Colombia siente hoy la ausencia de un estadista que encarnó como pocos el verbo hacer en un país que tanto clama por resultados concretos y por servidores públicos que conviertan las promesas en realidades tangibles. Representaba la política que buscamos.
Un legado de ejecución y transformación
Admiré, como millones de colombianos, su extraordinaria y casi legendaria capacidad para concretar. No prometía: ejecutaba. No teorizaba: transformaba. En eso radicaba su grandeza singular. En la vida pública de Colombia, el arte supremo de “lograr hacer” sigue siendo escaso. No le bastó conocer como pocos el territorio nacional, sino que, sin ser presidente, participó activamente en la construcción de una mejor Colombia.
Germán Vargas Lleras pertenecía a esa estirpe extraña y luminosa de líderes elocuentes, pero con inmensa capacidad política. Honró esa profesión resolviendo problemas, planteando con carácter sus visiones de Estado, entregando progreso y durmiendo cada noche tranquilo por esa entrega inconmensurable.
Forjador de una reputación de ejecutor eficaz
Forjó una reputación merecida de ejecutor eficaz. Como legislador y ministro del Interior, destrabó reformas complejas que otros ni siquiera osaban intentar. Sellaba con su carácter las discusiones difíciles. Como ministro de Vivienda, impulsó con visión y determinación programas históricos como las 100.000 viviendas gratuitas y llevó agua potable y saneamiento básico a centenares de miles de familias colombianas que por décadas habían sido olvidadas. Eso le concedió una gran satisfacción, volviéndose un ejemplo para estas generaciones, como un político bueno que servía a sus conciudadanos y les mejoraba sus condiciones de vida.
Siendo vicepresidente, asumió en carne propia el seguimiento riguroso de la gran agenda de infraestructura 4G, metiéndose en los detalles más finos, cerrando financiaciones, destrabando licencias y exigiendo cronogramas con una tenacidad que impresionaba incluso a sus más acérrimos contradictores, uniendo con maestría lo que en Colombia casi siempre permanece separado: la política y la gestión pública. No se quedó en alianzas, conciliaba y salía al territorio. Vargas Lleras dominaba ambos universos con brillantez. Entendía como pocos el arte de los acuerdos políticos, de dialogar con gobernadores, alcaldes, congresistas y líderes regionales; pero al mismo tiempo se apasionaba por los presupuestos, los diseños, los cronogramas y las soluciones técnicas. Esa combinación virtuosa le permitió no solo soñar grandes desarrollos para Colombia, sino hacerlos realidad.
Liderazgo activo y compromiso con los detalles
Delegaba sin jamás abdicar de la responsabilidad. No era de aquellos jefes que reparten tareas, se metía en el corazón mismo de la ejecución: revisaba, exigía, llamaba, y mantenía viva la llama de la urgencia. Con la impaciencia sana de quien ama profundamente a su país y sabe que cada día perdido es un día que retrasa el progreso de los colombianos. Con él, cada nivel sabía que el líder estaba atento, que los detalles importaban y que el éxito se medía en carreteras construidas, viviendas entregadas y compatriotas dignificados. Su ejemplo contagiaba esa pasión por los resultados.
En un momento histórico en que Colombia exige con urgencia líderes íntegros, potentes, con capacidad de volver a construir y volver a creer en el futuro, su ausencia se siente como una herida profunda en el alma nacional. Sus columnas fueron una luz en estos oscuros momentos del país. Su voz fue aliento y guía de la oposición. Fue un gestor público excepcional. Un verdadero hombre de Estado.
Un llamado a seguir su ejemplo
En un momento histórico en que nuestra Colombia exige con urgencia líderes íntegros, potentes, con capacidad de volver a construir, volver a ejecutar y volver a creer en el futuro, su ausencia se siente como una herida profunda en el alma nacional. Invito a que su ejemplo ilumine a las nuevas generaciones, a que afiancemos la línea firme del discurso, las ideas que inspiren, la ejecución y el carácter para con autoridad luchar por la Colombia soñada.
Descanse en paz. Su actuar político nos compromete. Su inteligencia, tenacidad y amor por el país nos inspiran. Su memoria nos obliga. ¡Dios lo tenga a su lado!



