Corrupción en Colombia: el impuesto más caro que pagamos con vidas y futuro
Corrupción en Colombia: el impuesto más caro

La corrupción es el ruido de fondo de nuestra cotidianidad en Colombia. Es un tema que se agota en reuniones familiares, entre amigos y en las redes sociales, pero que en la práctica sigue siendo el mayor flagelo del país. Este cáncer ha encontrado un nuevo caldo de cultivo: la fragmentación política de las últimas décadas. Hemos pasado del bipartidismo histórico a una proliferación con más de cuarenta partidos de todas las corrientes, que, lejos de democratizar el país, han atomizado la ética partidista. Pareciera que cuanto más corrupto es el sistema, más nombres y nuevos logos se necesitan para camuflarse.

Gobernabilidad transaccional

En este escenario, la gobernabilidad se ha vuelto transaccional. Para que un mandatario logre mayorías, ya no convoca ideas, sino que negocia contratos por votos. Entre más micro partidos existan, más grande debe ser la repartición del “botín”. Así, la política deja de ser un debate de visiones y propuestas para convertirse en una feria de caudillos que llegan y se van sin dejar huella, pero sí facturas.

La corrupción como combustible de la desigualdad

La corrupción es el combustible de nuestra desigualdad. Combatirla no es un asunto de izquierdas o derechas, sino una urgencia de supervivencia nacional. La corrupción es el impuesto más caro del mundo porque se paga con la vida y el futuro de los ciudadanos. Cuando me desempeñé como secretaria de Hacienda Pública de Cartagena, experimenté la magnitud de lo que está en juego. Manejé un presupuesto que en ese entonces ascendía a $1,1 billones; la chequera más grande de la ciudad. No existe empresa privada que iguale el volumen de recursos que fluyen por el Estado. Bien dice el refrán “la ocasión hace al ladrón”, y si como funcionario no tienes los principios éticos cimentados, es fácil sucumbir ante este pecado grave que ha perpetuado la pobreza extrema a lo largo y ancho del país.

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Formas sofisticadas de corrupción

Pero la corrupción es sofisticada, no es solo llevarse el dinero en bolsas: es abusar del poder asignando contratos a dedo, es nombrar a personas en cargos que no cuentan con el perfil técnico necesario para desempeñar sus funciones, es usar información privilegiada para beneficio propio, es la ineficiencia en la gestión presupuestal, es inflar indebidamente los precios de la contratación para poder sacar una buena “tajada”. La indignación que sentimos tiene rostro porque la corrupción es un crimen con víctimas reales: les quita el plato de comida a los niños en las escuelas públicas, la medicina y hospitales a millones de personas, el subsidio de vivienda a las familias que lo esperan.

Un llamado a la acción electoral

A las puertas de elegir un nuevo presidente, nuestro deber es claro: elegir por quien crea que el presupuesto es sagrado y lo use para que verdaderamente cumpla el sueño de mejorar las condiciones de vida de millones de colombianos. Merecemos un país donde el presidente priorice las necesidades de todo un pueblo y deje de alimentar la maquinaria de unos pocos.

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