En una sala controlada al detalle, lejos de los riscos donde tradicionalmente estas aves se abren paso, ocurrió un momento invaluable para los expertos: la vida abriéndose camino en una especie al borde de la extinción. Así nació Cattleya, una nueva cría de cóndor andino en Cundinamarca, resultado de un proceso técnico y científico que se convierte en símbolo de resistencia ambiental.
Un proceso técnico minucioso
El nacimiento fue el fruto de múltiples esfuerzos. Durante casi dos meses, el huevo fue monitoreado en la fase de preeclosión, un período donde cada variación de temperatura o humedad podía marcar la diferencia entre la vida y la pérdida. Luego vinieron ajustes como la reducción de temperatura, la suspensión del volteo automático y estímulos sonoros, incluyendo pequeños golpes controlados sobre la cáscara para inducir la respuesta del embrión.
La tercera fase, la más delicada, fue la eclosión asistida. Allí, la intervención humana fue determinante para ayudar a la cría a romper el cascarón. El proceso concluyó con cuidados neonatales inmediatos, donde los profesionales ubicaron al polluelo en criadoras especializadas y realizaron un seguimiento permanente de su estado de salud.
Equipos de alta precisión
“Gracias a esta alianza fue posible contar con equipos e insumos en óptimas condiciones y de alta calidad”, explicó Alfred Ballesteros, director general de la CAR Cundinamarca. Detalló que el proceso se apoyó en “criadoras digitales con control de humedad y temperatura, incubadoras de alta precisión, monitores de frecuencia cardíaca para huevos, hidrómetros, termómetros especializados y títeres de cóndor”. Según el funcionario, estas herramientas fueron clave para “asegurar el adecuado desarrollo embrionario y el crecimiento de las crías bajo estándares científicos rigurosos”.
Un paso en la conservación
Cattleya no llega sola. Se suma a otras dos crías hembras nacidas durante 2025, en un avance que, aunque incipiente frente a la magnitud del reto, representa un paso concreto en la conservación del cóndor de los Andes, especie catalogada en riesgo de extinción.
El proyecto, que supera los 428 millones de pesos de inversión, se construyó sobre una alianza entre la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca y la Fundación Parque Jaime Duque. Mientras la CAR enfocó sus esfuerzos en la educación ambiental y el fortalecimiento de capacidades en comunidades e instituciones educativas, la fundación lideró los componentes técnicos y científicos del proceso, desde la incubación hasta la crianza de los polluelos.
Apropiación social del conocimiento
Más allá de la tecnología y los protocolos, el nacimiento de Cattleya refleja una apuesta por la apropiación social del conocimiento. Según la CAR, durante todo el proceso se impulsaron estrategias de sensibilización con actores territoriales, con el objetivo de acercar a las comunidades a la protección de la biodiversidad y de especies emblemáticas como el cóndor y el oso andino.
Un reto enorme
El reto sigue siendo enorme. El cóndor no solo enfrenta amenazas naturales, sino también presiones humanas que han reducido su hábitat y sus posibilidades de supervivencia. En ese contexto, cada nacimiento es leído por los expertos como una señal de que, aunque frágil, la recuperación es posible.
La llegada de este tercer cóndor en el año no es solo un dato técnico. Es, en palabras de quienes lideran el proceso, la evidencia de que las alianzas institucionales pueden traducirse en resultados tangibles para la biodiversidad. Un intento, todavía en construcción, por devolverle al cielo andino una de sus figuras más imponentes.



