Durante más de veinte años, la cineasta colombiana Catalina Santamaría siguió el rastro de una comunidad que convirtió edificios semidestruidos de Nueva York en refugio, laboratorio artístico y acto de resistencia. El resultado es Squatters / Okupas, un documental que rescata del olvido una forma de vida nacida entre la precariedad, la solidaridad y el deseo de inventar otro mundo.
Un proyecto de dos décadas
Catalina empezó grabando en 16 mm y audio, y después sumó videos que habían grabado los propios habitantes. La comunidad también ayudó a construir la memoria visual de la película. El largometraje funciona como cápsula de una Nueva York que ya no existe. Es la ciudad de los huecos, las grietas y los edificios a medio terminar donde inmigrantes, artistas y desposeídos imaginaron otra vida posible. Squatters / Okupas habla de la dignidad de una comunidad narrándose a sí misma antes de ser borrada por el mercado, por la ley o por el tiempo.
El encuentro con el mundo okupa
La historia que Santamaría ha contado sobre el origen del proyecto tiene algo de deriva y algo de destino. Su primer encuentro con el mundo okupa ocurrió en Londres, cuando estaba de intercambio y terminó quedándose más tiempo. Allí conoció personas que se apropiaban de edificios abandonados y levantaban comunidades dentro de ellos. Años después, ya instalada en Nueva York para profundizar sus estudios de cine en The New School, ese universo regresó con otro peso cuando un amigo colombiano, Ricardo Peña, la llevó a Umbrella House, en el Lower East Side. Lo que encontró allí no fue una simple escena marginal, sino una forma de vida.
Umbrella House: un laboratorio cultural
Santamaría ha dicho que en ese edificio, a medio construir y sin las condiciones mínimas de confort, descubrió a personas que habían convertido la precariedad en una experiencia colectiva. Todos se ayudaban, todos colaboraban, todos trabajaban para hacer el lugar más habitable. Muchos eran artistas y por eso el edificio también respiraba como un laboratorio cultural: exposiciones, happenings, fiestas, escaleras intervenidas, música sonando entre apartamentos. En sus palabras, los squatters le mostraron “una visión del mundo diferente”, una sociedad libre, solidaria y creadora.
Esa percepción atraviesa el corazón mismo del documental. Squatters / Okupas no se instala en la mirada policial o meramente urbana sobre la ocupación de inmuebles; se acerca, más bien, a la dimensión humana de quienes decidieron vivir al margen de las reglas de la ciudad formal. Para Santamaría, esa experiencia fue también profundamente personal. En el boletín de prensa del documental recuerda que entonces cargaba “la soledad de quien está lejos de su tierra”, y que Umbrella House se convirtió en un refugio emocional, en una casa abierta donde una frase condensaba el espíritu del lugar: “Ojalá el mundo se pareciera más a esta casa”.
El lado duro de ser okupa
Pero una de las mayores virtudes del discurso de la directora es que nunca reduce esa experiencia a una postal ingenua. Santamaría ha insistido en que conoció de cerca el lado duro de ser okupa: el frío brutal de los inviernos, la falta de calefacción y servicios, la precariedad, el miedo a la policía y los desalojos. Lo decisivo, sin embargo, es que junto a esa dureza encontró algo que la marcó con igual intensidad: una comunidad que no solo sobrevivía, sino que producía sentido, belleza y pertenencia. Cuanto más conocía a esas personas, ha dicho, más crecía su admiración, porque entendió que ser squatter no era simplemente buscar techo, sino asumir una decisión de vida y una apuesta por una sociedad distinta.
En ese punto, el largometraje deja de ser únicamente un registro de vivienda informal y se vuelve una pieza sobre la imaginación política de los márgenes. La propia Santamaría ha formulado esa intuición con claridad: aquellos habitantes le mostraron no solo el caos material de una ciudad desigual, sino un ideal. Esa palabra, ideal, aparece de forma insistente en sus declaraciones. No como ingenuidad romántica, sino como una forma concreta de convivencia: una gran familia improvisada dentro de muros rotos, una vida común sostenida por el trabajo compartido y por una idea de igualdad que, a juicio de la directora, rara vez se encuentra con esa intensidad en el exterior.
