Un principio materno para transformar el debate político colombiano
Mi madre me inculcó desde pequeño una máxima fundamental para mantener conversaciones más enriquecedoras y productivas: es preferible hablar de ideas que de personas, y es más valioso discutir propuestas que criticar individuos. Este modelo de comunicación, que intento aplicar consistentemente en mi vida diaria, reconozco con total sinceridad que no siempre logro cumplir. La tentación de caer en la crítica fácil y el chisme superficial resulta a veces más atractiva que construir un diálogo sólido alrededor de conceptos y proyectos. Esta dinámica, lamentablemente, se repite tanto en las relaciones personales como en el ámbito político nacional.
Un mensaje esperanzador desde la vicepresidencia
Recientemente, un mensaje público de un candidato a la vicepresidencia de Colombia renovó mi optimismo sobre el futuro del país. Este político destacó que para ganar el apoyo popular genuino es necesario dejar de atacar a las personas y, en cambio, inspirar a los ciudadanos a soñar con un proyecto común. Esta perspectiva alimenta la esperanza de que Colombia pueda finalmente transitar desde la polarización extrema y las emociones viscerales hacia líderes partidistas, hacia un futuro inclusivo donde quepan todos los colombianos, sin importar sus creencias políticas, orientaciones sexuales, condiciones económicas o preferencias religiosas.
El cinismo, la división artificial y la controversia vacía pueden generar titulares llamativos, alimentar publicaciones en redes sociales y capturar momentáneamente nuestra atención, pero estos elementos no construyen sociedad, no edifican país. En el contexto actual, resulta más urgente que nunca proteger y promover una conversación nacional centrada en la Colombia que aspiramos construir colectivamente, evitando caer en la tentación de señalar defectos personales de candidatos presidenciales o de figuras asociadas a ellos, sin importar si provienen de Medellín, Ciénaga de Oro o cualquier otro rincón del territorio nacional.
La valentía de ir contracorriente
Nadar contra la corriente, aunque no sea popular en estos tiempos, se ha convertido en un acto crucial para el futuro del país. En un mundo donde predomina la tendencia hacia la radicalización ideológica, y donde se ha extendido la peligrosa creencia de que la verdad solo reside en los extremos políticos, resulta refrescante encontrar opciones que conjugan maneras diferentes de pensar, coincidiendo todas en la búsqueda fundamental de un país mejor para cada colombiano. La realidad nacional no es binaria, no se resuelve en las esquinas ideológicas, sino que se comprende en el terreno concreto y se teje pacientemente a través del consenso.
Sigamos el sabio consejo materno: hablemos de lo bueno que hacemos, de lo positivo que tenemos y de lo mejor que podemos llegar a ser como sociedad. No desperdiciemos energías valiosas hablando mal de quienes no compartimos ideales, porque merecemos ejercer nuestro derecho al voto con optimismo genuino, no con odio infundado. El crecimiento nacional solo será posible dándonos la mano solidariamente, no volteando la mirada indiferente; abriendo los ojos para reconocer realidades ajenas que, mediante el trabajo conjunto con determinación y esperanza, podemos transformar en posibilidades compartidas para todos los habitantes de Colombia.



