En el escritorio de Kiran Desai hay un pequeño objeto que le sirve como amuleto para volver a su país, para recordar ese mundo en el cual creció, pero que abandonó desde muy joven. Un amuleto que también le recuerda el poder de la escritura, de la imaginación. Es una pequeña estatua del dios Krishna que toca la flauta con los ojos cerrados: "Lo pongo cerca de mí dondequiera que esté trabajando porque es un mensaje creativo precioso. Está tocando una flauta invisible para una montaña invisible, lo que para mí es como una gran metáfora de la escritura. Estás tocando y no sabes si la montaña está creando la música o la música está creando la montaña", dice Desai, una de las autoras invitadas a la Filbo de este año, cuyo país invitado de honor es el suyo: la India.
Una carrera literaria marcada por la diáspora
Desai es una de las voces más destacadas de las letras de su país. Fue la ganadora más joven del Man Booker Prize, con tan solo 35 años, en 2006. Además, es hija de una de las escritoras más destacadas de la literatura india contemporánea: Anita Desai. Aunque su carrera literaria se ha construido desde la diáspora, sus novelas no dejan de ser una indagación sobre el "alma" del subcontinente indio. En ellas habla sobre los conflictos étnicos y políticos, sobre el auge de los nacionalismos y las cada vez más difíciles relaciones entre los practicantes de las diferentes religiones que profesan los indios. Pero más allá de esto, sus novelas también hablan sobre la cotidianidad de la gente anónima, sobre las tradiciones que se transforman y los constantes cambios sociales que vive su país.
Sus tres novelas: Alboroto en el guayabal (1999), El legado de la pérdida (2006) y La soledad de Sonia y Sunny le han valido el reconocimiento de autores de la talla de Salman Rushdie, que ha dicho de ella que es la muestra de cómo el encuentro de la India y la lengua inglesa sigue creando "abundantes talentos". Porque la obra de Desai vive en esas fronteras que producen la migración. En sus libros explora la adaptación de las personas en contextos que les son adversos, por eso afirma que es "en las fronteras donde ocurren las historias; es allí donde la historia cambia". Lo que es el caso también de su propia vida.
El regreso después de 20 años
Su más reciente novela, La soledad de Sonia y Sunny, vio la luz luego de un silencio de casi 20 años. Para Desai tomarse todo este tiempo en volver a publicar no fue un capricho, fue la única forma en la que pudo volver a mirar con la distancia necesaria su país de origen, pero al mismo tiempo su país de adopción: los Estados Unidos. Fue también un momento para descubrir nuevas literaturas y sacudirse un poco de esa tradición anglosajona con la cual se formó, ya que, según Desai, fue al leer a autores latinoamericanos cuando comprendió lo que estaba sucediendo en la India: "Leer a escritores como Rulfo, Cortázar, Bolaño y García Márquez fue lo que me alertó y me ayudó a comprender cómo vivir en el mundo actual al que nos enfrentamos como indios y como miembros de la diáspora india. Ahora estamos viviendo lo que vivieron muchos autores latinoamericanos: la persecución, el exilio y ahora el acecho a los migrantes en países como los Estados Unidos, donde se les niega el visado y tienen que marcharse a casa". Sus libros son una puerta para descubrir un país del cual todos tenemos una idea, pero del que poco conocemos.
Entrevista con Kiran Desai
Usted creció en la India, pero la abandonó muy joven. Sin embargo, su país está presente en cada página de su obra. ¿Cómo escribe sobre un país que conoció profundamente en la infancia, pero que ha observado en gran medida desde la distancia?
Pienso en mi primer libro. Lo escribí cuando me fui de la India a estudiar a Estados Unidos. En ese momento, creo, traté de aferrarme a una idea muy infantil de la India, o más bien a una versión de mi infancia. Era casi como si se tratara de una pequeña fábula. En el segundo libro empecé a escribir sobre Estados Unidos y su relación con la India, sobre la relación entre Inglaterra y la India, y en especial sobre el viaje de las generaciones pasadas hacia Gran Bretaña y de las más recientes hacia América. Y fue desde esa particularidad que me dije: "puedo escribir desde la diáspora, puedo escribir desde un lugar que no tiene una ubicación geográfica". Mis novelas se sitúan en ese mundo de tránsito, en ese lugar de pasaje.
