La urgencia de un Congreso con carácter frente a las prioridades nacionales
Olvidemos temporalmente el espectáculo político de la Casa de Nariño. La verdadera urgencia de nuestra democracia se define en las próximas dos semanas, cuando elegiremos a los 296 congresistas que ocuparán las curules del Capitolio. Allí se decidirá si nuestras vidas se legislan con seriedad y carácter, o si simplemente forman parte de un mercado de favores regionales y políticos.
El desvío de las prioridades legislativas
La salud de nuestra democracia no se mide exclusivamente en la Casa de Nariño, sino en la calidad ética y las prioridades reales de quienes ocupan el Congreso. Sin embargo, hemos hablado poco de esta elección porque la imagen del poder legislativo se ha reducido lamentablemente a transacciones políticas. El Congreso es el cerebro normativo del país, donde se regulan negocios, servicios sociales, impuestos y el presupuesto nacional.
Los datos revelan una realidad preocupante: de julio de 2022 a julio de 2025, el Congreso concentró el 18,5% de su esfuerzo en leyes de Cultura, Honores y Monumentos, mientras que educación, justicia, salud y trabajo quedaron por debajo del 10%. En 2025, de aproximadamente 114 leyes aprobadas, la categoría de 'Honores y Conmemoraciones' acaparó el 22,7%, mientras sectores críticos como Vivienda o Servicios Públicos no superaron el 1%.
La identidad cultural es valiosa, sin duda. Pero cuando el Capitolio dedica su mayor esfuerzo a homenajes y reconocimientos, surge una pregunta inevitable: ¿es esta realmente la agenda legislativa que necesita un país que clama por integridad, eficiencia y resultados concretos?
El control del presupuesto y la lucha contra la corrupción
Elegir un Congreso con carácter se convierte en una urgencia de supervivencia social y financiera para la nación. Entre la Nación y las regiones se mueven más de 600 billones de pesos, dinero que sale directamente del bolsillo de todos los colombianos a través del IVA, el 4 por mil y el predial, sin importar la condición económica de cada ciudadano.
Un Congreso serio no realiza debates para ganar seguidores en redes sociales como TikTok. Ejerce un control real y efectivo para que ese presupuesto monumental se transforme en bienestar tangible y no en el botín de contratistas amigos o intereses particulares.
La trampa de la corrupción también se encuentra en la captura de las instituciones. El Congreso tiene el poder de prevenir esa captura al elegir al contralor general, el vigilante supremo de los recursos públicos. Si seleccionamos congresistas que vean esa elección como una simple ficha de intercambio político, estamos firmando un cheque en blanco a la impunidad institucionalizada.
Simplificación del Estado y avances legislativos
El poder legislativo también tiene la capacidad de ayudar a controlar la burocracia asfixiante que caracteriza a nuestro Estado, esa selva de más de 70.000 trámites que facilita prácticas corruptas como el soborno. Necesitamos urgentemente un Congreso que se atreva a simplificar y renovar el aparato estatal, mejorar el servicio civil y obligar a que el lobby sea completamente público y transparente.
La integridad institucional significa ir cerrando metódicamente las grietas por donde se escapa el futuro del país, como la burocracia ineficiente y el lobby con intereses ocultos que perjudican el interés general.
Es justo reconocer que en 2025 hubo avances legislativos importantes: la reforma laboral, protección animal, normas contra el ruido, protección contra delitos sexuales y salud mental. Pero el peso de lo simbólico frente a lo estructural sigue siendo abrumador. Es necesario avanzar mucho más en seguridad ciudadana, medio ambiente, desarrollo social, mejora de la justicia y cultura ciudadana.
La ecuación simple y exigente
La coherencia por la buena gobernanza comienza precisamente en la urna legislativa. Lo público no depende exclusivamente de la Casa de Nariño; se construye –o se demuele– día a día desde los debates del Capitolio. Urgen congresistas capaces de debatir seriamente lo que realmente impacta nuestras vidas cotidianas.
Al final, el costo de nuestra distracción como sociedad lo pagamos cada día, en las interminables filas de la EPS, en el pésimo estado de las vías nacionales y en cada delincuente liberado impunemente debido a fallas del sistema.
La ecuación es simple pero tremendamente exigente: necesitamos un Congreso con carácter, a la altura del país que queremos y que realmente necesitamos para avanzar como nación. Las próximas elecciones legislativas representan una oportunidad crucial para corregir el rumbo y priorizar lo que verdaderamente importa para el bienestar colectivo.