Desde que comenzó este periodo presidencial, la salud en Colombia entró en una unidad de cuidados intensivos de la que parece no poder salir. Cada día conocemos nuevas historias de hospitales que cierran servicios, clínicas quebradas, pacientes que mueren esperando un medicamento o una autorización. Pero, en medio de este colapso, hay un grupo de personas del que se habla muy poco y que, aun así, sigue sosteniendo lo que queda del sistema con las manos, con el cuerpo y con el alma: el personal de salud.
Hoy quiero detenerme en ellos. En los médicos, las enfermeras, los auxiliares, los terapeutas, los camilleros, los bacteriólogos, el personal de aseo, los administrativos y tantos otros trabajadores que llevan meses intentando salvar vidas en medio del abandono. Porque la crisis no solo se mide en pacientes sin atención. También se mide en el hambre, la angustia y el agotamiento de quienes nos cuidan.
Esta semana compartí panel con la doctora Clemencia Mayorga, presidenta del Colegio Médico de Cundinamarca y Bogotá, durante el Séptimo Congreso para Enfermedades Hemato-Oncológicas. Hubo un momento imposible de olvidar: verla quebrarse. Ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas hablando de su personal médico, del sufrimiento silencioso del talento humano en salud y de la impotencia que hoy atraviesa a miles de profesionales en todo el país.
Porque una cosa es leer cifras. Otra muy distinta es escuchar a una mujer que lleva años defendiendo al gremio relatar, con la voz rota, cómo médicos y enfermeras trabajan sin insumos, cómo hospitales enteros sobreviven a punta de sacrificios humanos y cómo el talento que tomó décadas formar se está perdiendo frente a nuestros ojos.
Para este gobierno, la crisis ya parece paisaje. Pero deja de serlo cuando uno escucha historias concretas. La de la pediatra que lleva meses sin recibir salario y aun así sigue atendiendo niños. La del auxiliar de enfermería que termina un turno de doce horas sin saber cómo va a pagar el mercado de su casa. La del médico que sabe exactamente qué necesita un paciente para sobrevivir, pero no puede ofrecerle el tratamiento porque simplemente no hay medicamentos, no hay autorizaciones o no hay recursos.
Ese nivel de impotencia destruye a cualquiera.
Es infame que miles de trabajadores de la salud lleven meses sin recibir pago. No hay vocación que resista indefinidamente el abandono. No hay ser humano que pueda cuidar a otros mientras vive consumido por la incertidumbre de no saber cómo alimentar a sus hijos o pagar un arriendo. Aun así, siguen ahí. Siguen entrando a una UCI. Siguen haciendo turnos eternos. Siguen tratando de sostener un sistema que el propio gobierno parece empeñado en dejar caer.
Lo más doloroso es que Colombia está comenzando a expulsar a sus mejores profesionales. Solo en 2025, más de 1.400 médicos colombianos se inscribieron para presentar exámenes en España. Muchos están homologando títulos o buscando oportunidades fuera del país porque sienten que aquí ya no pueden ejercer con dignidad ni con las herramientas mínimas para salvar vidas.
Cuando un país obliga a irse a quienes dedican su vida a cuidar a los demás, pierde mucho más que trabajadores. Pierde experiencia, conocimiento, humanidad y futuro. Ese talento no se reemplaza de la noche a la mañana.
Mientras tanto, el agotamiento físico y emocional alcanza niveles alarmantes. El burnout, la ansiedad y la frustración crecen entre quienes enfrentan todos los días el drama de no poder hacer aquello para lo que fueron formados: curar, aliviar y salvar. Hay médicos que hoy viven con la sensación permanente de estar fallándoles a sus pacientes, no por falta de conocimiento, sino porque el sistema les quitó las herramientas para ejercer su profesión.
Y eso también es una tragedia.
Cuidar a quienes nos cuidan debería ser una prioridad nacional. Pero este gobierno parece haber decidido convertir al personal de salud en otra víctima más de su desastre administrativo, financiero e ideológico.
Por eso esta columna es, ante todo, un reconocimiento. A todos los trabajadores de la salud que siguen ahí, con clínicas desbordadas, hospitales quebrados y salarios atrasados. A quienes siguen intentando salvar vidas incluso cuando sienten que nadie los protege a ellos.
¡Gracias!
Porque si Colombia no ha colapsado por completo en materia de salud, es por ustedes. Por su vocación, su humanidad y su capacidad de resistir incluso en medio del abandono más cruel.



