El exvicepresidente Germán Vargas Lleras falleció este viernes 8 de mayo víctima de una penosa enfermedad que padecía desde hace varios meses. La noticia fue confirmada a través de medios de comunicación. Este es un perfil sobre su vida.
Un político de raza
Entre la media docena de aspirantes a la presidencia, Germán Vargas Lleras (Bogotá, 19 de febrero de 1962) era quien más había participado y ganado en elecciones. Y no hay otro que, como él, se moviera como pez en el agua por las calles del olvidado barrio de Los Mártires. Conocía cada esquina. Desde la basílica del Voto Nacional hasta la estación del ferrocarril de La Sabana, pasando por la sede del Batallón Guardia Presidencial. ¿La razón? Hace 30 años, Luis Carlos Galán, de quien era su secretario privado, lo nombró coordinador político de su movimiento en este punto del centro de Bogotá.
Él iba cuadra a cuadra, poste a poste, pegando afiches, hablando con los vecinos acerca del ideario de Galán, a quien vio caer en Soacha, Cundinamarca, el viernes 18 de agosto de 1989. Vargas Lleras recordó aquel instante: “Con Patricio Samper Gnecco estábamos detrás de Luis Carlos, en la tarima, y eso evitó por escasos centímetros que fuéramos alcanzados por las balas”.
“Ese magnicidio laceró las almas de sus seguidores, del país y de todos los que lo acompañábamos en su propósito de construir una Colombia diferente”. ¿Le dejó alguna lección aquel brutal atentado de la mafia? “Aprendí de cerca lo difícil y peligrosa que puede ser la tarea política”.
Marcado por la violencia
De allá a acá, la espiral de violencia sacudió al país, y a él le dejaron unas cicatrices visibles. La explosión de un libro bomba que llegó a su apartamento en la Navidad de 2002 le afectó las manos. “Recuerdo un ruido demencial, un dolor infinito y mucha sangre. Mi mano izquierda quedó, literalmente, colgando de un hilo, y los dedos meñique, anular y parte del medio volaron en mil pedazos”.
En 2005, también en Bogotá, un carro bomba que, según las autoridades, fue puesto por las Farc explotó junto a su caravana al salir de Caracol Radio luego de hablar, obvio, de política. Porque él respiraba política día y noche. Cuando desayunaba leía los periódicos mientras escuchaba los debates en la radio, sus almuerzos y cenas eran para hablar de estrategias, de programas.
La pregunta es obvia mientras tomaba un café caliente, su bebida favorita: ¿Tiene un amigo con el que nunca hable de política? “Sí –respondió con humor–: mi perro, de nombre Mancho”.
Una imagen inolvidable
Así había sido siempre. Aun desde niño. Es famosa una foto en la que se lo ve subido en una mesa junto a su abuelo, Carlos Lleras, cuando era presidente, en diciembre de 1968, y desde la que observa el horizonte. La mirada, el gesto, la pose auguraban su estilo con un destino.
Por aquella época, cuando los demás jugaban rondas infantiles, él era llevado a la Casa de Nariño, donde recorría salones y pasadizos, entre escritorios o bargueños de los siglos XVIII y XIX, de madera con enchapes de nácar, carey, marfil, hueso grabado y laminillas de oro.
Mientras los adultos tomaban decisiones trascendentales, él los escuchaba encantado en complicidad de sus hermanos Enrique y José Antonio, quienes desde entonces habían sido sus grandes confidentes personales y también los consejeros de su vida pública.
La de él fue una carrera en la que, como ningún otro de los hoy aspirantes, tiene para exhibir todos los pasos que tradicionalmente se exigían para llegar a la presidencia: concejal, congresista, jefe de partido, presidente del Congreso, ministro y vicepresidente. Por eso, su conocimiento detallado del organigrama del Estado y de los lugares que escasamente aparecen en los mapas.
Eso se ha visto en los debates regionales, en donde enumeraba pueblos, veredas y puntos geográficos distantes. ¿Cómo los memorizaba? Tenía un hábito infalible. Ordenaba una tarea o recibía una propuesta que él mismo llevaba en una libreta pequeña. Luego las pasaba a un cuaderno más grande, en donde marcaba con los colores del semáforo: verde, naranja y rojo. Había jalón de orejas para quien tuviera esta tarea y continuara en este color. Después, él trasladaba la información en limpio al iPad.
Su gran debilidad: la familia
Esta travesía metódica, persistente, sin embargo, queda en suspenso cuando irrumpe su hija Clemencia (de 28 años de edad), por la que sentía una debilidad que lo desbarata. A pesar de la violencia que tan cerca lo tocó, decía que su corazón sintió miedo cuando el general de la Policía Óscar Naranjo le informó de un plan para secuestrarla en ese momento, cuando apenas tenía 6 años. Debió sacarla del país.
