Jaime Bayly, escritor y conductor de televisión, aborda un vuelo nocturno hacia Buenos Aires, a pesar de que nadie lo espera en esa ciudad. En su artículo, confiesa que lo impulsa un profundo malentendido: la certeza de que sus libros y él mismo son importantes. Esta ilusión, que califica de hilarante y conveniente para la vanidad, también lo anima cada noche cuando conduce su programa de televisión en Miami, donde reside desde hace más de tres décadas.
La ilusión de la audiencia masiva
Bayly describe cómo, al hablar frente a las cámaras, imagina que millones de personas lo observan, esperando sus opiniones. Sin embargo, reconoce que esa audiencia masiva es solo un espejismo. Las cifras de audiencia muestran números bajos, pero él prefiere no resignarse a creerlo. Durante el programa, necesita sentir que el mundo está paralizado, atento a su palabra inflamada y justiciera.
El escritor que se invita a sí mismo
El autor confiesa que asiste a todas las ferias del libro a las que no ha sido convocado, pagando sus propios viajes para no depender de fondos públicos. Aunque declara que rechazaría invitaciones oficiales por razones de integridad moral, nunca ha tenido que hacerlo porque ningún gobierno lo ha invitado. Así que financia sus travesías con su propio dinero, aunque al final, bromea, es su madre quien termina pagando.
Bayly se pregunta por qué se esfuerza tanto por parecer un escritor exitoso cuando apenas es leído por unos pocos. La respuesta, según él, es simple: porque él mismo es un loco sin remedio, un demente sin cura. Sus libros son formas de locura, venenos, y su determinación de ser escritor es un intento desesperado por escapar de su pasado: el niño asustado que su padre insultaba y golpeaba, el púber aterrado, el adolescente erizado por cuerpos prohibidos.
Viajar para sentirse vivo
Bayly viaja a Buenos Aires para sentir que está vivo, que el escritor está vivo, que sus libros aún tienen relevancia. Viaja para convencerse de que los libros no son prescindibles, que un buen libro puede cambiar la vida. Se entrega a esa pasión, a esa vocación, convencido de que su vida solo tiene sentido cuando escribe. Ha sobrevivido a las emboscadas del destino gracias a no rendirse en su cruzada por ser un escribidor.
Con sesenta y tantos años, sabe que no le quedan muchas novelas por escribir ni mucha vida por vivir. Tiene tres novelas en mente, dos ya comenzadas, y espera terminarlas. Mientras tanto, seguirá viajando a ferias del libro, reuniéndose con menos lectores de los que imagina, firmando libros como si esas rúbricas mejoraran algo. No lleva la cuenta de lo que gasta, pues al final su madre, una santa, paga esos viajes.
Elegir la incomodidad
El escritor podría quedarse en casa, con su esposa e hija, disfrutando de una vida cómoda y predecible. Sin embargo, elige incomodarse, armarse con sus mejores armas, las palabras, e ir a la guerra del fin del mundo. Elige invadir, batallar, conquistar, dejar la sangre en la arena. Así, cree, debería vivir un escritor, aunque después nadie lo lea ni lo recuerde. Así desea que lo recuerden sus mujeres y sus hijas: como un soñador que no se resignó a vivir una sola vida y se permitió la extravagancia de vivir muchas otras, como un pirata tuerto con un ojo parchado para combatir mejor en la oscuridad.



