El juego de la vida: Documental de la U. de los Andes sobre pobreza y desigualdad
Documental sobre pobreza y desigualdad en Colombia

La pobreza y la desigualdad social han sido estudiadas históricamente en el escritorio de los académicos, desde donde han salido millones de cifras, gráficos de dispersión y porcentajes que buscan responder qué tan bien o qué tan mal vive la gente en Colombia. Sin embargo, ahora una parte de esos números tiene rostro, voz y sueños. Ahora tienen nombre.

"La vida es un juego, no siempre justo, pero siempre impredecible" es una de las frases con las que cierra El juego de la vida, un largometraje de la Universidad de los Andes que sigue la historia de cinco familias que, durante 14 años, se enfrentaron a los azares de un tablero en el que muy pocos tienen asegurado un techo, un salario digno y el acceso a educación de calidad, con el único propósito de salir adelante y cumplir aquellos sueños que los llevaron a moverse: tener casa propia, estudiar diseño de modas o microfútbol y cambiar una mesa de billar por una tienda.

Una mirada desde la empatía

En palabras de su director, Mario Andrés Ruiz, quien no cree que el pobre es pobre porque quiere y considera que hay desigualdades estructurales e históricas que deben ser entendidas y transformadas, "esta película busca, desde la empatía, inspirar preguntas y reflexiones sobre la movilidad social, no como un sueño de éxito fácil, sino como una lucha que transforma profundamente a quienes logran alcanzarla", con el objetivo de demostrar que la pobreza, lejos de ser una elección, es el resultado de un entramado de circunstancias que limitan las oportunidades de muchos.

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Esta idea no dista ni un poco de la de Raquel Bernal, rectora de la U. de los Andes, quien asegura que este documental es la evidencia de lo que logra una institución que se "sale de sus muros para encontrarse con las personas". "Históricamente, la universidad ha sido el lugar donde se descifra la verdad a través del rigor y los datos. Pero hoy, con el lanzamiento de El juego de la vida, estamos dando un paso hacia una respuesta más profunda: hoy no estamos aquí solo para presentar el resultado de una investigación de frontera, estamos aquí para ser testigos de un cambio de propósito".

La Encuesta Longitudinal Colombiana como base

Según detalló Bernal, este proyecto se fundamentó en la Encuesta Longitudinal Colombiana (Elca), que viene desarrollando la Facultad de Economía desde 2008, por medio del seguimiento continuo de 10.000 hogares de diferentes zonas urbanas y rurales del país, para comprender a mayor profundidad los cambios sociales y económicos a nivel individual y familiar. "Si la Gran Encuesta Integrada de Hogares del Dane es una fotografía de Colombia, la Elca es el video de nuestras vidas como colombianos", detalla.

El estudio midió indicadores como pobreza, ruralidad, conflicto, primera infancia, desempleo y democracia y, pese a que ha revelado cifras que permiten comprender la realidad colombiana como los 2,5 millones de jóvenes que hoy en día no tienen trabajo, "solo las historias nos permiten sentir el peso de esas barreras económicas. Este documental no es un simple cambio de formato, es un ejercicio de traducción de nuestra producción de conocimiento", asegura Bernal.

De los datos a las historias

Fue esta, además de muchas otras, una de las razones que motivó a la universidad a llevar la Elca a otro nivel y grabar la vida de aproximadamente 50 familias, de las cuales solo se pudo mantener un seguimiento progresivo por 14 años en cinco de ellas, revelando sus dolores, tristezas, anhelos, alegrías y también el peso de la incertidumbre de no tener comodines para ganar el juego. Por esa razón, Bernal recalca que el largometraje deja ver "la realidad de un país desigual, pero también la resiliencia de quienes lo habitamos. Lo que antes eran puntos en un gráfico de dispersión, hoy son rostros, nombres y voces que nos cuestionan".

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Sobre la importancia de llevar la academia a los rincones más lejanos de las urbes y los libros, la rectora de la U. de los Andes enfatiza en que el valor de la investigación no debe medirse únicamente por su rigor técnico, sino también por su capacidad para tocar vidas, pues "no se trata de simplificar la ciencia, sino de hacerla viva". "Queremos que este conocimiento deje de ser algo que se queda en los anaqueles de una biblioteca o en servidores de datos y se convierta en una herramienta para conectarnos como colombianos. Porque solo cuando nos vemos reflejados en la realidad del otro es cuando realmente empezamos a generar las preguntas que cambian el mundo", agrega.

Por su parte, Ruiz precisa que esta investigación pretendía comprender mejor las dinámicas de desigualdad, movilidad social y pobreza. "Ha sido un viaje transformador para mí, pues me ayudó a entender mejor el país, la sociedad y a mí mismo. Quiero compartir este trabajo con todo el mundo, porque puede aportar un granito de arena a tener una sociedad un poquito mejor".

Cinco historias de sueños

El juego de la vida rompe la pantalla negra con la risa de una familia que, después de abandonar y huir de su casa por una catástrofe que acabó con el municipio y que solo les dejó un pedazo de la fachada entre ramas y árboles, logró reasentarse y reubicarse en Bogotá y Medellín: entre el sonido del TransMilenio y del rap. De allí, la imagen se traslada a un abuelo que pasa sus días entre las mujeres del hogar que lo cuidan en su pensión y sus noches entre peleas de gallos que le hacen olvidar que sus bolsillos están vacíos, aunque nadie más lo sepa.

Pero no termina allí: la cámara también llega hasta Córdoba, donde una madre y sus siete hijas conforman el grueso de un pequeño condominio de casas. Mientras la primera se debate entre conservar un billar que le dejó su hijo fallecido y endeudarse para montar una tienda y olvidar el dolor del primer amor que perdió; las demás dejan de ser niñas para convertirse en madres y amas de casa, aquellas que nunca partieron más allá de la costa para no dejar a su madre volverse loca.

Casi al instante, la foto ya no es de un cielo soleado, sino uno nublado. En Simijaca, las protagonistas son dos niñas que, sin ser hermanas, se prometen pasar toda la vida juntas y verse entre ellas cumplir el sueño de ser diseñadora de modas y modelo o trapecista o futbolista. Y, pese a que ambas pierden a sus padres, la brecha entre la vida del campo y la ciudad las lleva a destinos diferentes, a lucharse entre el rebusque del campo y la velocidad de una capital, a entenderse como mujeres con derechos en una sociedad que les enseñó a sus abuelas que eran mucho menos que los hombres.

El siguiente salto va de la finca a la central de abastos y el canto de una pequeña que se imagina haciendo música de grande. Ella es parte de una familia de cuatro: dos padres que se rebuscan el sustento entre plazas de mercado que compiten con las tiendas de retail; una hija mayor que, luego de quedar embarazada, empieza a dedicarse a su hogar y abandona la idea de ser policía; y una hija menor que abandona el canto para traer un niño al mundo.

En este tablero, algunos cumplieron sus sueños tal cual como los imaginaron de niños y otros mutaron sus propósitos según las fichas con que les tocó jugar. Luego de 14 años, unos pocos se movilizaron y se encontraron con futuros más prometedores; sin embargo, muchos otros, aunque felices y agradecidos con los atenuantes de su entorno, se encontraron con que, en el juego de la vida, "no escogemos nuestras cartas, pero sí cómo jugarlas".