La dicotomía olvidada en el debate político colombiano
Pitágoras defendía que la verdad universal residía en las matemáticas, consideradas precisas, bellas y puras. Existe incluso una leyenda que narra cómo uno de sus seguidores, al descubrir los números irracionales, fue asesinado por otro miembro de la secta para preservar la integridad de la doctrina. Esta anécdota ilustra cómo la mente humana tiende a aferrarse a teorías simples, dando lugar al auge de dicotomías que reducen la complejidad del mundo a alternativas binarias como bueno/malo, amigo/enemigo o nuestro/ajeno.
La simplificación del debate político
Reflexiono sobre esto al observar lo simplista que suele ser el debate político en Colombia, frecuentemente encasillado en la tensión izquierda versus derecha. No es que esta dicotomía carezca de fundamento; por el contrario, posee sentido y resulta muy importante. Sin embargo, deja numerosos aspectos fuera de consideración, entre ellos el debate sobre la autonomía moral, que aborda preguntas cruciales como: ¿debe el Estado intervenir en la conducción ética de los individuos, especialmente en temas como el consumo de drogas o la libertad sexual?
Existe además un elemento aún menos visible que también queda excluido de la dicotomía izquierda/derecha, relacionado directamente con la forma de gobernar y, más concretamente, con la posición que se adopta frente al clientelismo. Aquí parece no existir debate significativo, pues aunque todos los políticos condenan públicamente esta práctica, son muy pocos los que actúan en consecuencia de manera consistente.
Clientelismo versus institucionalismo
El clientelismo constituye un negocio entre desiguales, típicamente entre un político del centro del país y otro de la periferia, mediante el cual el primero entrega beneficios como dinero, puestos públicos o contratos, mientras el segundo ofrece votos a cambio. En contraste, el institucionalismo representa una forma de gobernar que descarta los favores personales y exige que los asuntos públicos, incluyendo la protección de derechos, la adjudicación de contratos, la ejecución de obras o el acceso a cargos públicos, se tramiten de manera reglada, es decir, mediante normas jurídicas preestablecidas como la carrera administrativa, las licitaciones públicas y otros mecanismos formales.
La persistencia del clientelismo en Colombia
Todas las democracias modernas, incluyendo países como Francia, han atravesado períodos clientelistas que gradualmente superaron. En Colombia, sin embargo, esta transición ha resultado particularmente difícil, entre otras razones porque el clientelismo representa la fórmula que las élites políticas colombianas han encontrado para "gobernar" en regiones donde las instituciones estatales poseen una presencia escasa o nula. La incapacidad del Estado para cubrir efectivamente el territorio nacional, no solo mediante presencia militar o administrativa, constituye quizás la promesa incumplida más imperdonable de la democracia colombiana.
En nuestro país ha prevalecido un pacto clientelista entre élites centrales y regionales que, debido al auge de la criminalidad organizada en diversas regiones, se ha convertido en una fuente constante de desdichas políticas y en un obstáculo significativo para la modernización y el progreso nacional. La renuncia definitiva al clientelismo y la construcción de un Estado democrático en todo el territorio nacional representa un avance más fundamental, incluso más revolucionario, que muchas propuestas enmarcadas exclusivamente en la dicotomía izquierda/derecha.
El fracaso relativo del gobierno actual
Buena parte del fracaso relativo del actual gobierno radica precisamente en haber intentado llevar a cabo una serie de reformas sociales necesarias sin renunciar simultáneamente al tejemaneje clientelista tradicional. Esta contradicción ha limitado severamente el impacto y la legitimidad de sus iniciativas.
Posibilidades de cambio y modernización
Ha habido, por supuesto, políticos que han renunciado explícitamente al clientelismo, comenzando por figuras como Antanas Mockus, pero el peso abrumador de la maquinaria política tradicional ha frustrado sistemáticamente sus aspiraciones. Hoy, nuevamente, existe una posibilidad concreta de modernizar la política colombiana mediante la elección de candidatos que operen fuera de esas maquinarias clientelistas. No debemos olvidar que, en las democracias modernas, fue la ciudadanía, hastiada de la corrupción política, la que finalmente puso coto al clientelismo e impuso la transición hacia sistemas más institucionales. Ya es hora de que Colombia dé ese paso decisivo hacia una democracia más madura y transparente.



