La alarmante pobreza argumentativa en el debate político colombiano
La capacidad de argumentación y abstracción en el debate público colombiano presenta niveles preocupantemente bajos. Esta realidad se manifiesta con frecuencia en las reacciones a columnas de opinión, donde algunos lectores adoptan posturas similares a las del presidente Gustavo Petro: cuando un medio habla favorablemente, comparten el contenido; cuando los critica, acusan a la prensa hegemónica de mentir.
La evasión como estrategia política predominante
En una columna reciente, se analizaba la importancia del tono para identificar futuras formas de gobierno. Se citaba el ejemplo de una respuesta evasiva de Abelardo de la Espriella cuando se le preguntó sobre similitudes con Rodolfo Hernández. Este ejemplo ilustraba la necesidad de variar los formatos con los que entrevistamos a los candidatos.
Las reacciones, casi automáticas, fueron del tipo: "pero si Petro es igual, no responde". Es cierto que Petro también evade preguntas, y durante su campaña hubo muchas señales que anticiparon lo que ha sido su gobierno. Sin embargo, si en cada columna de 500 palabras debiéramos añadir el sonsonete de "y también la derecha, el centro y la izquierda", leer el periódico sería peor que las audiencias judiciales por Zoom: con mucha parafernalia y sin estilo alguno.
El caso revelador de Rodolfo Hernández y su partido
Mientras reflexionaba sobre esta falta de argumentación y leía a quienes reclaman que no se respeta la memoria del "viejito" (Rodolfo Hernández), recordé uno de los aspectos más interesantes de su carrera política: el nombre de su partido inicial, 'Lógica, Ética y Estética'.
Un nombre más cercano al título de una revista académica indexada que a una estrategia de marketing electoral. Ese fue el partido que llevó a Hernández a la alcaldía de Bucaramanga en 2016. Precisamente escribiendo sobre él, volví a pensar en la necesidad de tomarnos en serio la lógica, la ética y la estética en política. O, al menos, lo primero.
Rodolfo no fue el mejor representante de su propio lema, pero el nombre que lo llevó al poder sigue señalando una carencia evidente del debate público. Volver a la lógica no implica exigir debates tecnocráticos; implica recuperar una disciplina mínima:
- Responder lo que se pregunta
- Sostener una línea argumentativa coherente
- Aceptar que la objeción del otro no es una agresión personal
Hoy la evasión permanente erosiona más la confianza ciudadana que un mal argumento explícito.
Los caminos hacia la verdad en el discurso público
Tenemos, al menos, dos caminos para acercarnos a la verdad en el debate político:
- Contrastar los hechos con marcos explicativos: saber algo porque se ha verificado con evidencias concretas.
- Detectar la contradicción: sospechar que alguien miente porque antes dijo exactamente lo contrario.
Estas son algunas de las herramientas que tenemos para pensar lo que es, para buscar la verdad desde la cual podemos comenzar a decidir qué hacer. Una verdad que abre conocimiento, pero también la posibilidad del bien.
La exclusión y la seriedad en el debate democrático
Uno de los grandes problemas de nuestras democracias es la exclusión. Hay miles de personas que, quizá con derecho a voto, permanecen sin voz real en el debate público. Exigirle al debate seriedad no es excluir por elitismo; es una forma de incluir que apela a la fuerza de la razón.
Es profundamente deshonesto obligar a la ciudadanía a leer entre líneas, entre engaños y mentiras deliberadas. En últimas, lo bueno también es claro y simple. Y, por qué no, también bello.
La belleza de la argumentación clara
Porque cuando un argumento es claro, coherente y responde de frente a las preguntas, produce una experiencia de armonía intelectual genuina. No hay trampas retóricas, no hay ruido innecesario, no hay manipulación emocional calculada. La forma acompaña al contenido de manera natural.
Eso es, en sentido clásico, belleza: adecuación perfecta entre forma y verdad. Una cualidad que el debate público colombiano necesita recuperar urgentemente para fortalecer nuestra democracia y reconstruir la confianza ciudadana en las instituciones políticas.
