Guardianes de la selva: la lucha contra el tráfico ilegal de ranas venenosas en Colombia
Lucha contra el tráfico ilegal de ranas venenosas en Colombia

La defensa silenciosa de los tesoros anfibios colombianos

En las montañas de Santa Cecilia, corregimiento de Pueblo Rico en Risaralda, Blas Cárdenas, de 64 años, camina con parsimonia entre la neblina que se confunde con el vapor del café recién preparado. Este hombre, que desde niño era considerado "loco" por sus relatos fantásticos sobre la fauna, se ha convertido en guardián de la rana arlequín (Oophaga histriónica), especie que en los años 90 sufrió una drástica reducción poblacional.

Un comercio que no conoce fronteras

"Cogedores" madrugan en Santa Cecilia con grabadoras que imitan vocalizaciones de ranas, las atrapan con guantes quirúrgicos y las guardan en bolsas plásticas apenas humedecidas. Solo uno de cada 20 ejemplares extraídos llega vivo a su destino, principalmente Europa y Estados Unidos, donde coleccionistas pagan hasta USD 800 por animal vivo. Blas frecuentemente recibe ofertas de traficantes de Cali y Medellín, pero responde que ese mismo dinero puede conseguirlo en un día de trabajo como guía en el monte.

Mientras tanto, en Tampa, Florida, David (nombre cambiado), hijo de madre estadounidense y padre ecuatoriano, cuida 13 ranas provenientes de selvas colombianas en una habitación especialmente acondicionada. Entre sus "tesoros" se encuentra una Phyllobates terribilis, la rana más venenosa del mundo, por la que pagó USD 1.300. En el último año, este coleccionista gastó más de USD 15.000 en sus hobbies, equivalente a 28 meses de salario mínimo en Colombia.

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Comunidades atrapadas entre la conservación y la supervivencia

En Anchicayá, territorio selvático del Valle del Cauca, Freddy Rebolledo trabaja con la Wildlife Conservation Society (WCS) para proteger la Oophaga lehmanni. Esta especie, que en 1998 contaba con 40.000 ejemplares en la región, hoy no supera los 5.000. "Conservación con hambre no es posible", afirma Freddy, quien reconoce que la recolección ilegal se convirtió en fuente rápida de ingreso para familias locales entre la escasez y la pobreza.

El problema alcanza dimensiones alarmantes: el 13 de abril de 2019 fueron incautadas 424 ranas en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá, amontonadas en recipientes de rollos fotográficos con destino a Sao Paulo. Similar suerte corrió una mujer brasileña detenida en enero de 2025 con 130 Oophagas sylvaticas.

Especies que desaparecen antes de ser conocidas

José Gil Acero descubrió la Andinobates supatá en 2007, a solo 80 km de Bogotá. Esta rana, que no existía para la ciencia hasta entonces, ya enfrenta amenazas de tráfico. "Desconozco por completo cómo algunas lograron ser traficadas hasta Berlín", confiesa el biólogo, quien nota una disminución dramática en la población desde su hallazgo.

En Putumayo, John Jairo Rincón protege 95 hectáreas de reserva donde un biólogo francés descubrió la Ameerega bilinguis, especie que se creía endémica de Ecuador. "La naturaleza intuye la oscuridad de las intenciones humanas", reflexiona John mientras escucha la sinfonía nocturna de las ranas, cada vez más amenazada por el tráfico.

Un marco legal insuficiente frente a la ambición

El Artículo 328 del Código Penal colombiano establece penas de 60 a 135 meses de prisión y multas de hasta 43.750 salarios mínimos para quienes trafiquen con biodiversidad. Sin embargo, la aplicación resulta compleja en territorios con poca presencia estatal y altos niveles de pobreza.

David, el coleccionista de Florida, justifica su posesión argumentando que actúa dentro de los límites legales de su país: "Algún vacío legal debe tener Colombia para que las ranas puedan llegar a la puerta de mi casa". Mientras, en Caquetá, el biólogo Yulfreiler Garavito lamenta la escasez de apoyo oficial: "Aquí está el dinero de la coca, pero para la biodiversidad, nada".

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Esta investigación revela una red compleja donde pasiones coleccionistas chocan con realidades comunitarias, donde la supervivencia económica compite con la conservación, y donde especies únicas en el mundo desaparecen silenciosamente en maletas y paquetes postales, mientras sus guardianes en Colombia sienten la soledad de una lucha desigual contra un comercio que no respeta la vida ni los territorios.