¿Ese "no lugar" no se convierte en algún momento en incertidumbre?
En algunos momentos sí es una experiencia bastante inquietante. Siempre existe el miedo de que, en realidad, no conoces del todo ninguno de los lugares de los que hablas. En mi caso, por ejemplo, no paso más de un año seguido en la India, y eso hace que la experiencia misma se fragmente, y que en algunos momentos el conocimiento de mi propio país pase a ser incompleto o incluso incorrecto. La percepción de la realidad no es más que un intento de juntar esos pequeños fragmentos o pedazos del mundo que puedes guardar en la memoria. Al mismo tiempo, ese espacio nebuloso es importante: hay que habitarlo, ocuparlo. Porque es en las fronteras donde pasan las historias; es allí donde cambia la historia. También es un lugar con muchas vidas, mucha creatividad y muchas cosas extrañas ocurriendo. Fue por eso por lo que empecé a pensar en él como mi espacio de escritura, como el lugar donde todo comenzó. Pensé que quizá realmente podía trabajar desde ahí, porque hubo, sin duda, un momento de ansiedad en el que me pregunté qué tipo de escritora podía llegar a ser, algo que en realidad nunca llegaría a saber. No tendría el conocimiento histórico de Estados Unidos ni una historia familiar aquí. Y, sin embargo, todo eso siempre pertenecería a la India. Así que me preocupaba perder ese pasado.
Ahora quisiera preguntarle sobre el inglés como su lengua de escritura. ¿Siente que su inglés es una apropiación, una imposición, o simplemente el único idioma en el que puede pensar la India con la distancia necesaria?
Es muy interesante pensar en el idioma en el que uno escribe, porque dice mucho de nuestra propia historia. Pienso en el caso de América Latina y en cómo el español se impuso de una forma tan fuerte y duradera. En la India no fue exactamente el mismo proceso. El inglés sigue hablándose, pero por una minoría. Mi familia, por ejemplo, viene de una historia lingüística bastante compleja. Mi padre es del estado de Gujarat (ubicado en el oeste de la India). Sus padres debían hablar gujarati, pero se mudaron a una parte de la India donde se hablaba hindi. El padre de mi madre venía de Bengala (región ubicada en el noreste de la India) y su madre era alemana, por lo cual no solo estuvieron presentes los diferentes idiomas de la India, sino también otras lenguas europeas. Ese pasado lingüístico complejo del que hablé era eso: una cohabitación de lenguas. Y luego, el único idioma en común era el inglés… bueno, aunque no siempre.
Entonces, ¿cómo es que usted termina adoptando el inglés como su lengua materna?
Por la educación. Aunque, en algunos momentos, eso producía escenas un poco perturbadoras. Vuelvo al ejemplo de mi familia. En el caso de mi padre, el inglés fue siempre su lengua más fuerte. Con el tiempo se volvió más fluido en hindi, pero su educación fue totalmente calcada de la educación británica. Como todo lo aprendió en inglés, nunca pudo realmente hablar con su madre, que hablaba gujarati, y a él nunca le enseñaron esa lengua. Esto se repite en muchas familias y se crean unas brechas enormes entre madres e hijos que hablan diferentes idiomas. En mi caso, yo fui a un colegio religioso en Delhi dirigido por unas monjas irlandesas. Crecí aprendiendo danzas escocesas tradicionales, mientras que aprender algo más cercano, como el hindi, se veía como algo secundario y no tan necesario como bailar el highland fling. Toda mi educación fue en inglés.
Esto tiene que ver con una característica de la sociedad india, ¿verdad?
