La escasez de pensadores en la política colombiana: ¿Quién se atreve a analizar el país?
Escasez de pensadores en la política colombiana

La ausencia de reflexión profunda en la política nacional

En el panorama político colombiano actual, se observa una proliferación de aspirantes a cargos de elección popular, pero existe una marcada escasez de quienes hayan realizado el ejercicio fundamental de estudiar con rigor la historia nacional. Esta carencia no es un detalle menor, sino un síntoma preocupante de una cultura política que privilegia la reacción inmediata sobre la reflexión profunda.

La dictadura de la coyuntura

Colombia parece estar atrapada en lo que podríamos denominar la dictadura de la coyuntura. Sin importar si se trata de gobiernos recientes o distantes, locales o nacionales, cada escándalo exige discutir una nueva ley, cada necesidad fiscal nos impulsa hacia una reforma apresurada, y cada tragedia genera políticas públicas que parecen más reacciones emocionales que resultados de análisis estructurales. Da la impresión de que existe una fascinación peculiar por ser gobernados a golpe de titulares periodísticos.

Pensar el país de manera genuina implica reconocer que nuestras fracturas sociales no nacieron el día anterior, que nuestros conflictos no son meros accidentes del calendario, y que ninguna política pública será verdaderamente eficaz si no establece un diálogo con las causas históricas que la demandan. Este ejercicio intelectual requiere disciplina y una voluntad de estudiar antes de prometer o legislar.

Figuras que marcaron la diferencia

Vale la pena dirigir la mirada hacia figuras históricas que comprendieron que la política no se reduce únicamente a la administración, sino que también requiere interpretación. Uno de estos ejemplos fue Álvaro Gómez Hurtado. Más allá de las controversias o simpatías que su nombre pueda despertar, hay algo indiscutible: fue una persona que se tomó el trabajo de pensar el país antes de intentar gobernarlo.

En su ensayo La revolución en América, escrito durante su exilio europeo y publicado recientemente en formato de libro, Gómez Hurtado no se limita a proponer un catálogo de medidas oportunistas. En cambio, realiza una tarea más ambiciosa y desafiante: se sumerge en las raíces culturales e institucionales del atraso colombiano, interroga la herencia indígena y colonial, examina la fragilidad del Estado, y reflexiona sobre la mentalidad colectiva y los errores de la revolución liberal. Realiza una verdadera arqueología de las causas antes de construir propuestas concretas.

La política superficial versus la política pensada

En la actualidad, abundan los aspirantes a cargos públicos que dominan la estrategia electoral, el lenguaje de las redes sociales y el cálculo reputacional, pero escasean quienes hayan realizado el ejercicio previo de estudiar con rigor la historia nacional, examinar las condiciones estructurales y comprender que problemas como la violencia, la desigualdad o la debilidad institucional no son fenómenos episódicos, sino procesos de larga duración que nos llevan una ventaja considerable.

La política ligera ofrece reacción inmediata y titulares fulminantes, mientras que la política pensada exige paciencia, no produce transformaciones rápidas, sino cambios lentos y sostenibles. Las soluciones rápidas suelen ser políticamente rentables, pero estructuralmente inútiles. Hoy en día, la reflexión profunda parece sospechosa y la complejidad se percibe como un estorbo en el ámbito político.

Una obligación republicana

Necesitamos ciudadanos, y no solamente candidatos, que entiendan que gobernar es tanto un acto administrativo como intelectual. Deben reconocer que la política pública no es un simple parche, sino una pieza central dentro de una arquitectura que sienta las bases del esquivo desarrollo nacional.

Pensar el país constituye una obligación republicana. El verdadero vacío no radica en la falta de líderes o candidatos (en ocasiones incluso parece haber demasiados), sino en la escasez de quienes asumen la tarea poco agradecida de estudiar y preguntarse qué país somos antes de proponer cuál queremos ser. Este fue precisamente el error de quienes, tras la independencia de España, intentaron imponer una ilustración ajena a nuestra realidad, sin considerar nuestras particularidades y contextos específicos.

Más de dos siglos después, seguimos cometiendo los mismos errores con entusiasmo, eligiendo a quienes no se atrevieron a pensar el país, esperanzados en que esta vez, como por arte de magia, las cosas funcionen mejor. La historia se vuelve nostálgica, provocando un déjà vu constante que nos recuerda que, en un entorno donde preferimos la palabra abundante al pensamiento profundo, el aprendizaje genuino sigue siendo esquivo.