Escenas de perdón en la JEP conmueven a Colombia y desafían la lógica del rencor
En una audiencia de la Jurisdicción Especial para la Paz, Colombia fue testigo de dos momentos extraordinarios que rompen con las expectativas del odio y la venganza. Rosalba y Yésica, madre e hija de John Darío Giraldo, asesinado en 2003 en un caso de "falsos positivos", se pararon frente al teniente Andrés Rosero, quien admitió su responsabilidad en la muerte de su ser querido.
Un abrazo que desarma el dolor
En lugar de reclamos o reproches, las mujeres ofrecieron al exmilitar un abrazo. "Como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo", declaró Yésica con una serenidad que dejó sin palabras a los presentes. El teniente Rosero, desarmado ante tal grandeza de espíritu, rompió en llanto y suplicó: "Perdón, por favor".
Cerca de allí, otra escena igualmente poderosa se desarrollaba. El exmilitar Édgar Sánchez se arrodilló ante Marino Mazo para pedirle perdón por el asesinato de su madre. La respuesta de Marino estremeció a todos los presentes: "Señor Édgar, no se tiene que arrodillar. Si está de rodillas, está ante Dios. Yo lo he perdonado y no le guardo rencor".
El perdón como salida espiritual y social
Estos gestos, que rápidamente se volvieron virales y conmovieron a la nación, nos obligan a reflexionar profundamente sobre el concepto del perdón. No se trata de un perdón formal, superficial o protocolario, sino de un perdón material que nace de las fibras más íntimas del ser humano.
El perdón debe entenderse como una salida espiritual profunda, indispensable para restaurar los tejidos sociales que la violencia ha fracturado en Colombia durante décadas. Esta reflexión no aplica solamente a los macroconflictos que han desangrado al país, sino que tiene igual urgencia en nuestra cotidianidad.
Una lección para la vida diaria
Si estas víctimas directas de la violencia tuvieron la capacidad de perdonar a los responsables de la muerte de sus familiares, resulta absurdo que nosotros vivamos enfrascados en conflictos personales menores. Hablamos de esas disputas insignificantes que surgen en la familia, en las relaciones sociales o con compañeros de trabajo.
Cuántas veces rompemos vínculos valiosos por estupideces, por roces del ego que al final no valen la pena. La salida más pragmática no está en el odio, sino en perdonar y, en cierta medida, soltar el recuerdo doloroso.
El perdón como higiene emocional
Perdonar permite liberarse de una carga que, de otro modo, se enquista y termina por definirnos. Quien se aferra al rencor no castiga a otro, sino que se condena a sí mismo a una amargura persistente. El perdón, en cambio, no implica justificar ni olvidar ingenuamente, sino decidir no seguir atado a lo que duele.
Es un acto de higiene emocional que vacía el peso innecesario, restituye la calma interior y abre espacio para vivir con mayor ligereza y claridad. Obviamente, debemos excluir de esta ecuación a las personas que se aprovechan de la nobleza ajena para sacar partido, pero en términos generales, el perdón representa la solución definitiva.
La verdadera valentía
Sabemos que existe un sector de la sociedad al que no le gusta esta perspectiva, que prefiere la venganza, esa institución incivilizada que solo perpetúa el dolor. Hoy, el abrazo de Rosalba y Yésica, junto con las palabras de Marino Mazo, nos enseñan una lección fundamental: la verdadera valentía no está en devolver el golpe, sino en tener la fuerza colosal de perdonar.
Estas escenas en la JEP no son solo momentos judiciales, sino enseñanzas de vida que trascienden los tribunales y nos invitan a repensar nuestras propias capacidades de reconciliación en todos los ámbitos de la existencia.