Es cierto que, en aquella época, en los años setenta y ochenta, existía esta idea… Ya sabes, la India es un país muy jerárquico. La clase social juega un papel muy importante y, si te educan en inglés, eso te coloca en lo que se consideraba una posición muy privilegiada. Por esa razón, los padres querían enviar a sus hijos a un colegio de habla inglesa, y por eso el inglés se convirtió en mi idioma más sólido y más frecuente, sin duda alguna.
Aprender un idioma es también aprender sus tradiciones y su literatura. ¿Qué representa para usted toda esa tradición literaria anglosajona durante sus años de formación, primero como lectora y luego como escritora?
Voy a responder un poco más, de paso, la pregunta sobre mi relación con el inglés. Una vez me pidieron que hablara ante un grupo de traductores sobre la importancia de la traducción. Y pensé, en ese momento, que yo no conocería mi propio país si no fuera por las traducciones. Porque hay muchos escritores indios que escriben en otros idiomas y que sienten que el inglés es un idioma que elude la realidad india, y que si escribes en inglés, terminas interpretando mal la India. Digo esto porque, claro, yo crecí leyendo sobre todo autores británicos y estadounidenses. Y mis primeros referentes, o mis primeros momentos de identificación literaria, se produjeron con una cultura que me era completamente ajena. Leíamos cosas como Milly Molly Mandy, Satchkin Patchkin o Las aventuras del oso Paddington. Esos fueron mis primeros relatos, y he oído a Chimamanda Adichie, la escritora nigeriana, contar algo muy parecido. Mis primeros relatos eran aquellos en los que la protagonista se llamaba algo así como Susan, ¿sabes? Jamás había oído ese nombre, y todo me resultaba aún más ajeno cuando decía cosas como: "Mami, ¿puedo hacer un pícnic?". Cosas así me eran completamente extrañas. No tenían nada que ver con nuestra realidad. Luego llegaron los primeros escritores indios que escribían en inglés y que fueron publicados en Inglaterra. Después viene un autor como Salman Rushdie, que escribe deliberadamente en un inglés indio.
¿Son estos autores quienes muestran un poco el camino de cómo escribir desde una lengua impuesta por un imperio colonizador?
Sí, pero también pienso en autores como el escritor nigeriano Chinua Achebe, que desde el inglés pudo escribir sobre su realidad. Una vez fui a un evento para conmemorar la vida de Achebe y me sorprendió la cantidad de autores de todas partes del mundo. Lo que todos decían es que Achebe les enseñó a usar el inglés y a pensar en cómo adaptarlo a sus propios países. Eso me pareció muy interesante de escuchar.
Sonia, la protagonista de su más reciente novela, se enfrenta a una pregunta: ¿cómo escribir sobre la India sin que esa escritura se convierta en una representación construida para el gusto y la mirada occidentales? ¿Cómo respondió usted a esa pregunta como autora?
No es tan fácil porque, además, si estás escribiendo en inglés y publicando en el mundo occidental, claro que eres consciente de eso. Eres consciente de ese público. Tienes editores que están pensando en la audiencia. Pero como escritora, creo que tienes que olvidarte de la audiencia, precisamente por eso, y tratar simplemente de que todo quede absolutamente bien. Pero es cierto que hubo momentos en los que pensé: "Ay, no voy a poner a este personaje comiendo un mango; mejor una manzana". Y, al mismo tiempo, el mango sería quizá la fruta más apropiada en esa temporada o en ese momento. Esas cosas son absolutamente fascinantes. Y, sin embargo, creo que había un argumento muy válido contra estos estereotipos. En cierto momento se estaba escribiendo un tipo de libro muy específico, y había un temor real de que estos autores —condicionados por sus propios contextos, como yo misma, angloparlante y viviendo en el extranjero— estuvieran proponiendo una idea de la India que en realidad resultaba dañina, por la manera en que la India aparecía representada.
¿Por qué?
