La advertencia materna sobre amigos en internet y la crisis que la desafió
Amigos en internet: la advertencia materna y una crisis que la desafió

La vida paralela en la pantalla: cuando el mundo virtual se volvió cotidiano

En la habitación, el computador y yo parecíamos una escena inocente ante cualquier mirada externa. Nadie sospechaba que aquella webcam, que en esos tiempos no era sinónimo inmediato de ventana al exterior, mantenía una conexión constante y profunda. Mi madre y Enrique, sin darse cuenta, nunca percibieron que esa ventana digital permanecía siempre abierta, permitiéndome acceder a un universo alterno que se había construido pacientemente.

La rutina digital de un adolescente

Durante un período considerable, mi ritual era claro: llegar a casa, ingresar al chat —que ahora incluía video— y sumergirme en las actividades que mi yo de 16 años consideraba esenciales. Si estaba estudiando, mis amigos virtuales estaban presentes. Si practicaba música, ellos me acompañaban. Lo mismo ocurría cuando jugaba, leía, enfrentaba un día difícil o celebraba uno maravilloso. Ese espacio servía para conversar, quejarse o simplemente compartir silencios.

El foro de ocarinas que había dado origen a nuestra comunidad gradualmente perdió relevancia —muchos ya no participaban activamente—. En su lugar, habíamos edificado un mundo paralelo completo: servidores privados para gaming, clubes de lectura organizados, sesiones cinematográficas colectivas, celebraciones de cumpleaños y conmemoraciones de ocasiones especiales, e incluso de momentos cotidianos. Lo más significativo era su normalidad: se había convertido en la compañía con la que pasaba gran parte de mi tiempo, y en la juventud, el tiempo parece infinito aunque no siempre seamos conscientes de ello.

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La migración digital y el secreto familiar

En determinado momento, el servicio de chat que utilizábamos quebró, y toda la comunidad se trasladó al servidor privado de una amiga. Pocas personas en mi entorno inmediato conocían la existencia o la importancia fundamental que estas personas tenían en mi vida. Cuando finalmente las mencioné, recibí rápidamente aquella advertencia universal que todos hemos escuchado alguna vez: “No hables con extraños en internet. Te repito que no hables con extraños en internet. No les des un tour de tu casa. No les mandes regalos. No les pidas consejo cuando no sepas a quién más recurrir. No los acompañes cuando se casen ni permitas que te acompañen el día de la muerte de un ser querido. Menos aún si es tu abuelo Enrique. Jamás, bajo ningún motivo, viajes a verlos. No hables con extraños en internet, pero sobre todo, no hagas amigos en internet”.

El punto de quiebre: cuando la crisis nerviosa atravesó la pantalla

Pretender que mi madre comprendiera fácilmente esta realidad era absurdo; por eso resultó tan revelador el día en que Daniel me preguntó si podía hablar con ella. Él y yo éramos los únicos latinoamericanos del grupo, aunque nos separaban los miles de kilómetros entre Bogotá y la costa sur de Brasil. Llevábamos aproximadamente cuatro o cinco años siendo amigos cercanos, compartiendo intimidades y construyendo una relación que trascendía lo digital.

La explicación imposible

Daniel se encontraba en medio de un colapso nervioso severo; sabía perfectamente que mi madre era psicóloga; conocía que históricamente había sido una persona a la que mis amigos recurrían en momentos difíciles; estaba seguro de que ella accedería si se lo pedía. No tuve más opción que intentar explicarle a mi madre lo que estaba sucediendo: la urgencia de la situación, la profundidad de mi relación con él, el hecho de que jamás lo había visto en persona, que era uno de mis mejores amigos, que conocía todo sobre nosotros —sobre ella, sobre su trabajo, sobre su divorcio, sobre mis sueños—, que necesitaba ayuda desesperadamente y no sabíamos a quién más recurrir.

Todo este esfuerzo se realizó con el único objetivo de ayudar a un amigo en problemas. Y en mi mente resonaba una pregunta constante: “¿Lo habré explicado bien?”

Por Simón Vargas Morales, quien nació el 24 de octubre de 1993, a la orilla de la luz, un día del censo en Bogotá, Colombia. Intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador. A veces lo logra, otras no tanto, pero siempre se divierte en el proceso.

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