El liderazgo colectivo: La lección de la Gran Consulta para Colombia
En un momento crucial para la política colombiana, la Gran Consulta emerge como un experimento revelador sobre el tipo de liderazgo que realmente necesita el país. Que nueve aspirantes con trayectorias y fortalezas distintas acepten medirse bajo reglas comunes y respaldar al ganador constituye un mensaje potente en un contexto donde el individualismo político suele predominar.
La convocatoria como prueba de liderazgo real
Lograr que personas con experiencia y reconocimiento propio acepten competir bajo parámetros compartidos y respetar el resultado posterior no es una tarea menor. Convocar exige madurez política: la seguridad para competir sin temores y la grandeza para comprender que el proyecto colectivo trasciende las ambiciones personales. Esta capacidad de convocatoria representa una prueba tangible de liderazgo auténtico, donde no todos los actores políticos están preparados para este nivel de compromiso.
El pensamiento en equipo como estrategia política
El liderazgo contemporáneo no puede depender del héroe solitario que pretende resolver todo por sí mismo. Como señala Jim Collins, experto en liderazgo empresarial, los líderes más sólidos son aquellos capaces de canalizar su ambición hacia objetivos más grandes que ellos mismos. Pensar en equipo no diluye la autoridad del líder; por el contrario, la fortalece mediante la legitimidad que otorga el consenso, mejora la calidad de las decisiones mediante la diversidad de perspectivas y permite sostener proyectos a largo plazo.
La Gran Consulta propone una idea valiosa para la política colombiana: competir no tiene por qué destruir la posibilidad de cooperar. Se puede debatir con rigor, competir con reglas claras y asumir desde el inicio un compromiso de unidad posterior al proceso electoral.
Las lecciones del liderazgo que no convoca
El contraste es igualmente instructivo. Algunos actores políticos han optado por caminar solos, convencidos de que su capital político individual es suficiente. Esta postura puede interpretarse como independencia, pero también revela limitaciones evidentes para construir mayorías amplias y sostenibles. Existe además el caso opuesto, igualmente revelador: cuando ningún actor político desea sumarse a un liderazgo determinado. En estas circunstancias, la señal suele ser clara: si nadie se acerca, el problema no radica en los demás, sino en la falta de confianza y capacidad real de convocatoria del líder en cuestión.
Ordenar la ambición como ejercicio de responsabilidad
Aspirar a liderar es legítimo en democracia, y competir es natural en procesos políticos. Sin embargo, aceptar reglas compartidas y comprometerse con resultados colectivos habla de disciplina y responsabilidad cívica. En los proyectos exitosos, el centro no es el ego individual, sino el deber con el conjunto social. Que nueve aspirantes con fortalezas propias acepten medirse y respaldar al ganador envía un mensaje contundente: la causa nacional está por encima del protagonismo personal.
Un llamado a la participación democrática
El proceso de la Gran Consulta representa una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de liderazgo que Colombia necesita en este momento histórico. Si creemos genuinamente en la democracia, debemos acompañar este proceso con pedagogía política y participación activa. La democracia no puede convertirse en asunto exclusivo de políticos profesionales; requiere el compromiso de toda la ciudadanía.
Colombia enfrenta desafíos complejos que exigen menos protagonismo individual y más responsabilidad compartida. Los actores políticos que han optado por someterse a reglas comunes, competir con transparencia y comprometerse con resultados colectivos están demostrando un tipo de liderazgo más exigente pero potencialmente más transformador. Ahora corresponde a la ciudadanía responder con el mismo nivel de compromiso y participación responsable en los procesos democráticos.