Los sueños: la otra vida que ocupa un tercio de nuestra existencia
Los sueños constituyen esa otra vida que dura aproximadamente una tercera parte del tiempo por el que atraviesa cada ser humano. Durante décadas, se ha otorgado un énfasis excesivo al hecho de recordar los sueños, como si ese recuerdo fuera la esencia misma de la actividad nocturna. Sin embargo, en realidad, el acto de acordarse no añade mucho a la sustancia onírica fundamental, de la cual nadie puede escapar.
El error de subvalorar el territorio onírico
Ponderar la importancia de los sueños únicamente basándose en si al día siguiente logramos recordar su contenido o no, implica subvalorar gravemente el territorio autónomo a través del cual nos desplazamos mientras dormimos. En el fondo, esta perspectiva equivale a convertir los sueños en meros apéndices del pensamiento consciente, negando su naturaleza independiente y misteriosa.
Suponemos que la conciencia clara es la cualidad más excelsa de nuestro cerebro, y lo hacemos porque nos resistimos a aceptar el hecho de perder el control sobre las operaciones íntegras que circulan por nuestras cabezas. Así, damos la espalda a esos contenidos estrafalarios y enigmáticos que fluyen mientras dormimos, ignorando su potencial significado.
El engreimiento de las funciones bajo nuestro dominio
¿Existirá otra prueba más evidente del engreimiento asociado a las funciones que podemos mantener bajo nuestro dominio racional? Es como si creyéramos tener la facultad de originar a voluntad todas las capacidades de las circunvoluciones alojadas en el órgano del intelecto. Como si nos consideráramos diosecillos del entendimiento, dueños absolutos de nuestra mente.
En la realidad histórica, la escuela racional ha dominado el transcurso de la humanidad, hasta el punto de hacernos creer que somos únicamente un artefacto pensante que acumula y mezcla contenidos derivados exclusivamente de la inteligencia clara y distinta. Obviamente, esta creencia ha inflado nuestro orgullo colectivo, al dotarnos de una ilusión de manejo suficiente e íntegro de los frutos del ingenio humano.
Los sueños: un desafío a la maquinaria racional
Pero los sueños no se dejan encerrar en semejante maquinaria lógica y controlada. Ante ellos, nos convertimos en inválidos cognitivos, no solo porque la mayoría de las veces no los recordamos al día siguiente, sino porque cuando logran venir a nuestra memoria, carecemos por completo de idea sobre cómo interpretarlos correctamente. De ahí surge el negocio fértil de brujos, pitonisas y expertos en oniromancia, que intentan llenar ese vacío de comprensión.
Sería preciso agachar la cerviz y reconocer humildemente que no mantenemos dominio alguno sobre la tercera parte de nuestra vida diaria, dedicada al sueño. El primer paso hacia esta aceptación sería bajarnos del pedestal del orgullo omnisciente que caracteriza a la racionalidad moderna.
El camino hacia la humildad intelectual
Para lograr esto, bastaría con comenzar por lo más fácil: el reconocimiento honesto de nuestra ignorancia frente al fenómeno onírico. Cada mañana temprano, haríamos conciencia de que regresamos de comarcas misteriosas e inexploradas. En piyama, descendemos de una dimensión completamente desconocida, como si desembarcáramos de una hazaña similar a la de Cristóbal Colón descubriendo un nuevo mundo.
¿Quiénes son esos seres de taparrabo que aparecen en nuestros sueños, que no caben ni en nuestros recuerdos cotidianos ni en nuestra imaginación consciente? ¿Acaso no nos creíamos los dueños del mundo, los únicos habilitados para saber de dónde venimos y qué misión desempeñamos entre los árboles de la existencia?
Luego de esta observación profunda y reveladora, no hay otra salida posible que la humildad intelectual. No somos todo lo que creíamos ser; existen fuerzas mentales y psíquicas que no controlamos; la inteligencia consciente es, en muchos aspectos, negligente y limitada.
Los sueños nocturnos merecen mucha más atención y respeto, porque también somos ellos en esencia. Más vale deponer las ínfulas de superioridad de la inteligencia racional, para dar paso a las claridades turbias y enriquecedoras de lo que soñamos cada noche. Este viaje interior nos invita a reconciliarnos con la parte misteriosa de nuestra propia mente.



