¿Podrá resurgir el liberalismo colombiano tras su declive electoral?
¿Resucitará el liberalismo tras su declive en Colombia?

El declive del liberalismo colombiano: ¿un partido en extinción?

Las recientes elecciones del domingo dejaron en evidencia un fenómeno político contundente: los otrora denominados partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, aunque no han desaparecido por completo, se encuentran en un proceso de lenta extinción. Este panorama electoral marca un punto de inflexión en la historia política de Colombia, donde las viejas estructuras partidistas parecen estar cediendo terreno ante nuevas realidades.

El surgimiento de nuevas fuerzas políticas

Como lo planteé en una entrevista anterior con María Isabel Rueda en este diario, las dos fuerzas que emergen con mayor claridad en el escenario nacional son el Pacto Histórico y el Centro Democrático. La razón fundamental de este fenómeno radica en que ambos movimientos, a diferencia de los seudopartidos que únicamente se dedican a repartir avales, cuentan con un inventario coherente de posiciones claras sobre el manejo del Estado y una militancia genuinamente comprometida. Esta solidez programática y organizativa les otorga una vocación de permanencia en el tiempo que los partidos tradicionales han ido perdiendo paulatinamente.

Otro aspecto común entre estas dos principales fuerzas políticas es que ambas apostaron estratégicamente por listas cerradas al Congreso. Esta decisión no solo permitió organizar los esfuerzos de todos sus candidatos hacia un objetivo común, sino que además generó un contraste evidente con el mecanismo de listas abiertas. Este último sistema, según el análisis presentado, ha servido principalmente para personalizar y encarecer desmedidamente la política, con la consecuencia inevitable de un desborde en prácticas clientelistas y corruptas que han minado la confianza ciudadana.

El fracaso de otros proyectos políticos

El partido que surgió de los acuerdos de La Habana con las Farc no logró consolidarse, fundamentalmente porque durante estos ocho años no desarrolló ni un programa coherente ni una organización sólida. Tampoco pueden considerarse exitosos otros proyectos de coyuntura como Fuerza Ciudadana, liderado por Roy Barreras, u Oxígeno Verde, de Ingrid Betancourt. Este contexto podría representar una oportunidad histórica para enseriar la política colombiana y poner fin definitivo al transfuguismo y al oportunismo político que tanto daño han causado al sistema democrático.

Las causas del declive liberal

El "languidecer" de los partidos tradicionales, que en los últimos ciclos electorales ni siquiera han presentado candidatos propios a la presidencia, obedece a múltiples causas complejas. Hoy me ocuparé específicamente del que fuera el partido de mi militancia desde las épocas del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL): el Partido Liberal Colombiano.

Este partido nunca ha comprendido adecuadamente el concepto de responsabilidad política. A pesar de que bajo su dirección actual, cual "piel de zapa" que se va encogiendo progresivamente, la organización se ha reducido dramáticamente, su liderazgo persiste en mantener el control. Hubo un tiempo en que, bajo el liderazgo visionario de Alfonso López Pumarejo y la Revolución en Marcha, el liberalismo dio un giro decisivo hacia la izquierda y formó una generación completa de ideólogos y estadistas, no de oportunistas tránsfugas como hemos presenciado en décadas recientes.

Carlos Lleras Restrepo, en los estatutos de 1963, definió el liberalismo como una coalición de matices de izquierda, razón por la cual a los liberales auténticos nunca nos ha asustado la izquierda democrática. El último gran liberal fue Virgilio Barco, elegido presidente hace exactamente cuarenta años, quien logró concretar la paz con el M-19 y, como jefe de partido, autorizó alianzas congresionales con la Unión Patriótica en varias regiones del país, incluyendo mi caso particular en el departamento del Tolima.

Puntos de inflexión históricos

En 1998, Horacio Serpa, a pesar de las serias dificultades derivadas del mal llamado 'proceso 8.000', logró ganar la primera vuelta de la elección presidencial. Sin embargo, en la segunda vuelta fue derrotado por Andrés Pastrana con el apoyo decisivo de los 'liberales' de la Alianza para el Cambio, quienes posteriormente fundarían Cambio Radical en el antiguo teatro de La Comedia. Este episodio marcó un precedente peligroso donde los volteados rompieron las mayorías y eligieron al conservador Fabio Valencia en la presidencia del Senado mediante prácticas de "mermelada" política, fenómeno que lamentablemente persiste hasta nuestros días.

Posteriormente, por idénticas razones de oportunismo político, se produjo lo que significó la 'desbandada' liberal hacia Álvaro Uribe, el gran outsider que triunfó en las elecciones de 2002. En 2005, Ernesto Samper y Horacio Serpa cometieron el error estratégico de creer ingenuamente que si le entregaban la dirección del partido a César Gaviria -quien había votado por Pastrana en dos elecciones anteriores- lograrían asegurar la elección de Serpa en 2006.

El control de César Gaviria

Este cálculo resultó ser un craso error. Las cifras electorales son elocuentes: Serpa pasó de obtener más de cinco millones de votos en 1998 a aproximadamente tres millones quinientos mil en 2002, y bajo la dirección de Gaviria apenas alcanzó el millón quinientos mil, siendo derrotado por el exmagistrado Carlos Gaviria. Desde aquel momento decisivo, César Gaviria se quedó con el cascarón vacío del partido y, a través de lo que puede describirse como una dictadura de los avales, se ha mantenido en el control absoluto de la maquinaria liberal.

A pesar del evidente deterioro y de las condiciones personales cuestionables de los candidatos que ha apoyado -uno de los cuales en 2010 casi llevó a la pérdida de la personería jurídica del partido, y otro que en 2014 quedó en último lugar- nunca ha entendido el concepto básico de responsabilidad política. Bajo su dirección, el partido se ha ido encogiendo cual "piel de zapa", aceptando indiscriminadamente tránsfugas, procesados judicialmente, herederos de parlamentarios condenados y toda clase de elementos que han contribuido a su desprestigio.

La dramática reducción parlamentaria

Los números hablan por sí solos: de los 50 senadores que tenía el liberalismo en 1991, hoy apenas cuenta con 12 o 13 representantes. Esta reducción dramática ocurre a pesar de que la dirección partidista ha aceptado prácticamente de todo con tal de mantener cierta presencia institucional. La pregunta que surge inevitablemente ante este panorama desolador es: ¿habrá espacio real para una resurrección genuina del liberalismo colombiano en el futuro inmediato?

El partido que alguna vez fue la fuerza política dominante en Colombia, que impulsó transformaciones sociales profundas y formó estadistas de talla histórica, hoy se encuentra en una encrucijada existencial. Su supervivencia dependerá no solo de un cambio radical en su dirección, sino de recuperar los principios fundacionales que alguna vez lo hicieron grande y de reconstruir una militancia comprometida con proyectos políticos serios y transparentes.