Su resumen en este aspecto era desolador, aunque él prefirió no victimizarse: “Luego del asesinato de Galán entendí lo que se jugaría de ahí en adelante en los escenarios de nuestra maltrecha democracia, y lo comprobaría más tarde, en carne propia, al salir con vida de tres atentados conocidos y de no menos seis complots criminales en mi contra”.
Clemencia ha vuelto. Es bailarina y lo acompañaba en sus correrías. Él, por su parte, se confesó feliz de su presencia. Tan trascendental como la de Luz María Zapata, su esposa. Entre los tres mimaban a su mascota Mancho, un bulldog francés, y a Lola y Lupe, dos galgos italianos. Con ellos compartía momentos de esparcimiento. Como, por ejemplo, escuchar música, en especial la de Carlos Vives y en el particular ‘La tierra del olvido’, o comer fríjoles, su plato favorito.
¿Baila? “Yo no bailo. Pero Clemencia dice que bailar no es solo hacer coreografías, es sentir la música y saber moverse; entonces, para ella yo sí bailo, y lo hago bien”, respondió.
Pasiones y carácter
En medio de tanto ajetreo, con la responsabilidad de los cargos que desempeñó y la intensidad de la campaña, el tiempo parecería no concederle un segundo de soledad y sosiego. Pero él decía que sí. La literatura siempre es un buen bálsamo entre tantos informes técnicos, de presupuestos y administración. “Son muchos los libros que me han marcado, pero los que más me gustan son las aventuras en el mar, firmadas por Joseph Conrad, Daniel Defoe, Patrick O’Brian y Emilio Salgari”, anotó.
Había una característica personal contra la que él ni siquiera intentó luchar en la campaña para seducir a los electores. Su imagen de malgeniado. “Lo que pasa, dice uno de sus hombres de confianza, es que a él toca correrle porque está encima de todo y realmente se molesta cuando las cosas no se hacen bien y a tiempo”.
Tiempo para reír
¿Pero tenía buen humor? Su secretaria, Leonor Bogotá, quien era mano derecha desde hace más de 30 años, dijo que él siempre había sido exigente y cumplidor de las tareas que se le asignaban. “Por eso, muchos lo asociaban con una persona brava”. Para otro miembro de su equipo de campaña, “pasaba que a él le disgustaba que en el servicio público se hiciera a medias”.
Leonor Bogotá era la persona que le atendía toda su agenda y, además, cuidaba su sobria oficina en el centro de Bogotá. En una pared había una galería con cada una de las caricaturas originales, algunas muy punzantes, del maestro Osuna, con Vargas Lleras de protagonista.
“A él le hacían mucha gracia”, decía ella entre risas. “Él mismo las recortaba y las guardaba”. También había portadas de diarios y revistas con él como centro de las noticias. Y en una pared, frente a su escritorio, los retratos de su abuelo Carlos Lleras Restrepo y su tío abuelo Alberto Lleras Camargo, ambos expresidentes liberales.
Precisamente con Lleras Restrepo también desempeñó el rol de periodista como editor de la revista ‘Nueva Frontera’, a donde llegó con su cartón de abogado de la Universidad del Rosario. Fue uno de los pocos cargos en un medio privado. El entonces candidato recordó que a los 19 años de edad inició su vida pública como concejal del municipio de Bojacá, Cundinamarca, bajo las banderas del Nuevo Liberalismo, y que ese fue el primer escalón en una carrera ascendente.
Legado y sueños
En cada detalle era evidente que Vargas Lleras siempre estuvo en el centro del poder. “Posiblemente por eso, él se mostraba muy inconforme cuando las cosas no se hacían bien. Al mirar atrás, sus ancestros fueron excelentes mandatarios, y él quería que quienes manejaran el país tuvieran la misma estatura de estadistas. Pero eso es muy difícil”, dijo su amigo personal Carlos Medellín.
Cuando Vargas Lleras presentó su hoja de vida a los colombianos para que decidieran si le daban el voto de confianza para que los gobernara, él se imaginaba que su sueño se haría realidad: “Con el apoyo de los ciudadanos, en estos próximos cuatro años construiremos un país en el que quepamos todos. Como lo he dicho, ya transformamos la infraestructura física del país y ahora transformaremos la infraestructura social”.
¿Qué pasa si pierde? Algunos le han escuchado decir que entonces se retirará. Aunque otros creen que cuatro años se pasan rápido, y a él no se le va a quitar un sueño que había cultivado desde que usaba pantalones cortos.



