El análisis de Vanguardia sobre la toxicidad en redes sociales y política
Continuando con el inventario de nuestras debilidades como sociedad, el episodio narrado la semana pasada dejó otra perla para el análisis profundo: los llamados "abonados" a las cuentas, ya sean familiares, amigos, conocidos o desconocidos, no tardan en reaccionar a este tipo de publicaciones periodísticas, aparentemente de la única forma que reconoce el algoritmo moderno: con agresión pura y dura.
La falta de argumentos y el ataque personal
A falta de argumentos sólidos contra lo expuesto en los análisis, muchos descargan su frustración contra el oponente llamándolo guerrillero, apoyador de tal o cual figura, delincuente, criminal, corrupto, gordo, flaco, despeinado o incluso sin corbata. Todo esto con esa ligereza preocupante de quien simplemente repite un libreto mal aprendido, sin reflexión alguna.
Cuando se solicitan pruebas concretas de tales acusaciones, incluidas esas ofensas personales sobre apariencia física o supuesta falta de pedigrí, la respuesta habitual es el silencio incómodo o el lugar común vacío: "Es que sale en fotos con este o con el otro".
¡Pues claro que aparece en fotos! Si el oficio del periodista o analista es, precisamente, sentarse a dialogar con diversos actores para intentar que dejemos de matarnos como sociedad, es completamente lógico que aparezca en imágenes con esos personajes. Pero aparecer en una fotografía con un desmovilizado no convierte automáticamente a alguien en insurgente, así como aparecer en una imagen con políticos de nuestra región —esos sí, delincuentes de cuello blanco con prontuarios comprobados— no nos transforma a nosotros en ladrones de cuello almidonado.
La confusión entre análisis y militancia
Falta capacidad crítica para procesar la diferencia fundamental entre el análisis periodístico objetivo y la militancia política partidista. Por esta razón terminan metiendo al analista en el baile polarizado, como si informar, analizar y opinar con fundamento fueran causales automáticas de odio o adhesión a una facción.
Las redes sociales se han convertido en el principio del fin de muchas relaciones; un espacio degradante donde se destruye el entorno personal por defender posturas políticas que, al final del día, poco o nada cambian nuestra realidad inmediata. En mi círculo familiar y de amistades, pactamos hace mucho tiempo no tocar temas de religión ni de política; no por cobardía intelectual, sino por higiene mental básica.
La incapacidad para discutir constructivamente
No estamos preparados ni maduros como sociedad para discutir civilizadamente, y confundimos constantemente la discusión con el enfrentamiento feroz. Discutir es sano y necesario cuando:
- Existen argumentos fundamentados
- Se entiende que no necesariamente vamos a convencer al otro
- Hay respeto por las diferencias
Nadie cambia de religión ni de candidato político porque alguien salga a manotear y dar alaridos en redes sociales. La persuasión requiere diálogo, no monólogo agresivo.
El ruido versus la razón en la política colombiana
Mensæ tegumentum. ¿Acaso hay algún premio para la barra más brava en el debate público? ¿Un candidato suma votos genuinos por interrumpir una película con publicidad invasiva o por prometer "el oro y el moro" convertido en superhéroe de pasacalle? La respuesta, tristemente, es que en este país el ruido suele pesar más que la razón en muchos escenarios.
Gritar "¡Cepeda!" de un lado o "¡el Tigre!" del otro no les da fuerza real en las urnas, pero sí sirve de termómetro preocupante para saber que, una vez se den los resultados electorales, nadie los va a respetar genuinamente. Ahí les dejo el trompo en la uña, a ver si somos capaces de bailar en el debate público sin pisarnos los callos constantemente.
