Mario Mendoza: tres décadas convirtiendo a Bogotá en protagonista literario
Con más de 30 años de trayectoria en el mundo de las letras, Mario Mendoza se ha consolidado como una de las plumas más influyentes de la literatura urbana contemporánea en Colombia. Su obra, centrada principalmente en la novela y el cuento, ha desafiado paradigmas establecidos y ha encontrado en la capital colombiana una musa inagotable.
El mito de las ciudades prestigiosas y el nacimiento de una nueva narrativa
Durante décadas, persistió la creencia de que Bogotá carecía de los elementos necesarios para nutrir una literatura de calidad. El imaginario colectivo sugería que para convertirse en escritor era imperativo vivir en metrópolis como Nueva York, París o Barcelona, ciudades que supuestamente avalaban la reflexión sobre el oficio literario. Sin embargo, Mendoza demostró que esta premisa era errónea.
"A mediados del siglo XX, alguien dijo que Bogotá era una ciudad en la que no se podía hacer literatura", recuerda el autor. Esta afirmación dejó a la capital huérfana de una novelística poderosa, mientras países como Argentina y México ya desarrollaban una sólida tradición urbana. En Colombia, las narrativas urbanas se desplazaron hacia Medellín y Cali, con figuras como Andrés Caicedo liderando el movimiento.
La inversión del paradigma: cuando el tercer mundo se convirtió en arquetipo
Mendoza comprendió a tiempo que el esquema tradicional se había invertido. Si durante el siglo XIX París fue el epicentro literario y en el XX Nueva York asumió ese rol, hacia finales del siglo XX el modelo cambió radicalmente. El arquetipo de ciudad se trasladó hacia los territorios del tercer mundo, hacia urbes caóticas, entrópicas y desordenadas.
"La razón es simple: la realidad empezó a operar de ese modo", explica el escritor. "Hemos sobresaturado el sistema; somos demasiados en el planeta, y eso lo lleva a un punto de no retorno". Esta comprensión le permitió reconocer que ya no era necesario viajar a los centros culturales tradicionales. Al contrario, vivir en Bogotá se convirtió en un privilegio narrativo.
Bogotá como personaje: de escenario a protagonista
La capital no solo ha sido el escenario de sus obras, sino la responsable de sus viajes más profundos. Su más reciente novela, "La hora de los lobos" (Planeta), ejemplifica esta relación simbiótica. La historia sigue a un joven marginado —marcado por la muerte desde niño— que termina en la cárcel y allí conoce a quien será su guía por los bajos fondos del continente latinoamericano.
Para Mendoza, Bogotá ha suscitado las preguntas más íntimas y necesarias que ha enfrentado a lo largo de su vida. "Comprendí esto a tiempo, y por eso decidí quedarme y convertir a Bogotá en un personaje de mi obra", confiesa el autor de "Satanás".
Los múltiples tiempos de una ciudad salvaje
El escritor describe a Bogotá como un "distrito salvaje, bellísimamente caótico" donde coexisten múltiples temporalidades. En sus caminatas por la ciudad, Mendoza ha identificado lo que los sociólogos llaman "el factor de prehistoria humana": personajes nómadas con largas barbas, armados con machetes, acompañados por jaurías y desplazándose en vehículos de madera.
Al avanzar hacia otros sectores, se encuentra con lo que denomina "el factor de medievalidad urbana": pastores que curan con la palabra bíblica a ciegos, purulentos y endemoniados. Y más adelante, descubre a jóvenes hikikomori que han optado por vivir de manera virtual, siempre frente a pantallas de computador, sumergidos en videojuegos y redes sociales.
"¿Cómo construir una escritura que transite por el factor de prehistoria, por la medievalidad y logre ingresar en el porvenir?", se pregunta Mendoza. Esta interrogante ha guiado su aproximación a Bogotá y su comprensión de la contracultura capitalina.
Encontrar el silencio en medio del caos
Frente a la vertiginosidad bogotana, Mendoza ha desarrollado una filosofía personal sobre el tiempo. "No hay que confundir el tiempo de afuera con el tiempo de adentro", afirma. "El tiempo externo puede ser ruidoso y atropellado, pero uno no debe permitir que ese ritmo altere su tiempo interno".
El autor distingue entre la vida práctica —con sus obligaciones laborales y cotidianas— y el tiempo psíquico de búsqueda. "Uno sabe que vino a esta vida a encontrar algo antes de morir", reflexiona. "Cuando tienes conciencia de la muerte, entiendes que el tiempo es breve. Entonces, ese tiempo interno es silencioso, callado y tranquilo".
Mendoza concluye: "Creo que me muevo entre la vertiginosidad del afuera, pero nunca la mezclo con el silencio interior. No permito que el ruido externo perturbe el adentro". Esta dualidad le ha permitido navegar tres décadas de creación literaria, siempre con Bogotá como compañera de viaje y musa inagotable.



