Helena Soler: La mujer que transformó la guerra en turismo sostenible en el Meta
Helena Soler no teme a los lugares donde otros solo ven peligro. En 2017, decidió recorrer la carretera desde Villavicencio hasta Uribe, Meta, un territorio que durante décadas sufrió los estragos del conflicto armado colombiano. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, Uribe albergó algunos de los campamentos más grandes del Bloque Oriental de las FARC, donde se coordinaron operaciones militares, negociaciones de paz y reclutamiento de menores.
El descubrimiento de una belleza oculta
El camino desde Villavicencio es extenso y polvoriento. Al pasar Mesetas, la vía sin pavimentar levanta polvo rojo que se adhiere a la piel, mientras la señal del celular desaparece y el paisaje se transforma en una mezcla de sabana y bosque que parece tragarse la carretera. En este entorno, Helena comprendió que el territorio no solo cargaba con una historia de violencia, sino con una belleza natural que había resistido a pesar de todo.
Su viaje tenía un doble propósito: buscar un tema para su trabajo de grado de la Maestría en Estudios de Desarrollo Local en la Universidad Javeriana y conocer de primera mano el territorio del que tanto se hablaba en noticias sobre violencia. Con experiencia previa en comunidades rurales, Helena sabía lo que significaba el abandono estatal y la resiliencia comunitaria.
El encuentro con el cañón del Guape
Tras contactar al alcalde de Uribe, quien le aseguró que la zona estaba tranquila gracias al Acuerdo de Paz de 2016, Helena perdió comunicación en el camino. Recordó entonces a un joven que había conocido en un curso del SENA y, con poca esperanza, le escribió. La respuesta llegó minutos después: "Tranquila, yo le ayudo".
Este contacto la llevó al cañón del Guape, un rincón escondido entre montañas donde el río se abre paso con fuerza. El trayecto era exigente: trochas angostas rodeadas de vegetación espesa. Al llegar, Helena quedó en silencio ante la vista: un cañón profundo con paredes verdes y húmedas, hilos de agua cayendo como cortinas transparentes y el río Guape brillando con un color verde esmeralda que parecía intacto por el tiempo.
Del escepticismo al turismo comunitario
Cuando Helena comenzó a hablar de turismo en Uribe, muchos respondieron con incredulidad: "¿Turismo aquí? ¿Quién va a venir si esto es un charco?". Pero ella persistió, comenzando con pocos recursos: algunas rutas, un pequeño grupo de guías locales y la convicción de que el turismo podía reconstruir el territorio.
Junto a jóvenes del municipio, organizaron recorridos al cañón del Guape, las Cascadas del Amor, Cortinas del Diamante y Siete Cascadas. Sin infraestructura ni apoyo estatal, construyeron con sus propias manos los primeros forros para llantas que usaban en actividades fluviales, cortando, cosiendo y reforzando con manijas para que los turistas pudieran flotar seguros en las aguas del Guape.
El éxito y sus consecuencias inesperadas
Las rutas crecieron y el nombre del cañón del Guape comenzó a aparecer en mapas turísticos nacionales. Pero pronto, Helena vio una foto impactante: el río que conocía silencioso estaba cubierto de flotadores de colores, con orillas pisoteadas y llenas de basura. Más de trescientas personas habían entrado ese día sin medidas de seguridad adecuadas.
Helena sintió culpa al reconocer que, al mostrar el lugar, también había contribuido a su deterioro. Contactó entonces a José Yunis, director de Visión Amazonía, programa estatal en alianza con Noruega, Reino Unido y Alemania para frenar la deforestación. Juntos impulsaron la creación de un reglamento que controlara el número de visitantes, capacitaran a guías locales y promovieran el respeto al entorno.
Nuevos desafíos y reinvención
Durante el paro nacional de 2021, en plena pandemia, el turismo en Uribe se detuvo completamente. Los grupos armados regresaron al territorio y el miedo se propagó nuevamente. Frente a la posibilidad de rendirse, Helena y su equipo eligieron reinventarse, moviéndose hacia el río Güejar, entre Mesetas y San Juan de Arama.
Este río de aproximadamente 17 kilómetros, con paredes rocosas altas, cascadas y corrientes rápidas, se convirtió en el nuevo foco turístico. Allí nació Natupaz, una organización que agrupa a empresarios turísticos para trabajar por la reconciliación con el territorio bajo un pacto de respeto, cuidado ambiental y distribución justa de ganancias.
La ausencia estatal y la resistencia comunitaria
Los desafíos persisten, especialmente por la falta de apoyo estatal. Muchos compromisos del Acuerdo de Paz de 2016, como el Plan Nacional de Vías Terciarias para mejorar carreteras rurales, siguen sin cumplirse completamente. La vía a Uribe permanece sin pavimentar, con transporte escaso y servicios básicos precarios.
"La única fuerza real ha sido la de las comunidades", afirma Helena. Campesinos, jóvenes y mujeres han construido con sus manos lo que el gobierno ha olvidado, mostrando una resistencia silenciosa en cada sendero, cabaña y recorrido fluvial.
Transformando la narrativa del territorio
A sus 53 años, Helena Soler -politóloga con dos especializaciones y una maestría- ha transformado no solo territorios, sino también la manera de nombrarlos. Dejó de referirse al "sur del Meta", asociado a guerra y peligro, para adoptar "Meta Amazónico", destacando la conexión con la selva amazónica y cambiando la narrativa del miedo por una de vida y esperanza.
"Yo sigo soñando con un Meta distinto", dice Helena. "Con un territorio donde las mujeres no sean menospreciadas, donde los jóvenes tengan oportunidades, donde la paz no sea una palabra vacía". Aunque ha enfrentado pérdidas, ha ganado la certeza de su propósito: construir desde abajo lo que desde arriba no se ha hecho, manteniendo vivo el sueño de un turismo que reconcilia y transforma.



