Hace un par de días, por esas casualidades de la vida, terminé conversando con un antiguo amigo de colegio cuyo rastro había perdido por más de 20 años. Aunque nunca he sido especialmente nostálgico ni la crisis de los 40 me llevó a buscar en redes sociales a mis compañeros de graduación, fue divertido recordar anécdotas de una época sin internet, donde todo parecía más sencillo. Mi amigo, con sincera y divertida envidia, mencionó que había leído mis columnas, a las que calificó de "ladrilludas".
El reencuentro con el pasado
Al rescatar recuerdos de aquellos años, es inevitable hablar de otros y tratar de entender qué ha sido de sus vidas. Los recuerdos traen imágenes claras y borrosas de personajes que pasaron por nuestra vida, y nos esforzamos por reconstruir un mundo que creemos que aún nos pertenece, aunque a veces parece haber desaparecido. En nuestras charlas, retomamos lo que había sido de nuestras familias y de quienes compartieron esa época. Conmemoramos duelos, nacimientos, separaciones, cambios de país y pequeños momentos simples de la vida escolar, donde las discusiones más intensas giraban en torno a quién se había besado con quién.
La sombra del suicidio
Con preocupación, supe que un par de personas de nuestro colegio se habían suicidado. Nos preguntamos si el contexto en el que crecimos, puramente racional y poco centrado en las emociones y el bienestar, tuvo alguna responsabilidad en el devenir de muchos de nosotros. Tal vez todo sea una coincidencia desafortunada, incluso inexplicable para Durkheim. Sin embargo, quedó una tristeza difícil de precisar: la de no haber podido escarbar más en esas historias de vida que parecían tenerlo todo, pero que al final solo mostraban vacío.
Lecciones de vida
En estas discusiones, uno se da cuenta de cómo la vida pasa por encima y de lo que significa disfrutarla, levantándose cada mañana a hacer lo mejor con lo que se tiene. Al preguntarle a mi amigo si era feliz, su tímida respuesta afirmativa me hizo apreciar más lo que tengo y entender que la clave no es una vida perfecta llena de bienes materiales, sino intentar hacer lo que a uno le gusta, enfrentando las vicisitudes diarias de la mejor manera posible.
Elegir el camino propio
Recuerdo que cuando decidí estudiar historia en lugar de economía o derecho, muchas personas me miraban con extrañeza. Pero el interés por lo que me gustaba era más fuerte que cualquier preocupación por el futuro. Entre la lucha por lo que uno quiere y el optimismo, he aprendido a valorar lo que me rodea sin pensarlo mucho. También me he dado cuenta de la importancia de ayudar a nuestros hijos a crecer en un contexto donde la mejor nota o el mejor sueldo no sean lo más importante.
No pretendo pontificar ni decir a los demás cómo vivir. Solo comparto reflexiones sobre lo que muchos sienten al volver atrás en el tiempo y cómo reflejar lo vivido en el presente de forma constructiva, evitando hacer daño a los demás. Quizás este sea uno de los pocos deberes que tenemos como seres humanos. Si esta columna sirve para eso, habrá valido la pena.