Por la percepción que se generaba del país. Recuerdo que hace mucho tiempo alguien mencionó a la reina del reino de Sikkim, un pequeño reino en las montañas que la India absorbió. Ella decía que existía una especie de idea de cuento de hadas sobre su país, y que esos cuentos de hadas podían resultar peligrosos porque nadie tomaba al país de manera realista. Creo que había una sensación muy fuerte de que la vida cotidiana, la normalidad, no estaba apareciendo en esos libros, porque esos autores no conocían esa realidad. La sensación de lo ordinario: pasar el día, conseguir una conexión de gas, una línea telefónica. Y también la corrupción cotidiana, ¿no? El ejército, la policía, el gobierno, cómo funcionan esas cosas… y estos autores no sabían nada de eso. Entonces, había una sensación real de que se estaba proyectando una imagen falsa. También había bastante enojo contra lo que se llamaba, o se llama, realismo mágico. Creo que tomé muy en serio todas esas ideas cuando escribí mi novela El legado de la pérdida. La situé, muy deliberadamente, en Nueva York, y también en las montañas de la región norte de mi país, en ese paisaje en el que crecí. Fui allí y la escribí intentando, muy conscientemente, cambiar mi forma de trabajar y de pensar.
Algo que se ve también en La soledad de Sonia y Sunny.
Con este libro decidí que, quizá por eso es tan amplio, una manera de enfrentar ese problema era incluirlo todo, tanto como fuera posible. Decir una cosa, pero también su opuesto, e incluir también ese opuesto. Así que incluí el matrimonio arreglado, pero también el divorcio, y también el matrimonio que no es arreglado, porque en la India la mayoría de los matrimonios aún siguen siendo arreglados.
Hablemos del proceso de escribir La soledad de Sonia y Sunny. Usted ha confesado haber acumulado cerca de cinco mil páginas antes de llegar a la versión final de esta novela. Además, le tomó casi veinte años escribirla. ¿Cómo supo que había llegado el momento de soltarla, de entregársela a los lectores?
Sí, fue sobre todo un compromiso. Al final, un libro termina siendo algo que en realidad nunca imaginaste que llegaría a ser. Vas viendo todas las cosas distintas en las que podría haberse convertido. Tuve que dejar de lado muchísimas ideas y también muchísimas líneas narrativas. Hubo un momento en que sentí simplemente que esta era una versión del libro, pero que ya había logrado reunir tanto como yo podía hacer que convergiera en él. Me pareció algo extraño. Nunca esperé que los elementos más esotéricos formaran parte de este libro. Nunca esperé que el mundo invisible tuviera una presencia tan fuerte en él. Eso de verdad fue una sorpresa para mí. Pero entonces eso terminó convirtiéndose en una historia en particular. Así que hay ciertos elementos que ni siquiera quería incluir en el libro. Y, aun así, terminaron volviéndose una parte inseparable de él, y deshacer cualquiera de ellos provocaría un problema más difícil en otra parte.
El amor es uno de los temas centrales de sus libros, pero es un amor que se aleja del ideal romántico. ¿Qué le interesa explorar desde este sentimiento?
Lo primero era que no me interesaba escribir una historia de amor tradicional, de esas en las que el amor supera todas las divisiones de clase, raza, etcétera. Lo que me interesa es cómo, en realidad, el amor muchas veces intenta transformarse y no sobrevive en absoluto a esas divisiones. Y también, a veces, una historia de amor es una manera de escribir un relato que entra en contradicción con la narración histórica o con la narración nacional. Es decir, es una forma de afirmar realmente la idea de que la historia siempre es la historia de alguien. Eso es lo interesante de escribir una historia de amor o de tener una línea amorosa dentro de un libro.
De hecho, en La soledad de Sonia y Sunny, gran parte del libro muestra esa imposibilidad del amor. Pero detrás de eso también se muestra un cambio en la sociedad india. ¿Cree usted que la India está transformando su forma de concebir el amor?
