De activista pacifista a prisionero de guerra: la odisea de Maksym Butkevich
Maksym Butkevich, un periodista y activista ucraniano de 48 años, nunca imaginó que viviría la pesadilla de una invasión militar en pleno siglo XXI. "Era demasiado insensato siquiera contemplar que en Europa un Estado invadiera a otro para someterlo", confiesa el hombre que despertó el 24 de febrero de 2022 con el estruendo de explosiones frente a su ventana en Kiev.
De la redacción al frente de batalla
Butkevich, quien dedicó su vida al periodismo y la defensa de los derechos humanos, tomó una decisión que cambiaría su destino para siempre. Tras asegurar la evacuación de sus seres queridos y enfrentar la negativa de sus padres a abandonar su hogar, se presentó voluntariamente en una oficina de reclutamiento militar. Para el 4 de marzo de 2022, este hombre que se define como "antimilitarista" y "pacifista" se había convertido en teniente al mando de un pelotón de aproximadamente 20 civiles.
"Agricultores, taxistas, albañiles, gente común. Éramos civiles que tuvimos que ponernos un uniforme", relata Butkevich a través de su testimonio exclusivo. A pesar de sus convicciones pacifistas, comprendió que "cuando presenciamos a alguien matar, violar o agredir a otro, a veces el único medio para detenerlo es la violencia". Su decisión de luchar en lugar de huir representaba la materialización de más de dos décadas de activismo: "Si me llamo defensor de derechos humanos, comprendí que tenía que defenderlos con el único medio disponible y ese era tomar un fusil".
Captura y tortura sistemática
En junio de 2022, el destino de Butkevich daría un giro trágico cuando fue capturado junto a ocho de sus subordinados en la región de Luhansk, en el este de Ucrania. Lo que siguió fueron dos años y cuatro meses de cautiverio marcados por la violencia extrema y la deshumanización sistemática.
Las fuerzas rusas sometieron a Butkevich a interrogatorios intensivos, aprovechando su triple condición de oficial militar, periodista y activista de derechos humanos. Los captores intentaron forzarlo a dar entrevistas a medios rusos que confirmaran los estereotipos propagandísticos utilizados para justificar la invasión como una guerra contra el nazismo. Ante su firme negativa, las autoridades rusas fabricaron un caso en su contra.
La elección imposible: confesar o morir
En agosto de 2022, Butkevich enfrentó lo que describe como "las opciones del horror". Después de horas con el rostro presionado contra una mesa, las manos atadas a la espalda, y sometido a golpizas, descargas eléctricas y amenazas de violación, sus captores le presentaron un ultimátum:
- Firmar una confesión falsa
- Morir en un "accidente" fabricado
- Pasar años de condena en prisión
"La decisión era clara. Me mostraron físicamente cómo sería la alternativa. Ni siquiera sabía qué estaba confesando, porque cubrieron el texto", recuerda con amargura el periodista. Posteriormente descubrió que lo acusaban de disparar contra civiles en Severodonetsk con un lanzagranadas alemán, a pesar de que ese día él se encontraba en Kiev y su pelotón nunca fue desplegado en esa ciudad.
La condena y la vida en prisión
El 10 de marzo de 2023, un tribunal ruso condenó a Butkevich a 13 años de prisión basándose en la confesión obtenida bajo tortura. Su vida en cautiverio se convirtió en una lucha diaria por la supervivencia física y mental.
Las condiciones en la prisión de la ciudad ocupada de Khrustalny eran inhumanas: "Solo teníamos agua fría. No había cepillo de dientes ni papel higiénico. Nos cortábamos las uñas frotándolas contra el cemento". Butkevich perdió más de 30 kilos durante su encarcelamiento y llegó a sufrir desmayos por desnutrición.
Para mantener la cordura en medio del horror, el activista desarrolló estrategias psicológicas de supervivencia: "Me inventé historias de ficción y comencé a pensar en cada persona que había conocido en mi vida, una por una, casi como un rosario. Me di cuenta de que depositaba mi esperanza en ellos, en que no me olvidarían y lucharían por mí".
Gestos de humanidad en medio de la crueldad
A pesar del entorno deshumanizante, Butkevich atesora recuerdos de gestos inesperados de compasión. Un guardia le advirtió sobre un charco en el camino mientras lo llevaban vendado a un interrogatorio; otro oficial le ofreció un cigarrillo en un momento de vulnerabilidad. La solidaridad entre los prisioneros también fue fundamental, compartiendo incluso el último trozo de pan.
Sin embargo, estas muestras de humanidad contrastaban con la crueldad de otros: "Vi a personas que gozaban de vernos sometidos a actos de violencia. Me decían: 'Es una lástima que no nos hayamos encontrado porque habría sido tan feliz de matarte con mis propias manos'".
La libertad y las cicatrices permanentes
El 18 de octubre de 2024, tras 28 meses de cautiverio, Butkevich fue incluido en un canje de 190 prisioneros que le devolvió la libertad. Aunque físicamente está libre, reconoce que una parte de su ser permanece en aquella prisión: "A veces es muy fácil estar de vuelta en la cárcel solo con mi mente. Salí un poco diferente. Ahora soy más seguro, más frágil, pero también más consciente de mis fortalezas".
Actualmente, Butkevich trabaja educando a militares sobre cómo afrontar el cautiverio y continúa con su labor periodística y de apoyo a refugiados. Insiste en que la liberación de todos los prisioneros ucranianos es condición indispensable para cualquier conversación sobre paz.
El contexto más amplio del conflicto
La experiencia de Butkevich se enmarca en una crisis humanitaria de proporciones devastadoras:
- Según Médicos Sin Fronteras, más del 30% de la población ucraniana presenta afectaciones en su salud mental debido al conflicto
- Se estima que al menos 15 millones de personas necesitan apoyo psicológico
- En 2025, el 72% de la población experimentó dolencias como ansiedad y depresión
- Aunque Rusia ha liberado aproximadamente 6.000 prisioneros ucranianos, el presidente Volodimir Zelenski calcula que 7.000 permanecen en cautiverio
- Organizaciones como la Cruz Roja estiman en 154.000 los desaparecidos de ambos bandos
La historia de Maksym Butkevich no es solo el relato personal de supervivencia ante la tortura y la injusticia, sino un testimonio vivo de las consecuencias humanas de un conflicto que continúa marcando a generaciones enteras.