Una película sobre el tiempo
También por eso Squatters / Okupas es una película sobre el tiempo. Santamaría empezó filmando en 16 mm y grabando audios. En aquellos años entrevistó a varios de los ocupantes. Después recibió más material, grabado por otras personas, sobre distintas etapas de la ocupación de otro edificio cercano. Con ese archivo disperso, y con una tenacidad que define el tono de su propio relato, comenzó a construir el documental “ladrillo a ladrillo”: digitalizó imágenes antiguas, buscó a quienes quedaban, enlazó memorias, siguió pistas y reorganizó una historia que, como la propia ciudad, no dejaba de transformarse.
Ese proceso, según la directora, fue creciendo hasta desbordar cualquier cálculo inicial. Ha contado que seguían llegando imágenes, que la película parecía expandirse sin fin, y que en algún momento tuvo que imponerse el gesto de cierre: “me obligué a darlo por terminado”. Esa frase dice mucho sobre la naturaleza del proyecto. No se trata de un documental de urgencia, capturado para responder a la coyuntura, sino de una obra hecha a fuego lento, donde el archivo no solo ilustra un pasado, sino que lo reactiva y lo discute. Cada nuevo fragmento parecía traer de vuelta una ciudad perdida y una comunidad que se negaba a quedarse quieta en la memoria.
Honrar a la comunidad
La motivación final para terminar la película también la ha explicado con una franqueza poco frecuente. Santamaría ha dicho que sintió que debía concluirla para “honrarlos”, para mostrar el amor que movía todo lo que esas personas hacían. En esa formulación hay una toma de posición estética y ética. Squatters / Okupas no pretende solo informar sobre un fenómeno social: quiere restituir una energía humana, una red de afectos, una forma de vida compartida. La directora recuerda, por ejemplo, a una mujer que tuvo allí a sus dos hijos y los vio crecer entre dificultades, sí, pero también rodeados de arte, belleza, alegría y cariño.
El legado de los espacios okupas
Desde una perspectiva de cine documental, esa es quizá la dimensión más interesante de la película. Santamaría no trabaja con los okupas como objeto de observación distante, sino como sujetos de memoria. Lo que preserva no es únicamente el hecho urbano de ocupar edificios abandonados, sino la textura moral de una convivencia. Su película parece partir de una pregunta silenciosa: ¿qué tipo de comunidad fue posible allí, y por qué esa experiencia sigue irradiando sentido años después de haber sido absorbida por los procesos de normalización de la ciudad?
Esa lectura se refuerza además con el contexto que hoy rodea al filme: en Estados Unidos, el fenómeno de los okupas ha disminuido bajo normas más estrictas y desalojos más ágiles; varios de esos espacios fueron regularizados, reestructurados o desplazados por usos más comerciales. Umbrella House y Puerta 10, los dos espacios centrales en esta historia, cambiaron con el tiempo. Algunos de sus antiguos habitantes murieron, otros regresaron a sus países y varios lograron convertirse en propietarios legales tras negociaciones con la ciudad. Lo que en otro momento fue una geografía del margen terminó incorporado, aunque de manera desigual, al tejido urbano formal. Santamaría ha contado que los trabajos comunitarios continúan, pero mucho menos, y que los lugares antes dedicados a eventos culturales hoy albergan actividades comerciales.
Ese tránsito vuelve aún más valioso el gesto del documental: la película registra no solo lo que fue una experiencia colectiva, sino también su desgaste, su desplazamiento y su huella. La directora ha narrado, además, que cada exhibición del filme reactiva algo de ese pasado. En las proyecciones, dice, siempre aparece alguien que tuvo una relación directa con ese mundo: un antiguo squatter, un amigo, un hijo, un espectador que vivió algo parecido en otra ciudad. Recordó especialmente la reacción del público cuando la película fue presentada en pantalla grande en Cali: el silencio sostenido de la sala le hizo sentir que los espectadores habían entrado de verdad en la experiencia de la película, que no estaban solo viendo una historia ajena, sino habitándola.
Ese dato es revelador porque sugiere que Squatters / Okupas logra algo que no siempre consigue el documental social: convertir una realidad localizada en una vibración compartida. La premiere en Colombia está programada para el 7 de mayo de 2026 en el Centro Cultural Skandia, en Bogotá.



