Las cifras recientes del mercado laboral en Cali muestran una realidad que parece alentadora. La tasa de desempleo ha disminuido y hoy la ciudad registra indicadores mejores en comparación con los años anteriores a la pandemia, lo cual es muy positivo para la región.
Sin embargo, detrás de esos datos generales persiste una problemática estructural que la ciudad y el país no han logrado superar: el desempleo juvenil. Mientras el desempleo total ronda un dígito en Cali (9,8%), entre los jóvenes de 14 a 28 años la desocupación sigue siendo muy alta. Las cifras recientes del Dane muestran una tasa de 19,2%.
Pasa el tiempo y se siguen viendo cientos de jóvenes que terminan sus estudios técnicos, tecnológicos o universitarios y chocan de frente contra un mercado laboral que les exige experiencia para acceder a una primera oportunidad. Una paradoja absurda, pues se les pide haber trabajado antes, precisamente para poder trabajar.
El sistema sigue cerrándole la puerta a quienes apenas intentan entrar. El resultado es una generación atrapada entre la frustración y la precariedad, aceptando trabajos ocasionales, sin estabilidad ni seguridad social, o abandonando sus proyectos profesionales ante la falta de oportunidades reales.
Consecuencias sociales del desempleo juvenil
Lo más preocupante es que el problema ya no puede analizarse únicamente desde el ámbito económico. El desempleo juvenil tiene profundas consecuencias sociales, ya que un joven sin oportunidades es más vulnerable a la exclusión, al endeudamiento, a la desesperanza y, en muchos casos, a dinámicas de violencia e ilegalidad que siguen golpeando distintos sectores de Cali.
Por eso resulta insuficiente celebrar únicamente la reducción global del desempleo. La ciudad necesita preguntarse qué tipo de empleo está generando y para quiénes. Buena parte de la recuperación laboral ha venido desde la informalidad y el trabajo por cuenta propia.
Esfuerzos insuficientes
Se deben reconocer algunos avances, o mejor esfuerzos de entidades que trabajan en la intermediación laboral y que buscan estrategias para cerrar esas brechas que impiden que los jóvenes se contraten con facilidad.
Pero lo que se necesita, no solo desde el orden nacional, sino desde la ciudad, es una estrategia integral y coordinada entre las administraciones locales, las universidades, el sector privado, las cajas de compensación y las agencias de empleo. Cali requiere construir una política sostenida de transición entre educación y trabajo, donde las prácticas, pasantías y primeros empleos dejen de ser excepciones, donde se acabe la desconexión entre lo que estudian los jóvenes y lo que demanda el mercado y se generen verdaderos caminos de entrada al mercado laboral.
El papel de universidades y empresas
Las universidades y centros de formación también deben revisar con mayor rapidez si los perfiles que están formando responden a las dinámicas productivas actuales. Y las empresas, por su parte, necesitan entender que contratar jóvenes no es un acto de caridad, sino una inversión en talento, innovación y renovación organizacional.
Los esfuerzos aislados no son suficientes. Es una tarea conjunta. El problema exige mucho más compromiso institucional y empresarial.
Si se quiere cambiar el panorama social, Cali no puede resignarse a que conseguir el primer empleo siga siendo una carrera de obstáculos para miles de jóvenes. Hay que abrir espacios, permitirles desarrollar sus capacidades y demostrar lo que saben hacer. Cuando un joven accede a una oportunidad laboral no solo mejora su vida: también se fortalece la productividad de las empresas, se dinamiza la economía y se construye una sociedad más estable y equitativa.