Con este libro, el tema real era la soledad, o una soledad global. Me di cuenta de que podía contar eso a través de una historia de amor no resuelta. Esa fue la razón por la que me enfoqué en Sonia y Sunny. Luego pensé que podía escribir sobre todos los distintos tipos de amor que afectaban su historia de amor. Entendí que su historia en realidad no es solo suya, y que está marcada por sus abuelos y por sus padres, por varias generaciones de historias, historias de amor y también de viajes entre países. Al mismo tiempo, era una forma de ver cómo la migración de estas personas hacía que esas ideas diferentes del amor entre Occidente y Oriente dialogaran. Dicho de la manera más simple y directa para responder a la pregunta, también sentí que nadie había escrito una gran historia de amor india y globalizada. Eso está ahí afuera, en el gran mundo, y yo veía a tanta gente viviendo esa historia. Tantos jóvenes indios viviendo profesionalmente entre países y lugares. Sabemos que uno puede estar viviendo en Singapur o en Hong Kong, y otra persona en Canadá, y que en realidad se están encontrando para irse de vacaciones a Italia; por primera vez en la historia, dos personas solteras pueden encontrarse e irse de vacaciones a Europa. Eso antes era inimaginable. Así que yo quería escribir esa historia.
Usted acaba de decir que el gran tema de su más reciente novela es la soledad. Pero también explora cómo la soledad no es vista de la misma forma por todas las sociedades. En un país como la India, con más de mil millones de habitantes, ¿es la soledad un lujo, una herejía cultural o una forma de resistencia?
Mi idea fue escribir un gran libro sobre las mil formas de la soledad, una especie de léxico sobre la soledad. Y me encontré precisamente con esas diferentes concepciones de la soledad. En algunos países, la soledad es considerada un lujo, y en mi propio caso vi cómo estar sola era algo muy difícil. Uno necesita la soledad para escribir, para leer. Recuerdo lo difícil que era, cuando era niña en la India, encontrar un momento a solas para leer un libro. Solía encerrarme en el baño para leer, porque allí había silencio. En la India, una puerta cerrada se ve como un reto. En cuanto la cierras, la gente intenta abrirla. Hay que encontrar una razón para abrirla. Recuerdo que, cuando estaba escribiendo, cerraba la puerta de mi habitación. Entonces mi padre entraba de golpe y decía cosas como: "Huele a que algo se está quemando". Y yo decía: "No se está quemando nada". O cosas como: "¿Qué es ese olor raro?". O alguien decidía preguntarte si querías un café, o siempre había algún motivo. Allí no existe esa idea de tocar antes de abrir; simplemente abres la puerta. Y luego llegas a Estados Unidos, donde hay una puerta cerrada, y a nadie se le ocurriría abrirla. Todo el mundo toca educadamente antes de entrar. Es completamente distinto. Así que estaba tratando de escribir sobre todas estas distintas ideas de estar solo, de la soledad, y también sobre lo que significa cuando se conecta con ideas más profundas.
¿Como cuáles?
Como, por ejemplo, qué significa cuando pensamos en algo como el auge del nacionalismo. Creo que Hannah Arendt dijo algo —yo la cito en el libro— sobre la soledad como una de las razones del nacionalismo, del auge del nacionalismo. Eso también estaba en mi mente: pensar en lo que está pasando políticamente y en el papel que juega la soledad en esos movimientos.
Hay una soledad muy particular de la que habla en sus novelas, que es la soledad del migrante. Esa persona que vive en una cultura que no es la suya, que intenta adaptarse, pero que vive también con el sentimiento de nostalgia a cuestas. ¿Qué le interesa indagar sobre esta figura del migrante en sus libros?
