Un Día Internacional de la Mujer en medio de violencias extremas y transformaciones profundas
Este año, el Día Internacional de la Mujer se desarrolla en un contexto especialmente complejo y desafiante, que trasciende la persistente brecha de género en el Congreso de la República colombiano. La realidad actual se caracteriza por la crueldad, la magnitud y la diversidad de las violencias contra mujeres y niñas que se están revelando con una claridad abrumadora en múltiples escenarios globales.
Violencias sistémicas en contextos de conflicto y poder
Los conflictos armados históricamente han afectado de manera desproporcionada a mujeres y niños, y los recientes acontecimientos confirman esta tendencia. La semana pasada, exintegrantes del secretariado de las FARC-EP reconocieron ante el país su responsabilidad en el reclutamiento forzado de 18.677 niñas, niños y adolescentes, admitiendo además los abusos y violencias ejercidos sobre estas víctimas.
En el escenario internacional, la situación es igualmente alarmante. En Gaza, el número de mujeres y niñas asesinadas continúa incrementándose dentro de una guerra que golpea con especial crudeza a la población civil. Un informe reciente publicado en The Lancet señala que aproximadamente 42 mil muertes violentas (equivalente al 56,2% del total) corresponden a mujeres, niños y adultos mayores de 64 años.
La violencia contra niñas alcanzó niveles particularmente atroces en Irán, donde un ataque contra una escuela de niñas dejó 168 víctimas mortales, según información verificada por la BBC. Paralelamente, la publicación de los archivos relacionados con el caso Epstein ha expuesto ante el mundo la nauseabunda explotación sistemática de niñas, niños y adolescentes durante años, protegida por redes de influencia, silencio e impunidad que operaban en círculos cercanos al poder económico y político.
El patriarcado como sistema en crisis
Estos hechos, aunque ocurren en contextos geográficos y políticos distintos, reflejan patrones estructurales con raíces profundas en el sistema patriarcal. El patriarcado no se limita a ser un sistema de dominación masculina sobre las mujeres: representa una cultura que ha privilegiado la concepción de seres humanos independientes de la naturaleza, del propio cuerpo y de las responsabilidades de cuidado hacia otras personas.
Para que esta visión sea viable, requiere de personas, territorios y otras formas de vida que son consideradas sacrificables. Desde esta lógica se consolidaron instituciones económicas, políticas y laborales que durante siglos invisibilizaron aquello que sostiene la vida: el trabajo de cuidado, los conocimientos comunitarios y la integridad de los ecosistemas que hacen posible el bienestar humano.
Cuando las estructuras de poder se vuelven demasiado rígidas y concentradas en preservar privilegios, pierden capacidad de adaptación y comienzan a debilitarse antes de colapsar. La creciente visibilidad de las violencias contra mujeres y niñas puede interpretarse como parte de ese proceso de desestabilización sistémica.
Emergencia de nuevos liderazgos y transformaciones
Los procesos de transformación social no son lineales y están llenos de incertidumbres. Mientras se debilitan estructuras históricas de poder, observamos cómo se producen resistencias y retrocesos; pero también cómo están emergiendo nuevas formas de pensarnos y organizar el mundo de manera más viable y sostenible.
El cambio climático y la pérdida de biodiversidad se aceleran, aumentando las violencias y desigualdades, mientras muchas instituciones políticas aún muestran dificultades para responder con la profundidad que exigen estos problemas complejos. En este contexto crítico, el liderazgo de las mujeres adquiere una importancia particular y transformadora.
Por primera vez en la historia, existe la posibilidad real, política y económica de que las mujeres participen de manera más central en el diseño de instituciones y políticas públicas que reconozcan el valor fundamental del cuidado, la interdependencia social y la relación armónica con la naturaleza. El patriarcado muestra signos evidentes de resquebrajamiento, y su eventual colapso podría dar paso a una nueva etapa de la humanidad más equilibrada y justa.
