La responsabilidad como arte del liderazgo: Un llamado ético para Colombia
Responsabilidad: el arte del liderazgo que Colombia necesita

La esencia de la responsabilidad en el ejercicio del poder

Existen múltiples definiciones sobre la responsabilidad, pero una de las más precisas y contundentes la describe como "la capacidad de una persona para cumplir con sus deberes, asumir las consecuencias de sus actos y actuar de manera consciente y ética". Este concepto, que proviene del latín respondere (responder), responsum (respuesta) y responsabilis (que puede o debe responder por algo), constituye un pilar fundamental en cualquier sociedad organizada.

El liderazgo responsable frente a la evasión de culpas

Naturalmente, se espera que quienes ocupan posiciones de autoridad -ya sea el gerente de una empresa, el rector de una institución educativa o el presidente de una nación- asuman plenamente las responsabilidades inherentes a sus cargos. Contrario a lo que algunos puedan creer, aceptar la responsabilidad por lo que se hace, se dice e incluso por lo que se omite, representa un arte y un deber que demuestra fortaleza de carácter, nunca debilidad.

Resulta imposible construir gobernanzas cohesionadas cuando quien dirige la orquesta pelea hasta con la batuta y, en lugar de reconocer errores, lanza el trapo en llamas hacia otros. La capacidad de admitir equivocaciones en primera persona exige humildad, entereza, autocrítica constructiva y un compromiso genuino por enmendar los fallos. Esta actitud requiere tejer relaciones basadas en la empatía y la ecuanimidad, con reglas claras y exigencias justas y respetuosas.

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La responsabilidad versus la cultura de la culpa

Es fundamental distinguir entre responsabilidad y culpa. Mientras que en el ámbito jurídico la culpa posee connotaciones e implicaciones precisas establecidas por ley, en otros contextos carga con un lastre religioso que nos remonta al siglo XVI y al Catecismo Astete, aquel librito de aproximadamente sesenta páginas utilizado para coartar la curiosidad infantil mediante la repetición mecánica de preguntas y respuestas incuestionables.

El señalamiento obsesivo de pecadores y culpables implica una falsa superioridad moral, tan inútil como pretenciosa. Por el contrario, ejercer la responsabilidad con seriedad demanda integridad y claridad. Mientras la culpa se dedica a hacer aspavientos, la responsabilidad se concentra en hacer lo justo.

Un llamado ético para el futuro liderazgo colombiano

Al próximo presidente o presidenta de Colombia le corresponde un compromiso ineludible: asumir las consecuencias de sus actos y omisiones antes, durante y después de su posesión. Evadir impuestos constituye una ilegalidad, pero evadir responsabilidades representa una inmoralidad. La ciudadanía colombiana no necesita más espectáculos de dardos envenenados intercambiados entre sabios de turno, improvisados y paracaidistas políticos.

Basta de petulancias y descalificaciones provenientes tanto de la izquierda como de la derecha. Del fuego cruzado y del maltrato en spray nunca surge nada positivo. Culpar a otros por los propios errores siempre será lo más primario y la línea de menor resistencia, pero este camino no conduce a democracias sólidas y lógicas. En lugar de permitir que el presidente y la oposición se limiten a lo elemental, debemos exigirles -y exigirnos- ser y hacer lo más íntegro posible.

Reflexiones finales en tiempos complejos

En un contexto ideal, esta columna podría haberse escrito en "modo pascual", celebrando con optimismo y esperanza. Sin embargo, ante la realidad de discusiones constantes entre presidente y asesores, economistas y políticos, fanáticos y despechados, la fiesta democrática nos ha dejado un sabor amargo. El camino hacia una Colombia mejor comienza con líderes que comprendan que la verdadera fortaleza reside en la capacidad de responder con honor por las propias decisiones.

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