Hay una escena que se repite en los barrios populares de Cartagena y que ningún análisis político alcanza a capturar con justicia: la de una mujer o un niño que camina por primera vez desde su casa hasta la avenida sin hundirse en el barro, sin llegar empapado al trabajo o al colegio. Eso lo logra el cemento. Bendito sea.
El cemento, ese material que tanto le incomoda a ciertos malintencionados, es uno de los instrumentos más poderosos de justicia social. Últimamente han emergido los nuevos indignados: un pequeño sector sin respaldo popular que encontró en la queja su única forma de visibilizarse, y afirma que aquí solo hay cemento, que no se prioriza la cohesión social. Pocas premisas más miopes han circulado en el debate público cartagenero.
Obras que transforman vidas
Hablemos de casos concretos. Cinco megacolegios se construyen en Cartagena —Cerros de Albornoz, Ciudadela La Paz, San José de Los Campanos, Pasacaballos y Bayunca— con una inversión de 170 mil millones de pesos, para que miles de niños tengan dónde formarse. Eso es cohesión social. En Bayunca y Pontezuela se instalan 55 kilómetros de redes de alcantarillado: dignidad sanitaria tras toda una vida de espera. Eso es cohesión social.
Cuatro intercambiadores viales devolverán horas perdidas en trancones: tiempo para estar con la familia. Eso es cohesión social. ‘Mi Casa Avanza’ lleva subsidios a los hogares más humildes, mientras el Distrito sostiene con recursos propios su programa de vivienda cuando el Gobierno nacional congeló el suyo: el sueño de una casa propia que aquí sí tiene quién respalde. Eso es cohesión social. Y parques como el Centenario, el de Blas de Lezo, el Apolo y el Complejo Deportivo Nuevo Chambacú devuelven a las familias su lugar de encuentro. Eso también es cohesión social.
La infraestructura como deuda histórica
Construir infraestructura no es hacer política, es saldar una deuda histórica. Y ese esfuerzo tiene enemigos: el que aparece en redes con la queja lista, pero sin una propuesta entre las manos, el que confunde la veeduría con el activismo político más crudo, el que nunca celebra cuando la comunidad gana, porque admitirlo significaría reconocer que algo está saliendo bien bajo una administración que siempre decidió torpedear.
A esos sectores les decimos con total firmeza: los cartageneros no son tontos. Saben distinguir entre quien fiscaliza porque le importa la ciudad y quien critica porque le incomoda que avance. Cartagena está avanzando a paso firme. Y esos ataques malintencionados no la van a detener.
Bendito sea el cemento. Benditos los gobiernos que planifican, que ejecutan. Benditos los que aportan con honestidad y celebran cuando la gente gana. Y que quede claro: el progreso no se detiene por el ruido de los que prefieren que nada cambie.



