Fronteras invisibles: la raíz de la violencia juvenil en Barranquilla
Fronteras invisibles: raíz de violencia juvenil en Barranquilla

Mientras las autoridades enfrentan los efectos visibles de la violencia juvenil en las calles de Barranquilla y sus municipios aledaños, la investigadora Shirley Delgado invita a mirar las causas profundas del fenómeno. A partir de sus trabajos de campo en la capital del Atlántico y varias localidades del departamento, sostiene que muchos jóvenes encuentran en la confrontación una forma de reconocimiento y pertenencia en contextos marcados por la exclusión, las fronteras invisibles y la ausencia de horizontes de vida.

Delgado, trabajadora social, magíster en Estudios de Familia y estudiante del Doctorado en Sociedad y Cultura Caribe de la Universidad Simón Bolívar, ha estudiado las dinámicas de violencia juvenil en el Atlántico. Para ella, el territorio, las formas de sociabilidad juvenil, las fronteras simbólicas entre barrios y la búsqueda de reconocimiento social son elementos clave para comprender por qué algunos jóvenes terminan vinculados a hechos violentos.

¿Cómo interpreta los atracos con piedras y las peleas entre jóvenes que suelen registrarse en algunos sectores del Atlántico?

Lo interpreto como una experiencia cultural territorializada y una dramatización de la identidad. No es un simple acto delictivo. Es una puesta en escena en la que el joven busca visibilidad y reconocimiento dentro de un escenario que le permite manifestar poder sobre el territorio. El joven no es violento por naturaleza. Lo que ocurre es que resignifica la agresión frente a un sistema que le ofrece un vacío de futuro y convierte el conflicto en un mecanismo de validación colectiva.

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¿Qué nos dice este comportamiento sobre el control territorial?

Revela la vigencia de fronteras simbólicas que dividen los barrios. En estos sectores, la violencia puede operar como un capital legítimo para negociar estatus y reconocimiento. El control de la calle se convierte en una forma de hacerse visible y de obtener reconocimiento en contextos donde el Estado es percibido como un actor fragmentado.

¿Cómo influye la falta de oportunidades en estas dinámicas de violencia?

Cuando la familia y la escuela, que son los principales tensores sociales, pierden fuerza, el grupo de pares y la calle asumen buena parte de la socialización. Ante la falta de espacios seguros y de oportunidades laborales, la violencia termina ofreciendo una coartada simbólica para obtener el respeto y la identidad que muchos sienten que el sistema formal les niega.

¿Existen antecedentes de fenómenos similares en otras ciudades?

Sí. Es un fenómeno que ha estado presente históricamente en el Atlántico y en otras zonas del Caribe colombiano. Investigaciones realizadas en ciudades como Bogotá, Neiva, Barranquilla, Soledad y Cartagena muestran que el pandillismo y las riñas colectivas suelen estar asociados a procesos de exclusión urbana y a la ausencia de horizontes de vida. La principal enseñanza es que no existen recetas generales. La violencia juvenil se expresa de manera distinta según el territorio y, por lo tanto, requiere intervenciones diseñadas desde las realidades de cada comunidad.

¿Qué responsabilidad tienen las instituciones educativas y comunitarias?

Tienen la responsabilidad de pasar de una mirada centrada únicamente en el control y la sanción a una que reconozca al joven como un actor social con potencial y no solamente como un infractor. Estas instituciones deben recuperar su papel como entornos seguros y espacios de resistencia cultural, capaces de ofrecer alternativas de identidad que desactiven la naturalización de la agresión.

¿Qué medidas deberían implementarse con urgencia?

Se requiere consolidar un capital humano profesional con conocimientos en intervenciones inter y multidisciplinarias. Aunque el problema se manifiesta de forma colectiva, tiene componentes individuales y multifactoriales relacionados con los vínculos familiares, los procesos comunicativos en el hogar y la influencia de los grupos de pares. También es urgente abordar la violencia estructural que se expresa en pobreza, desempleo y dificultades de acceso a la educación. Ese es un paso necesario para restarle legitimidad a la violencia cultural, que es la que lleva a algunos jóvenes a percibir la agresión como una respuesta válida frente a la exclusión.

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¿Qué papel juega la ciudadanía?

La ciudadanía debe romper con la naturalización de la agresión y con los estigmas que suelen asociar pobreza y criminalidad. Su papel es participar en la construcción de un nuevo pacto social que permita transformar las fronteras del conflicto en espacios de diálogo, reconociendo que los jóvenes son actores estratégicos para el desarrollo de los territorios.