El histórico inicio de obras en la carrera 7.ª de Bogotá
Esta semana marcó un hito en la movilidad bogotana con el inicio de las obras del primer tramo del corredor de la carrera 7.ª, un proyecto que lleva 25 años en discusión y que finalmente ve la luz. La importancia de esta vía, clave para el transporte de millones de ciudadanos, contrasta con las preocupaciones ambientales y sociales que ha generado su implementación.
Un proyecto de tres fases con historia compleja
Concebido durante la administración de Claudia López, el corredor se divide en tres fases claramente definidas: desde la calle 24 hasta la 76, de la 76 a la 99, y finalmente entre la 99 y la 200. Mientras que la última fase fue contratada en 2023 y su ejecución es obligatoria, las dos primeras fueron aplazadas por la actual administración distrital, generando incertidumbre sobre el cronograma completo.
El Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) detalla que la obra incluirá dos carriles por costado para tráfico mixto, un carril exclusivo para buses eléctricos, 11 kilómetros de ciclorruta, cicloparqueaderos, plazoletas y una ambiciosa arborización. El espacio público se duplicará, pasando de 200.000 a 400.000 metros cuadrados, según las proyecciones oficiales.
El debate ambiental: árboles nativos en la balanza
Uno de los puntos más sensibles del proyecto es el manejo de la arborización. La carrera 7.ª se ha caracterizado históricamente por sus especies nativas que no solo le dan identidad, sino que funcionan como pulmón verde en una de las vías más transitadas de la capital.
El IDU ha reconocido que 600 árboles serán trasladados, 400 se mantendrán en su sitio original, y 1.500 serán reemplazados por 4.000 árboles nativos, lo que según la entidad permitirá una mayor captura de CO₂. Sin embargo, grupos ambientalistas han calificado estas intervenciones como "crimen ecológico", recordando casos similares como la troncal 68 o el parque Japón.
Preocupaciones comerciales y de movilidad
Asociaciones de vecinos y comerciantes han expresado sus reservas sobre varios aspectos del proyecto. La principal inquietud radica en que lo que se proyecta sobre la 7.ª es esencialmente un corredor de TransMilenio, lo que implica:
- Demolición de predios comerciales y residenciales
- Intervención en redes de servicios públicos sin estudios previos suficientes
- Demoras prolongadas en la ejecución de obras
- Dimensiones considerables de algunas estaciones
- Falta de un plan claro para el manejo del tráfico durante la construcción
Garantías institucionales y desafíos pendientes
El IDU asegura que el proyecto cuenta con todos los permisos ambientales necesarios, estudios de fase tres que permitieron la contratación, y especificaciones técnicas y geométricas validadas. Además, prometen mantener las conexiones viales para no interrumpir el flujo vehicular y, en algunos casos, preservar cerramientos existentes.
Sin embargo, la verdadera prueba llegará con el avance de los trabajos. Las autoridades distritales deben priorizar la comunicación transparente con los ciudadanos más afectados, implementando mecanismos efectivos de información, escucha y atención de reclamos.
Es fundamental evitar que las incomodidades propias de obras de esta magnitud se conviertan en la constante, cumpliendo rigurosamente con los tiempos de entrega establecidos. Igualmente importante será mantener el proyecto alejado de la politización electoral, un riesgo que ya se vislumbra en algunos sectores.
Aunque los beneficios inmediatos no sean evidentes para todos, la transformación de la carrera 7.ª representa una inversión en el futuro de la movilidad bogotana que, ejecutada con responsabilidad y consideración hacia todos los actores involucrados, podría marcar un punto de inflexión positivo para la ciudad.