Sí, y eso se ve en todas partes. Yo vivo en un barrio de inmigrantes aquí, que se llama Jackson Heights, en Nueva York. De hecho, en algún momento fue un barrio muy colombiano. Todavía hay muchos restaurantes colombianos; es bastante interesante. Luego, de manera curiosa, se mezcló con personas de Bangladés, Nepal, el Tíbet… Pero vuelvo a la soledad de los inmigrantes. La veo mucho. Aquí, por ejemplo, hay un puesto del Salvation Army; ves a migrantes haciendo fila para recibir comida, grupos de personas sentadas solas comiendo. Gente que se ve agotada por el viaje. Yo utilicé un poema de Borges, Jactancia de quietud, como epígrafe de El legado de la pérdida, que es realmente un canto al migrante. Luego fui a México y recuerdo estar mirando una pintura antigua de Diego Rivera, de hace mucho tiempo, donde aparece un árbol con migrantes sentados en sus ramas… Y, claro, muchas de estas personas han dejado a sus familias; están solas, emprendiendo, en cierto modo, un viaje heroico, o enviando dinero de regreso. En este barrio hay una comprensión muy fuerte de cómo toda la ciudad de Nueva York se sostiene gracias a personas así, que están solas, muchas de ellas trabajando sin descanso. Es una mentalidad muy particular. Yo soy muy consciente de eso, y creo que muchos migrantes terminan viviendo, de alguna manera, como exiliados. Y eso no se termina.
Esa soledad se convierte en una herencia a veces, ¿no?
Lo veo en mi propia madre, que está aquí en Estados Unidos: no solo se convierte en un aislamiento externo, sino también en un aislamiento interno. Y sí, también es algo que llevan quienes nacen aquí. Lo veo en muchos amigos cuyos padres son inmigrantes. Ellos nacen en este país, pero de algún modo heredan —o pasan cada día gestionando— la soledad de sus padres. Son muy conscientes de esa soledad. Se preocupan por ella.
Usted también ha dicho que "la literatura es el antídoto contra cualquier narrativa nacionalista". En un momento en que la India atraviesa tensiones identitarias muy fuertes, ¿qué puede hacer realmente una novela?
Sin duda, a quienes las leen les ayuda. Cuando lees sobre una cultura y un país tan vibrante y diverso, piensas en alguien como Salman Rushdie, que es un musulmán indio, pero escribió un libro como El último suspiro del moro, que trata sobre los judíos negros de Cochin y sobre la comunidad católica portuguesa en Kerala, y cada personaje es tan vívido… y, sin embargo, completamente indio en sus costumbres y maneras. Eso deja una impresión enorme en lo que crecimos leyendo, y por eso, naturalmente, hay personas interesadas en un proyecto nacionalista y en controlar lo que se produce. En la India, lo que se está produciendo son muchos libros para niños sobre las epopeyas hindúes y, por supuesto, no hay nada abiertamente malo en eso, pero si los niños crecen leyendo solo eso y luego no leen sobre otras comunidades, entonces eso se les queda grabado. También están las películas que se producen con un ideal nacionalista. Cuando escribí La soledad de Sonia y Sunny, yo deseaba desesperadamente preservar esa India en la que crecí. Una India profundamente imperfecta, pero aun así, cuando pienso en la sala de estar con mis padres, nunca concebimos como algo extraordinario el hecho de que sus amigos más cercanos fueran sijs, musulmanes y cristianos. Era tan normal que nadie hacía ningún comentario al respecto. Y ahora creo que muchas personas sienten que hay una separación gradual, y que ya no tienen amigos musulmanes. Los hindúes ya no tienen amigos musulmanes. No conocen a musulmanes. Por eso hay, o había, tanta poesía mística en la India, que es un género muy importante en un país donde se trata, en cierto modo, de reunir a estas dos comunidades mediante la poesía.
Y si alguien quisiera descubrir más esa riqueza y esa diversidad de la India, ¿qué autores le recomendaría leer?
Hay un autor que me parece muy interesante y se llama Perumal Murugan. Escribe sobre la India rural y los paisajes de los pueblos de una forma muy auténtica; creo que lo hace de manera preciosa, y ese es un buen punto de partida. Otra puerta de entrada es Arundhati Roy: escribe desde lo personal, pero también desde un punto de vista político muy agudo. Después, la poesía siempre es un muy buen lugar para descubrir el mundo; hay muchas antologías de poetas indios modernos que vale la pena mirar. También está Amitav Ghosh: escribe sobre el colonialismo y la historia de la globalización; es muy interesante.



