El municipio de Cajibío, en el departamento del Cauca, atraviesa uno de sus momentos más oscuros. Mientras la comunidad intentaba asimilar la pérdida de sus vecinos en la vereda Alto Grande, la presencia de hombres armados de la estructura Jaime Martínez, del Estado Mayor Central de las disidencias, transformó el sepelio en un escenario de tensión y resistencia silenciosa.
El rechazo a una “reparación” manchada de sangre
Lo que debía ser un acto de despedida sagrado se convirtió en una afrenta a la dignidad. Según denuncias de la comunidad y fuentes consultadas, los mismos responsables del atentado terrorista que segó la vida de 20 personas en total aparecieron con una propuesta insólita: ofrecer dinero como “reparación” por las muertes causadas. La escena, descrita por testigos que prefieren el anonimato por seguridad, refleja la crudeza del conflicto en el suroccidente colombiano. Los ilegales no solo irrumpieron en el casco urbano, sino que buscaron directamente a los familiares de los fallecidos.
“Llegaron ofreciendo dinero como reparación”, confirmó una fuente local. Sin embargo, la respuesta de los habitantes fue unánime y contundente, aunque expresada en el silencio del temor: el rechazo fue rotundo. En particular, se resalta la figura del esposo de una de las víctimas del bus escalera, quien les cerró la puerta, dejando claro que la vida de un ser querido no tiene etiqueta de precio. Esta táctica de las disidencias, que también se habría repetido en el corregimiento de La Pedregosa, busca desesperadamente limpiar una imagen devastada tras el atentado del pasado sábado al mediodía en la vereda El Túnel, sobre la vía Panamericana.
Un golpe al corazón del campesinado caucano
Las víctimas de esta masacre no eran actores del conflicto; eran el motor económico y social de la región. Campesinos dedicados al cultivo de café, caña y hortalizas que, como cada sábado, viajaban hacia Piendamó para comercializar sus productos. Entre los fallecidos se cuentan nueve adultos mayores, cuyas ausencias dejan un vacío irreparable en el tejido social de esta zona ubicada a solo 30 kilómetros de Popayán. La comunidad hoy llora a personas trabajadoras cuya única “falta” fue estar en el lugar equivocado cuando los terroristas activaron los explosivos contra el vehículo de transporte público.
El adiós a Ciro Valencia: El conductor que el pueblo amaba
Dentro del duelo colectivo, el nombre de Ciro Valencia resuena con especial tristeza. Ciro no solo era el conductor del bus escalera; era una figura carismática y servicial. Su humildad lo había llevado a ser el elegido por la Alcaldía para transportar a los jóvenes que participarían en los juegos intercolegiados esta semana, evento que, irónicamente, fue suspendido debido a la escalada de violencia. Hoy, mientras Ciro y sus vecinos descansan en paz, Cajibío permanece en vilo. En los hospitales de Popayán y Cali, decenas de heridos luchan por su vida, algunos en estado de coma inducido. La oración es el único refugio para un pueblo que, a pesar de tener los fusiles cerca, ha decidido que su dignidad no está a la venta.



