo, ni zapatos Ferragamo, ni perfumes, ni el último auto. No, allí solo estamos ante el infinito, en un diálogo humilde, religioso y profundo.
Con eso se llenan nuestros pulmones, es el lugar apropiado. También uno se cura y se alivia mirando una pintura de Velázquez, Durero o Rodríguez Naranjo, para hablar de lo nuestro. Siempre respirando como lo hacemos caminando entre Villanueva y Jordán, llenando nuestros pulmones de rayos de sol, del reflejo de las piedras, de los riscos y de la brisa que pasa suave.
El último compás de un guardián de la historia. Si camináramos así siempre, llenándonos de esa naturaleza, apreciando ese mundo severo pero noble, nuestra vida y la de todos sería mejor o, al menos, tendría un sentido superior.
En ese camino duro y solitario pensamos, mientras caminamos con el sudor rodando por nuestro cuerpo, en lo bella que es la vida, porque aquí comprendemos la dimensión del universo y la autenticidad de estos pueblos construidos en estas soledades, como si huyeran de algo; como los judíos perseguidos por la reina Isabel la Católica, atravesando el mar para no volver, para comenzar una nueva vida con sus familias y perderse, por eso, en esas eternas soledades.
Fue esta gente recia y dura la que construyó Santander, tapia sobre tapia, ladrillo sobre ladrillo, paisaje sobre paisaje, bajo el sol amado por los guanes.
Al atardecer llegamos a Jordán, solitario y auténtico, con sus habitantes sencillos, como detenidos en el tiempo. Y entonces nos dimos cuenta que la verdadera riqueza no estaba en las ciudades ni en el ruido del mundo, sino aquí, en estas piedras ardientes.



