La extrañeza de la muerte: reflexiones sobre cómo enfrentamos las pérdidas
La muerte siempre resulta extraña porque nadie nos enseña cómo comportarnos ante ella. Esta realidad se hizo presente durante un almuerzo con un excompañero de colegio, donde descubrí que mientras yo había perdido contacto con casi todos nuestros compañeros de promoción, él mantenía información actualizada sobre la mayoría.
Los destinos diversos de una generación
Cuando pierdes el rastro de quienes compartieron contigo la adolescencia, descubres historias variadas: algunos se divorciaron, otros emigraron en busca de oportunidades, al menos uno está en prisión y varios alcanzaron la riqueza. Pero siempre aparece esa constante inquietante: al menos un muerto prematuro, alguien que encontró un final inesperado por accidente o enfermedad terminal.
En nuestra promoción específicamente había tres fallecidos, todos antes de cumplir cincuenta años. Uno tomó la decisión del suicidio, otro sucumbió ante el cáncer, pero el tercero me llamó particularmente la atención: un hombre que sufrió un infarto mientras jugaba tenis.
Memorias que resurgen
Este último individuo solo compartió conmigo los dos años finales del bachillerato y se destacó por su actitud burlona hacia cualquier defecto o debilidad ajena. En la adultez, nuestros encuentros fueron esporádicos, generalmente en contextos festivos, y nunca generaron mayor conexión. No era alguien que inspirara miedo o arrepentimiento, sino más bien esa clase de persona que parece flotar por encima de los demás, considerando al resto de mortales útiles solamente cuando pueden servirle para algo.
Al conocer su muerte, no experimenté felicidad ni tristeza, sino más bien sorpresa y un notable alivio por no tener que cruzarme con él nuevamente. Lo más impactante fue cómo su nombre me transportó instantáneamente al pasado: los pasillos y salones del colegio, la fila en la tienda escolar, los actos cívicos, los partidos de fútbol y el uniforme que usábamos diariamente.
También resurgieron escenas donde sus burlas me hicieron sentir mal, y me pregunté por qué no sentía alegría ante su partida. Incluso consideré brevemente la posibilidad de buscar su tumba para bailar sobre ella, pero reconocí que la venganza no forma parte de mi carácter. Como bien expresó un escritor célebre, el olvido representa la única venganza y el único perdón posibles.
Los rituales contradictorios
La muerte resulta extraña precisamente porque carecemos de protocolos claros para enfrentarla. El manual católico tradicional indica que debemos entristecernos y llorar abundantemente durante días específicos (mi abuela guardó luto por mi abuelo durante año y medio), pero siempre aparece alguien en el velatorio que hace chistes debido a sus nervios. Las prácticas varían enormemente: algunos lugares incineran los cuerpos y los esparcen en ríos, mientras que en otros bailan con los difuntos o permiten que los buitres se alimenten de ellos.
La paradoja del duelo por celebridades
Esta rareza se manifiesta también en cómo reaccionamos ante muertes públicas. Recientemente falleció Robert Duvall a los 95 años, y muchas personas declararon sentirse devastadas, algo peculiar considerando que su película más famosa se filmó hace más de medio siglo. Me pregunto por qué sufrimos cuando muere una figura pública, si esas personas ya trascendieron el tiempo. Jimi Hendrix no ha lanzado una canción nueva desde 1970, pero su legado perdurará eternamente.
La muerte es tan impredecible que el periodista que escribió el obituario de Duvall falleció doce años antes que el actor. En el mundo periodístico, es común preparar con anticipación artículos sobre famosos de edad avanzada para publicarlos inmediatamente tras su muerte, pero no siempre acertamos en las predicciones. En 2011, yo mismo preparé notas sobre Fidel Castro y Günter Grass, y quienes finalmente murieron fueron Steve Jobs y Osama bin Laden.
Los héroes anónimos
Un día después de Duvall, murió alguien mucho menos conocido pero igualmente significativo: Billy Steinberg. Este hombre marcó al mundo sin que el mundo lo supiera, componiendo éxitos como Like a Virgin para Madonna, True Colors para Cyndi Lauper, Eternal Flame para The Bangles, Alone para Heart, I Touch Myself para Divinyls y I'll Stand by You para The Pretenders. Esta última canción, según algunos, inspiró a Shakira para componer Estoy aquí.
Sí, Duvall tuvo su Padrino y su premio Óscar, pero si me preguntan, la partida de Steinberg se siente más profundamente porque la música posee una contundencia emocional que ni la mejor película podría igualar jamás. La muerte sigue siendo ese fenómeno extraño que nos confronta con nuestra humanidad, nuestros recuerdos y nuestra incapacidad para encontrar respuestas definitivas.