La ética política en extinción: oportunismo y deslealtad en la coyuntura electoral colombiana
Ética política en extinción: oportunismo en coyuntura electoral

La degradación de los principios políticos fundamentales

En sus orígenes filosóficos, la política se concebía como la organización racional de la ciudad y el Estado, una disciplina orientada a establecer el orden social y alcanzar el bien común para todos los ciudadanos. Esta noble concepción, que remonta a pensadores como Aristóteles, ha sufrido una erosión dramática en la práctica contemporánea.

La usurpación de las dinámicas políticas por intereses egoístas

Lamentablemente, los preceptos aristotélicos han sido desplazados por el egoísmo, la rapiña y la deslealtad institucional. Una voracidad evidente o soterrada ha consumido gradualmente el deber ser político, transformando el ejercicio del poder en una versión del siglo XXI de la feria de las vanidades. Si la ética política fuera un ser vivo, estaría clasificada como especie en peligro crítico de extinción.

Son extremadamente escasos los actores políticos que comprenden y ejercen un principio sagrado: la ética y la lealtad no son negociables. En el contexto actual de compraventa de intereses y poderes, la integridad se percibe como un artefacto en desuso, comparable a un lazarillo abandonado o un abrigo devorado por las polillas en el fondo de un baúl olvidado.

Casos recientes que evidencian la crisis ética

Un examen de los últimos días revela situaciones preocupantes. Un abogado que labora en la oficina de un candidato de ultraderecha fue designado como conjuez al Consejo Nacional Electoral, donde debía votar sobre la participación del senador Iván Cepeda en la consulta del 8 de marzo. El fallo resultante, ampliamente conocido, ha sido calificado como una arbitrariedad jurídica que afecta no solo al progresismo sino al mandato mismo de la democracia.

Horas después de este atropello jurídico, emergió la figura del exembajador Roy Barreras, cuyo oportunismo político se manifestó como una zancadilla interna. Su comportamiento evoca la adaptabilidad de un camaleón orientado hacia la fuente de poder que más brilla, sin importar las consecuencias para los principios que dice representar.

El contraste con el ejercicio político coherente

No se requiere ser politólogo para reconocer que si Iván Cepeda lidera consistentemente en las encuestas, esto responde al reconocimiento ciudadano de una trayectoria política coherente. Una mayoría significativa respalda a quien ha convertido la política en una herramienta para:

  • Impedir que la verdad sea enterrada viva
  • Honrar la historia de las víctimas de todas las violencias
  • Mejorar las condiciones de vida de los más vulnerados
  • Tender puentes entre sectores diversos
  • Engranar al Estado bajo principios de respeto a la vida y derechos humanos

Lo que se valora en este respaldo ciudadano es precisamente la coherencia y la no complicidad con la corrupción, la valentía de hablar desde convicciones genuinas más que desde conveniencias momentáneas, el respeto hacia quienes piensan diferente, y una firmeza que moviliza sin agredir.

Las explicaciones insuficientes del oportunismo político

Se han ofrecido diversas justificaciones sobre por qué el exembajador Barreras estaría obstaculizando a la izquierda a la que nominalmente pertenece. Sin embargo, la evidencia apunta principalmente hacia un oportunismo político descarnado. Aunque se reconoce su papel durante la negociación del acuerdo de paz en 2016, su conducta actual no justifica acciones que afecten negativamente ni a Iván Cepeda ni al millón y medio de personas que votaron por él en la consulta de octubre.

Es probable que el 8 de marzo quienes respaldan la candidatura de Cepeda apoyen también la propuesta congresional de su partido. Sin embargo, la elección pre-presidencial presenta un escenario diferente: una boleta electoral sin Iván Cepeda en la lista de la izquierda constituiría una farsa democrática, con un elenco de participantes caracterizado más por la deslealtad que por la representatividad genuina.

En definitiva, la situación actual invita a una reflexión melancólica sobre el destino de los principios aristotélicos y, más urgentemente, sobre nuestra propia vulnerabilidad como sociedad si permitimos que nos emboben los mimetismos peligrosos de la política contemporánea.