El abuelo Enrique y la conexión que cambió una vida: el salvaje internet de los 2000
Abuelo Enrique y el internet salvaje que cambió una vida

El regalo tecnológico que abrió un portal al mundo

Cuando apenas tenía ocho o nueve años, a principios del milenio, mi abuelo Enrique tomó una decisión que transformaría mi existencia para siempre. Siempre a la vanguardia de la tecnología, comprendía el poder titánico de las nuevas máquinas, y al cambiar su computador, el viejo llegó a mi casa con algo más: una conexión a internet. Sin saberlo, Enrique había abierto un portal desde nuestro hogar hacia el resto del mundo y hacia miles de mundos más que se gestaban en las profundidades del internet temprano.

Un salvaje territorio sin reglas

Enrique no anticipó que yo sería el único en aprender a usar ese computador, monopolizando su uso con la bendición de mi mamá, quien me permitía navegar sin supervisión, probablemente sin entender lo verdaderamente salvaje que era la red en esos días. No me refiero a lo violento —aunque también—, sino a la experiencia de navegación, poco estandarizada y caótica. Nadie sabía realmente cómo usarla, así que había de todo: cosas hermosas, podridas, personales, secretos, aventuras, contenidos de legalidad nebulosa y otros definitivamente ilegales.

Mi mamá me había advertido claramente, como a muchos niños de la época: "No hables con extraños en internet. Te repito que no hables con extraños en internet. No les muestres la cara. No les des tu dirección. No les cuentes de tu familia ni les compartas tus más profundos secretos. No los acompañes cuando estén tristes ni permitas que te acompañen cuando tú estés muy feliz. No les recibas el feliz cumpleaños ni les des la Feliz Navidad. Jamás, bajo ningún motivo, te encuentres con ellos. No hables con extraños en internet, pero sobre todo no hagas amigos en internet". Ni Enrique ni ella contaban con que eso fue exactamente lo primero que hice.

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El ánime como puerta a la comunidad en línea

En realidad, lo primero fue ver ánime. Había atisbado algunos capítulos a escondidas en la televisión, después de mi hora de dormir, y me pareció increíble. Rápidamente, me sumergí en la navegación junto a otros piratas digitales. En esa época, no había forma fácil de ver el ánime que se estrenaba en Japón; solo lo más popular se doblaba y emitía en televisión. Para acceder a lo nuevo y lo raro, había que recurrir a versiones piratas con subtítulos hechos por colectivos de fans, una labor social intensa y colaborativa.

Estos grupos se organizaban con voluntarios que dominaban el japonés y la edición de video, subtitulando la gran mayoría de los estrenos japoneses al día. Terminé involucrado en uno de estos colectivos y, desafiando todas las advertencias adultas, ahí forjé mis primeros amigos del internet. Fue una experiencia que definió mi infancia y me conectó con una comunidad global, mostrando cómo la tecnología puede unir a las personas más allá de las fronteras físicas.

Por Simón Vargas Morales, nacido el 24 de octubre de 1993 en Bogotá, Colombia, quien intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador, a veces con éxito, otras no tanto, pero siempre divirtiéndose en el proceso.

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