La reflexión urgente sobre la pérdida de la compasión en la sociedad colombiana
En un momento donde la polarización política parece dominar cada aspecto de la vida nacional, el columnista Ricardo Silva Romero plantea una reflexión profunda sobre la necesidad de recuperar la humanidad colectiva que alguna vez caracterizó a la sociedad colombiana ante las tragedias.
La nostalgia por los minutos de silencio que unían
Silva Romero distingue entre dos tipos de nostalgia: aquella que revitaliza y fortalece, y aquella que simplemente revuelve el estómago sin propósito. El autor argumenta que existe una nostalgia útil por aquellos tiempos en que toda la sociedad, sin distinciones políticas, se unía en minutos de silencio ante las fatalidades que sorprendían al país.
El minuto de silencio, según el columnista, representa una reverencia fundamental hacia la tragedia, una tradición que se originó para honrar a las víctimas de la Primera Guerra Mundial y que hoy parece haberse perdido en medio de la confrontación política permanente.
La politización del dolor: el caso del accidente del Hércules
El texto critica específicamente cómo el presidente de la República ha respondido al devastador accidente del avión Hércules de la Fuerza Aérea, que hasta el momento ha dejado 69 fallecidos y 57 heridos. En lugar de un gesto de compasión y unidad, Silva Romero observa cómo la tragedia se ha convertido en campo de batalla político, con acusaciones cruzadas que deshonran la memoria de las víctimas.
"Cuando el presidente culpa a todo lo que se mueve y respira del accidente, perdemos la oportunidad de practicar esa compasión que sabe bajar la cabeza ante el dolor", señala implícitamente el autor.
La cultura que honraba a las víctimas versus la actual deshumanización
Silva Romero contrasta la cultura anterior que respetaba a las víctimas con la actual situación donde, según su perspectiva, "manadas bestiales" prefieren parapetarse detrás de cifras y posiciones ideológicas en lugar de unirse en duelo colectivo. El autor menciona específicamente los 6.402 falsos positivos y los 18.677 niños reclutados por las antiguas FARC como ejemplos de tragedias que merecerían miles de minutos de silencio conjunto, pero que en cambio son instrumentalizadas políticamente.
La advertencia central del texto es clara: "Hay que huir de cualquier causa política que profane el drama ajeno y que deshumanice". Esta afirmación conecta con las lecciones de la Segunda Guerra Mundial sobre el peligro de seguir ciegamente a líderes fanáticos.
Los sesgos ideológicos que anulan la piedad
El columnista analiza cómo los sesgos ideológicos actuales -el antipetrismo y el antiuribismo- llevan a justificar violencias o encogerse de hombros ante "daños colaterales" de las ideas que se defienden. Según Silva Romero, cuando las víctimas de conflictos armados, accidentes aéreos o agresiones sexuales no sirven para inspirar nostalgia por la convivencia y la vida, sino para fortalecer prejuicios, entonces tanto la cordura como la piedad han quedado sepultadas bajo lo que Hannah Arendt llamó la "banalidad del mal".
El movimiento #YoTeCreoColega y la denuncia del acoso sexual
El texto también aborda el reciente movimiento #YoTeCreoColega, surgido entre periodistas colombianas luego de casos denunciados en Caracol Televisión. Silva Romero conecta este movimiento con el histórico #NoesHoradeCallar de Jineth Bedoya y el global #YoTambién, destacando cómo más de cien periodistas firmaron un comunicado sobre supuestas acciones del director de RTVC para silenciar denunciantes.
El autor critica la respuesta en redes sociales, donde "se les creía a las víctimas dependiendo de cuáles fueran los victimarios", evidenciando los dobles raseros que persisten incluso en temas de violencia de género.
Las preguntas fundamentales sobre el ejercicio del poder
Silva Romero concluye con preguntas incómodas pero necesarias: ¿De qué sirve dedicarse a criticar el poder -en el arte, la academia, el periodismo o la política- si no es para conjurar todas las violencias y cerrar el paso a todos los abusos? ¿De qué sirve una presidencia que no asume responsabilidades? Y, quizás la más dolorosa: "¿Cuál es la gracia de una sociedad que ni siquiera es capaz de ponerse de acuerdo en sus minutos de silencio, en sus duelos?"
La columna representa así un llamado urgente a recuperar la compasión como valor fundamental, a resistir la deshumanización que trae la polarización extrema, y a recordar que, ante la tragedia, lo primero debería ser el reconocimiento compartido del dolor ajeno.



