Ser de derecha no es delito: La peligrosa estigmatización política en Colombia
En los últimos años, y con especial intensidad durante los meses recientes, Colombia ha sido testigo de una narrativa persistente impulsada desde el Gobierno, el Pacto Histórico y sus precandidatos afines. Su objetivo es claro: impedir a toda costa el retorno de la derecha al poder, presentándola como la antítesis del progreso y la causa fundamental de todos los males que aquejan al país.
De postura política a estigma social
Bajo este relato dominante, la derecha ha dejado de ser considerada como una postura política legítima para convertirse en una fuerza destructora de la cual, según este discurso, el pueblo colombiano debe ser "salvado". Lo que Colombia ha logrado es algo insólito: transformar una posición ideológica en un estigma social de proporciones preocupantes.
Se ha instalado la peligrosa idea de que pertenecer a la derecha –o simplemente disentir del proyecto oficialista– constituye casi un delito moral. La frase "es de derecha" ha dejado de ser una descripción política neutral para convertirse en una acusación cargada de connotaciones negativas.
Los fundamentos del pluralismo democrático
Ser de derecha no es un delito. No es ilegal creer en la economía de mercado, defender la propiedad privada o exigir una autoridad legítima que proteja efectivamente a los ciudadanos. Tampoco lo es valorar la responsabilidad individual, reconocer el valor de la familia como institución social, creer en el mérito como motor de movilidad social o promover una solidaridad que combine apoyo social con oportunidades reales para progresar.
Estos son precisamente los elementos que conforman el pluralismo democrático que debería caracterizar a una sociedad sana. Lo que sí resulta profundamente peligroso es instalar la noción de que quien no repite el libreto oficial automáticamente se convierte en un "enemigo del pueblo". Esta simplificación extrema reduce el debate político nacional a una caricatura moral donde unos representan el bien absoluto y otros encarnan el mal.
La división deliberada como estrategia política
Sin embargo, el daño más profundo que ha causado la administración actual, según la autora, es la división deliberada del país. Al fracturar a Colombia entre derecha e izquierda, entre ricos y pobres, se ha resucitado una lucha de clases que solo genera resentimiento social y paraliza el progreso nacional.
En lugar de convocar a un pacto social inclusivo donde todos los sectores tuvieran cabida, el gobierno ha optado por acusar de "depredadores" a quienes piensan diferente, autoproclamándose como el único intérprete legítimo de un "pueblo progresista". Esta estrategia ha profundizado las divisiones en lugar de construir puentes.
Las consecuencias de la polarización extrema
Un país dividido no prospera. El desarrollo nacional no se logra tildando de "facho" a todo aquel que disiente o tiene visiones diferentes sobre cómo alcanzar el bienestar colectivo. La gran mayoría de los colombianos compartimos objetivos comunes: vivir mejor, tener oportunidades reales, disfrutar de seguridad ciudadana, acceder a un sistema de salud funcional y recibir educación de calidad.
La diferencia fundamental no radica en los objetivos finales, sino en los caminos propuestos para alcanzarlos. Surgen entonces preguntas cruciales:
- ¿Se logra el bienestar destruyendo el sector productivo o debilitando la inversión?
- ¿Se alcanza mediante reformas que intentan arreglar un sector mientras devastan otro?
- ¿O se consigue sentando a todos los actores relevantes a la mesa para construir soluciones donde todos ganen algo y nadie lo pierda todo?
Hacia un proyecto nacional equilibrado
Un proyecto serio de país exige equilibrio y comprensión de las complejidades económicas y sociales. Requiere entender que el empresario no es necesariamente el enemigo del trabajador, y que el crecimiento económico y la equidad social no son conceptos mutuamente excluyentes.
Colombia necesita con urgencia menos trincheras ideológicas y más acuerdos fundamentales; menos insultos basados en posiciones políticas y más construcción técnica de soluciones; menos épica revolucionaria retórica y más resultados concretos que mejoren la vida de los ciudadanos.
El llamado a una política de unidad
De cara a lo que viene en el panorama político colombiano, la autora expresa su deseo de escuchar propuestas diferentes de los candidatos. Aspira a oír cómo piensan unir al país en lugar de dividirlo; cómo generarán crecimiento económico con equidad social real; y cómo implementarán reformas necesarias sin destruir la confianza institucional.
Gobernar verdaderamente no consiste solamente en ganar una elección para imponer la visión de una mitad sobre la otra. Gobernar auténticamente significa lograr que incluso quienes no votaron por un determinado proyecto político sientan que forman parte del proyecto nacional.
Cuando la política deja de ser debate constructivo y se convierte en condena moral permanente, la democracia misma se erosiona. Colombia no es una caricatura simplista de buenos contra malos, ni el futuro de una nación puede escribirse con el borrador del resentimiento acumulado.
Las etiquetas políticas son pasajeras, pero las instituciones sólidas y la convivencia pacífica son lo único que nos queda cuando los discursos se apagan y la realidad cotidiana se impone. Es hora de recuperar una política donde pensar diferente sea considerado un valor democrático y no un estigma social.
La verdadera justicia social no nace de ganar una guerra contra la otra mitad del país, sino de la capacidad colectiva de construir una nación donde todos, sin excepción, sintamos que tenemos un lugar legítimo y una voz que merece ser escuchada.