La santandereana que viste con la tierra
En Rionegro, Santander, Laura Quintero ha convertido su taller en un laboratorio de memoria textil. Utilizando cáscaras de cebolla, pepas de aguacate, cuncho de café, hojas de higuerilla, diente de león, eucalipto, romero, hierbabuena, aserrín de cedro y teca, hojas de añil, hojas de yuca y tierras del territorio, esta ingeniera industrial fundadora de Saber Ancestral crea prendas únicas que recuperan técnicas ancestrales de tintura natural.
Un proceso que desafía la velocidad industrial
Mientras la industria textil global produce miles de piezas en horas, el trabajo de Laura requiere paciencia milenaria. Cada prenda puede tardar cerca de dos meses en completarse, sometiendo las telas de algodón, lino, cáñamo, lana, alpaca o seda a un riguroso proceso: lavado para eliminar químicos industriales, baño de soya, mordentado con minerales o cortezas y, finalmente, tinturado o estampación natural.
"Cada prenda es una pieza única que tiene una historia detrás de su proceso", afirma Quintero. Esta unicidad no es un eslogan de marketing, sino una condición material de su trabajo. Cuando estampa una chaqueta con hojas de higuerilla, lo que queda impreso no es una interpretación, sino la anatomía exacta de la hoja: sus nervaduras, tamaño real y huella precisa sobre la tela.
Memoria textil y sostenibilidad ancestral
La investigadora colombiana Gladys Tavera de Téllez documentó hace décadas la sofisticación textil precolombina en los Andes, donde los tejidos no solo cubrían cuerpos sino que delimitaban espacios, envolvían muertos, marcaban rango y servían como moneda, tributo y ofrenda. Laura Quintero se inscribe en esta larga tradición femenina de conocimiento textil, heredada de abuelos y padres que trabajaban con plantas medicinales, canastos duraderos y fique tinturado.
"Hay cosas que hemos perdido y que hoy decimos que son sostenibles, pero los abuelos de uno sí eran muy sostenibles sin decirlo tanto", reflexiona la artesana. Esta observación adquiere especial relevancia cuando el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que el sector moda y textil representa entre el 2% y 8% de las emisiones globales, genera el 9% de la contaminación por microplásticos oceánicos, consume 215 billones de litros de agua anuales y utiliza unas 15.000 sustancias químicas.
El verdadero costo de vestirse
Laura plantea una pregunta incómoda: "Tú todo el día, casi que todo el día estás vestido; qué te estás poniendo y más allá del textil es qué lleva ese textil". En su visión, la prenda no es solo objeto de consumo, sino una segunda piel cargada de historia industrial, agua usada, químicos y residuos. Cuando habla del poliéster, lo hace desde la vida cotidiana: el lavado, las fibras mezcladas, la dificultad de reciclaje y los microplásticos que dejamos a lo largo de la vida.
La Agencia Europea de Medio Ambiente y el Parlamento Europeo han confirmado que los textiles sintéticos son fuente importante de microplásticos, y que el modelo de fast fashion agrava la presión sobre el agua y el volumen de residuos. Frente a esto, el trabajo de Laura ofrece una alternativa radicalmente diferente.
Botánica, territorio y reciprocidad
Artesanías de Colombia registra que los artesanos del país utilizan 114 especies de plantas para extraer fibras vegetales, siendo el algodón y el fique las más importantes. Esta relación entre textil, botánica y territorio no es novedad importada, sino continuidad histórica que Colombia conserva.
Laura insiste en el respeto al territorio: "Yo también tengo que empezar a respetar mi territorio", dice refiriéndose al añil y la tentación de arrancarlo todo. Su lógica es de reciprocidad: tomar una parte, dejar otra, sembrar flores y árboles, convertir el taller en espacio donde lleguen pájaros. "Si ella me está dando, yo qué le estoy dando", se pregunta.
Entre la tradición y la ciencia
Una revisión publicada en Molecules en 2023 concluyó que los tintes naturales tienen potencial real como alternativa más sostenible a los sintéticos, aunque advierte sus límites: baja solidez en algunos casos, poca afinidad con ciertos sustratos, dificultades para reproducir tonos exactos y barreras de costo que impiden adopción industrial amplia.
Laura explora incluso dimensiones del bienestar, recordando costumbres ancestrales como poner plantas medicinales en almohadas. Experimentó con fundas y textiles de eucalipto y romero, notando cambios en casa aunque admite no poder explicarlos "científicamente". Lo importante en su relato no es prometer curas, sino mostrar cómo la modernidad ha roto la relación cotidiana entre cuerpo, planta y materia.
Vestirse con territorio, no con tendencia
El corazón de esta historia no está en la nostalgia por un pasado puro, ni en la fantasía de que una artesana pueda corregir la devastación industrial global. Está en devolverle espesor al acto de vestirse, recordando que una tela puede ser memoria, cuidado, oficio femenino, tecnología heredada y paisaje adherido al cuerpo.
En Rionegro, esta idea tiene forma de hoja: una hoja real con nervaduras intactas, transferida sobre una chaqueta que tardó dos meses en nacer. Una hoja que no imita la naturaleza, sino que la deja hablar. Frente a tanta ropa fabricada para durar poco y olvidarse rápido, el trabajo de Laura Quintero produce una imagen poderosa: la de vestirse no con una tendencia pasajera, sino con un territorio vivo y respirado.



