Este martes, a las 7:30 de la noche, el Junior de Barranquilla se enfrenta a Atlético Nacional en el estadio Romelio Martínez, con la posibilidad concreta de alcanzar el bicampeonato. Este hito pondría al equipo en una lista corta dentro del fútbol colombiano reciente, ya que los Tiburones solo lograron esa condición en 2019.
La 'juniormanía' se apodera de la ciudad
Desde horas antes del partido, la ciudad empezó su 'juniormanía'. A pesar de ser martes, de que la cita no es en el Metropolitano y de tener enfrente a su verdugo de la década pasada, Junior es locura. Camisetas rojiblancas en buses, tiendas y esquinas; radios y televisores encendidos en la frecuencia deportiva de preferencia. Las conversaciones son las mismas en distintos puntos de la región con el mismo tema de fondo: Junior juega la final de la Liga. Y no es una más.
Esta final llega después de una campaña épica en los mata-mata, en la que el equipo logró sostener resultados contra rivales cerrados y asegurar su presencia en la definición del torneo contra el más laureado, Atlético Nacional.
El recuerdo de la gloria de 2004
A los verdes los ha enfrentado en tres finales de liga y perdió dos de ellas: ambas desde el punto penal y habiendo recibido un gol agónico que los enviaba a esa instancia. En todas las finales, la definición fue en terreno paisa y, así como hoy, el inicio fue en la ciudad insignia del fútbol colombiano: Barranquilla.
De esa única final que ganó, se acuerdan muchos: el bendito diciembre de 2004, con un 3-0 en casa y un penal vallenato en los pies del toro de Becerril, Martín Arzuaga, quien con su casaca amarilla desdibujó el panorama verde a favor de los rojiblancos. Hoy los colores de esa gloria se han desteñido un poco, pues a 22 años de esa hazaña, los niños de hoy quieren la suya.
Caminando por las calles de Barranquilla en este día de fútbol, se oyeron pequeños que gritaron “vamos por otro 2004”, a sabiendas de que sus tíos, padres, abuelos o primos mayores fueron quienes, con suerte, vivieron aquel momento. Aun así, la historia está escrita hasta para quienes no la vivieron y muchos niños del Caribe hoy sueñan con su glorioso 2004.
El Romelio no es el Metro... y viceversa
Desde temprano, los alrededores del estadio Romelio Martínez empezaron a activarse. Boletas, camisetas, cervezas, música y, aunque se extrañe el volumen del Metropolitano que supera las 40 mil sillas, la gente en la ciudad espera que con capacidad reducida, como en las décadas de los 60 y 70, se logre la victoria.
Las calles aledañas del norte de la ciudad se convierten en extensión del partido. Vendedores ambulantes ofrecen camisetas de todo tipo y no hay mucho margen para vitrinear, pues el flujo es constante y directo. Se percibe alegría, positivismo y ansiedad. En varias esquinas hay grupos pendientes del celular. Las alineaciones aún no se oficializaban, pero circulaban muchas versiones que alimentaban la discusión.
Hay algo que con temor se repite: el Romelio no alberga una final de este tipo desde hace años en el contexto profesional reciente. Su papel había quedado relegado frente al Metropolitano, sede principal de Junior y su escenario internacional, pero hoy, el estadio del norte vuelve al centro.
No todos los que están alrededor van a entrar. La boletería, limitada por la capacidad del estadio, dejó a muchos por fuera, pero eso no los excluye porque la tienda y el bordillo barranquillero ya tienen el televisor definido como punto de reunión y la salsa y verbena como eje de la conversación.
Selectos 11.000 disfrutarán del partido en vivo. Una ciudad de millones, con cientos de fanáticos que no caben o disponen de estar dentro de esos 11.000, late desde todas partes de la capital del Atlántico. Este fenómeno no es nuevo; de hecho, es muy similar a lo que se vive en el Metro y sus alrededores, pero la gente, los edificios y otros elementos que no se encuentran en el sur de la ciudad hacen evocar un ambiente diferente.
De hecho, que esté en el norte ha hecho que esta previa parezca una batalla de flores, una guacherna o un desfile carnavalero en el que quieren ser los curramberos los que vayan al frente de la comparsa que bailan a las 7:30 por la final del fútbol colombiano.
Opiniones divididas, un mismo sueño
“Junior tiene que salir a buscarlo desde el primer minuto”, “Esto es de manejar la ansiedad y esperar”, “Nacional no perdona en finales” y otras posturas que no coinciden entre sí acompañan el fondo de todo lo que está en juego.
En lo que todos coinciden es en que el Tiburón disputa la posibilidad de ratificar un momento competitivo después de lo ocurrido en la Libertadores, se pelea poner una sonrisa a los comercios que rezan para que la fiesta se extienda y batalla contra las derrotas del pasado que espera combatir con su historia de siempre: la del glorioso Junior, el que viajó a Medellín y, ante todos, salió campeón.



