Atlántico registra el trimestre más violento del siglo XXI con cifras alarmantes
El departamento del Atlántico atraviesa una de las crisis de seguridad más graves de su historia reciente, con estadísticas que ubican el primer trimestre de 2026 como el período más violento del siglo XXI en esta región del Caribe colombiano. Dos indicadores convergentes revelan la magnitud del problema: al menos 26 mujeres asesinadas en lo que va del año y cuatro masacres registradas entre enero y marzo.
Feminicidios: una crisis multidimensional
Según balances consolidados por organizaciones sociales, sistemas de alertas tempranas y registros judiciales, las 26 mujeres víctimas de homicidio en el Atlántico representan un incremento preocupante respecto al mismo período del año anterior. Los casos presentan una diversidad de escenarios que complica el análisis unificado:
- Violencia intrafamiliar en entornos domésticos
- Asesinatos en espacios públicos y comunitarios
- Muertes asociadas a dinámicas criminales como la extorsión
- Casos en investigación para determinar si configuran feminicidios
La investigadora en violencia de género Alejandra Moreno Astwood advierte que cada mujer asesinada representa una alerta previa no atendida, una ruta de protección que falló o una articulación institucional que llegó demasiado tarde. "La dimensión del problema no se explica únicamente por la cifra, sino por las fallas estructurales en prevención, atención y protección", señala la experta, quien ha solicitado la convocatoria urgente de un Consejo de Seguridad con enfoque de género.
Masacres: el regreso de la violencia colectiva
En paralelo al aumento de feminicidios, el Atlántico ha registrado cuatro masacres durante el primer trimestre, contribuyendo a que Colombia cerrara marzo con 35 masacres a nivel nacional, la cifra más alta para un primer trimestre desde 2020. Los hechos se distribuyen en distintos municipios:
- Barranquilla: Ataque armado en el barrio Las Américas durante el Carnaval, con tres personas asesinadas
- Ponedera: Hombre armados atacaron una vivienda, causando la muerte de dos mujeres y un niño de dos años
- Soledad: Ataque múltiple que inicialmente dejó dos víctimas fatales
- Sabanagrande: Hecho violento que se reclasificó como masacre tras confirmarse nuevos decesos
Estos eventos comparten un patrón alarmante: en varios casos, las víctimas no estaban directamente vinculadas a estructuras criminales, lo que agrava el impacto social y la percepción de vulnerabilidad entre la población civil.
Contexto de violencia generalizada
Las cifras de feminicidios y masacres se inscriben dentro de un panorama aún más amplio de violencia. El Atlántico cerró marzo con 93 muertes violentas en un solo mes y acumula 282 homicidios entre enero y marzo de 2026, frente a los 231 registrados en el mismo período de 2025. Este incremento superior al 20% confirma una tendencia al alza que afecta tanto el área metropolitana de Barranquilla como municipios del sur y centro del departamento.
Analistas de seguridad señalan que, desde 2020, Barranquilla y su área de influencia han sido escenario de disputas sostenidas entre organizaciones criminales por el control de mercados ilegales, especialmente el microtráfico y la extorsión. El saldo de estas confrontaciones incluye no solo homicidios selectivos, sino también masacres, amenazas sistemáticas, ataques a establecimientos comerciales y otros hechos de violencia extrema.
Cuestionamientos a la narrativa institucional
La explicación institucional que atribuye la mayoría de los homicidios a retaliaciones entre grupos criminales enfrenta crecientes cuestionamientos. Expertos y organizaciones sociales argumentan que esta narrativa resulta insuficiente cuando las víctimas incluyen mujeres, niños, adultos mayores y civiles sin vínculos con economías ilegales, o cuando los asesinatos ocurren dentro de viviendas y espacios comunitarios tradicionalmente considerados seguros.
La coexistencia de un alto número de mujeres asesinadas y de masacres en un mismo período refuerza la idea de que la violencia en el Atlántico ha desbordado los márgenes tradicionales del crimen organizado y ha penetrado profundamente en la vida cotidiana de sus habitantes. Esta convergencia de fenómenos violentos con lógicas distintas pero efectos complementarios configura uno de los desafíos de seguridad más complejos que enfrenta el departamento en décadas.



