45 familias del Meta transforman tierras de violencia en cultivos de esperanza
Familias del Meta cultivan esperanza en tierras de violencia

De la violencia a la productividad: 45 familias cultivan esperanza en el Meta

En el sur del departamento del Meta, donde entre los años 2000 y 2003 el frente 43 de las Farc y los paramilitares del Bloque Centauros sembraron terror con masacres, emboscadas y atentados, hoy florece un proyecto de reconciliación y productividad. La Agencia Nacional de Tierras (ANT) ha transformado 715 hectáreas de la Hacienda San Cipriano en Puerto Lleras en un símbolo de esperanza para familias campesinas que durante décadas sufrieron el conflicto armado.

Un cambio radical en la tenencia de la tierra

En enero de 2024, la ANT concretó la compra de estas tierras que ahora benefician a 45 familias campesinas del sur del Meta. El director de la entidad, Juan Felipe Harman, hizo entrega formal de las unidades productivas, marcando un hito en la política de seguridad alimentaria y formalización rural del gobierno nacional.

"Dejamos de ser jornaleros desplazados para convertirnos en propietarios", expresan con emoción los beneficiarios, quienes ahora cultivan piña de la variedad 'oro miel', plátano, yuca y aguacate en parcelas que oscilan entre 10 y 13 hectáreas cada una.

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El proyecto 'Sembrando Vida': más que tierra

El programa no se limita a la entrega de tierras. Cada familia recibe un paquete integral que incluye:

  • Maquinaria agrícola especializada
  • Semillas certificadas de alta calidad
  • Fertilizantes y abonos orgánicos
  • Asistencia técnica permanente con ingeniero agrónomo
  • Acompañamiento socioempresarial y contable

Dolfy Hernández, líder de la Asociación Agroturística y de Emprendimiento Manos Verdes, explica que "este proceso nos unió como comunidad y nos permitió entender los valores que hay como familia". La asociación agrupa a víctimas de la violencia, desplazados, una familia indígena, jóvenes rurales y madres cabeza de hogar.

Historias de transformación personal

Carolina García, quien antes pelaba yuca por $300 el kilo en jornadas que comenzaban a las 2 de la madrugada, hoy es propietaria de 11 hectáreas donde cultiva piña de exportación. "Antes apenas reunía $30.000 diarios, ahora tengo mi propia tierra y mi futuro", afirma con orgullo.

Karen Tavera pasó de vender tintos y tortas en Fuentedeoro a ser propietaria de 11 hectáreas cultivadas con piña y plátano. "Ahora trabajo la tierra con mi hijo y otros familiares. Por primera vez siento sinceridad en un proceso que visibiliza a quienes antes nadie veía", comenta emocionada.

Casos emblemáticos de superación

Alejandrino López tenía las maletas listas para emigrar ilegalmente a Estados Unidos cuando recibió la noticia que cambiaría su vida: había sido seleccionado para recibir una parcela. "La ilusión de tener tierra se me cumplió", dice mientras muestra con orgullo sus primeros cultivos de piña.

Gloria Da Silva Gutiérrez, indígena de la etnia Desana del Amazonas, llegó al Meta hace más de 10 años. Hoy, con lágrimas en los ojos, cultiva plátano, yuca y piña en sus 11 hectáreas. "Agradezco enormemente a la ANT y al Gobierno nacional por esta gran ayuda que nunca me imaginé recibir", expresa durante su jornada que comienza a las 5 de la mañana.

Inclusión generacional y sostenibilidad

Dora González, una llanera de 28 años que trabajaba como ayudante de cocina en la hacienda, hoy es propietaria de tierra. "Ya estaba aburrida de estar de un lado para otro. Ahora tengo dónde meter la cabeza", afirma mientras siembra piña y plátano bajo el sol del Meta.

El proyecto incluye un enfoque escalonado de siembra para garantizar producción permanente. Actualmente cuentan con 880.000 colinos de piña para sembrar en 22 hectáreas y un semillero con 2.500 semillas de aguacate variedad 'Lorena', un injerto de mayor peso y cremosidad.

Los beneficiarios, conscientes de que "la tierra es para quien la trabaja", han tejido redes de apoyo mutuo y participan activamente en mercados campesinos. Como señala Dolfy Hernández: "Si no tejemos raíces fuertes y no nos paramos con firmeza en este proyecto de vida, será difícil salir adelante".

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Este esfuerzo colectivo en Puerto Lleras demuestra que, donde antes reinó la violencia, hoy se siembra vida, esperanza y un futuro productivo para familias campesinas que han encontrado en la tierra el camino hacia la reconciliación y el desarrollo rural sostenible.