La ausencia del Estado y la economía ilegal en Colombia
Ausencia del Estado y economía ilegal en Colombia

La estrategia de los gobiernos colombianos logró convertir los movimientos campesinos en movimientos guerrilleros. Y ya no fue difícil que los movimientos guerrilleros se convirtieran en bandas criminales. El problema no es la mano blanda ni la mano dura, porque no es que los seres humanos sean malvados y necesiten un Estado implacable. El problema es que una sociedad que no tiene una economía legal en grande empuja a sus ciudadanos a la ilegalidad.

Orígenes de la crisis

No hubo soluciones para los campesinos: surgieron las guerrillas. No hubo una industria en grande en las ciudades ni horizontes propicios al emprendimiento: apareció el narcotráfico. No hubo protección del Estado para los propietarios rurales y para los medianos productores: surgieron las autodefensas. No vino el Estado a combatirlas sino a reforzarlas: arreció el paramilitarismo. No hubo empleo en grande en ciudades y campos; surgió y proliferó la delincuencia. No hubo alternativas para los jóvenes vulnerables que no tienen educación ni trabajo: se multiplicaron el microtráfico, el sicariato, la violencia como modo de vida.

Fallas del Estado

¿Es tan difícil advertir en todo eso una escandalosa ausencia del Estado; una falla en todo lo que significa proteger a la población, darle empleo, educarla, brindarle ejemplo, crear soluciones, proteger la familia, garantizar el trabajo, enriquecer el tiempo libre? ¿Es tan difícil advertir que la labor de nuestros políticos ha sido crecientemente dañina y estéril? ¿Es tan difícil descubrir que no ven en la política un escenario para servir a la comunidad sino un asunto de éxito personal y de ascenso social, un medio corrupto abierto a la ambición, a la rivalidad y al delito?

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El narcotráfico como agravante

Me responderán que ante el poder corruptor del narcotráfico todas las sociedades se rinden, pero es evidente que resisten mejor las que tienen una economía formal y en grande, las que tienen un mercado interno dinámico. Muchos de los males que arrastramos son anteriores a la llegada del narcotráfico: éste no vino a corromper a una arcadia virtuosa sino a agravar los males de un mundo agobiado por la pobreza, la violencia, la mala política y la mediocridad.

Políticos y su responsabilidad

Los políticos se descargan eternamente la culpa unos a otros: para eso les sirven los adversarios. Y han tenido la astuta precaución de mantener a la comunidad en las condiciones más rudimentarias, para que cada cuatro años tenga éxito su discurso rabioso y vengativo, que en vez de proponer soluciones descarga responsabilidades, y convierte a los rivales en los odiosos culpables de todo.

Pero todos los males de la nación se deben a que no hay una industria en grande, una agroindustria adecuada a un país de 50 millones de habitantes; a que el Estado venal y corrupto está lleno de trabas para el emprendimiento; a que no tenemos infraestructura, sino las mismas carreteras de hace 50 años, los mismos puentes, los mismos puertos, ya ni siquiera la red de ferrocarriles, y las calles de la fatiga de la Colonia; y la misma mentalidad del siglo XIX, cuando los partidos nos convocaban a sus incesantes guerras civiles, y el mismo instinto provinciano que nos hace ver todo como fruto de la malignidad de nuestros semejantes.

Mano dura vs. reformas sociales

Por eso los políticos de derecha vuelven con el grito, más viejo que Mariano y que Laureano, de que lo que se necesita es mano dura: imperio de la ley, defensa con saludo militar de la sagrada fuerza pública, y fulminar rebeldes. Y por supuesto cárceles enormes administradas por virtuosos empresarios. ¡No corregir nunca las causas sino fumigar las consecuencias! Y ese discurso vuelve a tener éxito ante una ciudadanía desesperada por la inseguridad y la extorsión.

Y por eso los políticos de izquierda vuelven con el clamor de que aquí la causa de todo es la desigualdad, y que eso se corrige quitándoles a los ricos egoístas para darles a los pobres despojados. Que los poderes criminales que se ciernen sobre el país entero y lo desangran son fruto apenas de la injusticia y la malignidad de una casta.

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Lecciones de la historia

Pero mano dura es lo que hubo aquí por siglos. Basta mirar la historia para ver a los colombianos marchando siempre a la guerra contra los colombianos, hasta desembocar en la pomposa Guerra de los mil días que se llevó en sus olas al 5 % de la población, y que fue la última guerra llamada así, pues la convocaban políticos prestigiosos, dignos de llamarse generales. Después entraron a mandar en el conflicto los mestizos pobres, y eso no se volvió a llamar guerra sino Violencia a secas, aunque la matazón fuera la misma.

Y lucha contra la desigualdad gastándose los recursos públicos en asistencialismo, sin un esfuerzo de producción que aumente la riqueza nacional, también hubo en tiempos de Rojas Pinilla y en tiempos de Uribe, los pacificadores a los que este establecimiento les encargó la tarea de hacer la paz a sangre y fuego, para después echarles la culpa de todo. Porque yo no olvido que en tiempos de Uribe, tiempos de mano dura, el establecimiento político se decía: “Hay que dejar que hagan el trabajo sucio, y después nos encargamos de ellos”.

El ciclo electoral

Mano dura es lo que ofrecen de nuevo unos candidatos; y ahondar las reformas sociales, ofrecen los otros, o sea: seguir repartiendo lo que hay sin modificar al Estado ladrón. Ese mismo Estado que sigue sus fiestas y carnavales del derroche, y que a esta hora tiene apostados sus eternos salteadores de caminos en todas las curvas de unas carreteras en pésimo estado para cobrarles a los ciudadanos pequeñas transgresiones, mientras arriba se roba a raudales.

Y el país físicamente en el siglo XIX, salvo por la precaria modernidad ahogada en sangre que nos trajo la mafia. Y el país mentalmente en la Edad Media. Y unas elecciones “democráticas” que solo se ganan si se invierten fortunas dementes.

Y desde todos los bandos indignadas acusaciones contra el adversario, que es definido incluso como “el enemigo”. Y en todos los bandos con opciones de ganar, sonrientes y opulentos corruptos. Ese es el paisaje que nos ofrece este certamen electoral, en el que ya ni siquiera se abren camino las promesas de cambio de hace cuatro años, sino varias maneras distintas de eternizar lo que existe.

Por William Ospina