Bajo un cielo gris de tormenta en la Ciudad de México, nos encontramos con una Julieta Venegas que parece haber encontrado todas las respuestas. Vestida de un verde esperanza y rodeada de la mística de un estudio que exhala historia, la cantautora se sienta a conversar no solo de música, sino de la vida, de los sabores de la infancia y de la compleja tarea de ser artista y madre en un mundo dominado por los algoritmos.
Un disco nacido en Buenos Aires
Aunque su nuevo álbum ‘Norteña’, que se estrena este 15 de mayo de 2026, exhala el aroma del norte de México, nació curiosamente a miles de kilómetros de distancia. Durante la pandemia en Buenos Aires, Julieta construyó un "mundillo" de nostalgia para no perderse.
"Yo empecé a construirme mi lugar feliz con imaginar el disco, imaginar Baja California. Mi hermana hizo un proyecto que tenía que ver con los paisajes de allá y, al verlos, se me empezó a despertar algo muy fuerte de una nostalgia que no sabía poner en palabras, pero lo empecé como a poner en sonidos y luego empecé a escribir la memoria. Todo fue en Buenos Aires; me metía ahí y empezaba a leer sobre la California, escribir sobre la memoria y las canciones. Fue mi propio mundito que me construí porque, al estarlo haciendo, no sentía que era regresar a algo, sino empezar a inventar algo que necesitaba en ese momento".
Una "ensalada" norteña: identidad sobre técnica
Julieta rompe con el purismo del regional mexicano. Para ella, la música no es un ejercicio técnico, sino una verdad emocional que no tiene por qué ser perfecta.
"Lo que yo hice no es corrido. Yo crecí escuchando muchos corridos porque estaban presentes en mi casa —José Alfredo Jiménez, Los Tigres del Norte—, pero cuando entro en el territorio corrido ya hay una manera muy técnica de hacerlo y este disco es todo menos técnico. Lo que yo siento por Baja California y Tijuana, lo que me remitía a mi casa, era una ensalada que yo armé. En un momento pensé en juntarme con grupos de música norteña para hacerlo 'real', pero dije: 'No, quiero imaginarlo a mi manera'. Se llama Norteña porque yo soy norteña, pero el disco no es técnicamente un disco norteño. Mi acordeón es de teclas, no de botones, y aunque me sentía un poco falsa, dije: 'Esto es lo que hay, es mi manera de tocarlo'".
El "desmayo" por la tuba
Julieta admite que su acordeón es de teclas y no de botones, y que su acercamiento al regional mexicano es intuitivo. Sin embargo, hubo un instrumento que cambió el rumbo del disco: la tuba.
"Vino Carín León a Buenos Aires y cuando salió la tuba, yo te juro que casi me desmayé. Dije: 'Claro, la tuba'. Entonces todas las canciones eran una tuba. Todos me miraban como si estuviera loca, pero para mí eran posicionamientos que tenían que estar".
Sanar con el padre
Uno de los puntos más virales de esta conversación es, sin duda, la reconciliación familiar. Julieta narra con humor y ternura cómo su padre, un hombre de 82 años que solía ser estricto, le pidió que le escribiera una canción.
"Cuando me la pidió, la canción que al final se llamó: 'Te celebramos', porque me la pidió, dije: '¡Wow! ¿Crees que son quesadillas o qué?'. Pero fue un ejercicio hermoso. Yo siento que la relación con mi papá se ha sanado, como a todos nos ha tocado sanar nuestras relaciones con sus padres latinoamericanos. Es un proceso de todas las generaciones. A mí me da mucha felicidad saber que mi papá ha cambiado y me toca disfrutarlo ahora. En otros momentos del mundo no se daban estas posibilidades porque los padres no perdonaban y los hijos tampoco. Ahora creo que lo más importante es el perdón, ¿qué más tenemos? Tenemos vida, hay que disfrutar. Mi papá ahorita tiene 82 años, lo voy a disfrutar todo lo que pueda y le voy a decir que sí a todo".
La soledad como refugio
En 2026, donde la comparación constante en redes sociales parece ser la norma, Julieta reivindica el espacio propio. En su nuevo libro llamado: ‘Norteña. Memorias del comienzo’, la palabra "soledad" es protagonista, pero no desde la tristeza, sino desde la libertad.
"La soledad está muy mal vista y no debería estarlo tanto. Es un espacio importante. El no saber estar solo no está tan padre. A mí me parece que ha perdido peso porque ya no la necesito tanto como antes, pero soy fan de estar tirada en mi casa leyendo. Volver a uno mismo es una manera de ser libre. La tecnología es interesante como instrumento, pero no como algo que nos hace crear. La creatividad humana no tiene igual, somos insólitos, siempre vamos a inventar nuevas maneras inesperadas. Eso a mí me intriga del mundo, pero desde la humanidad, no desde la tecnología".
Sabores de infancia
Al preguntarle a qué huele su infancia, Julieta no duda en viajar a las calles de Tijuana: "Si tuviera que elegir un aroma, olería a comida china. En el norte hay mucha presencia asiática y esa era nuestra celebración. También recuerdo los paseos en el malecón de Playas de Tijuana, cuando íbamos en familia a buscar plátanos congelados con chocolate y maní. Esos sabores me formaron, esa mezcla agridulce que todavía hoy me imagino y se me hace agua la boca".
¿Qué le diría a la Julieta del primer disco?
"Me gusta que esa Julieta fuera una inconsciente impulsiva. No le diría nada porque lo más padre fue no saber lo que venía en mi vida. Me gusta no haber sabido nada", concluye con una sonrisa.



