Análisis: Cómo la presidencia de Duque abrió paso al primer gobierno de izquierda en Colombia
Cómo Duque abrió paso al primer gobierno de izquierda en Colombia

El giro histórico: De Duque a Petro en la política colombiana

Hace ocho años, el establecimiento político colombiano tomó una decisión que marcaría el futuro del país. Al negarse a reconocer el impacto real del desarme del grupo guerrillero más grande de la nación y al respaldar a Iván Duque –un candidato leal a los intereses tradicionales pero claramente impreparado para capitalizar una oportunidad histórica–, las élites políticas ignoraron voluntariamente una realidad evidente: una presidencia desacertada abriría las puertas a la izquierda para alcanzar lo que nunca había logrado mediante la violencia armada.

La presidencia que cambió el rumbo

La gestión de Iván Duque, que aquí calificamos como desacertada para reconocer que algunos colombianos la consideraron efectiva mientras otros la ven como desastrosa, demostró ser precisamente eso: desacertada. No porque careciera de logros técnicos o estadísticos, sino porque fracasó en demostrar a la ciudadanía que los posibles avances durante su mandato realmente mejoraban la situación de la mayoría de la población.

La prueba más contundente de este fracaso comunicativo y político se materializó en los resultados electorales de 2022, que llevaron a la presidencia al líder de una oposición históricamente estigmatizada. El aumento descontrolado del costo de vida, la escasez crónica de oportunidades laborales, el deterioro progresivo de las instituciones públicas y el estancamiento socioeconómico de amplios segmentos poblacionales se convirtieron en manifestaciones visibles de la inefectividad presidencial.

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Lo que realmente importa a los electores

Resulta crucial comprender que factores como la pandemia global, las fluctuaciones en los precios del petróleo, las variaciones del PIB o los cambios en la deuda pública influyen en la decisión electoral tanto como la temperatura del sol. Los ciudadanos votan con base en sus experiencias cotidianas, no con estadísticas macroeconómicas. El voto en las elecciones de 2022 reflejó precisamente estas consideraciones primarias: la percepción del deterioro en la calidad de vida, no los indicadores técnicos que tanto preocupan a las élites.

El presente y futuro político

Actualmente, Colombia se aproxima al final del primer gobierno izquierdista de su historia, un gobierno que –discutiblemente– no ha cumplido todas las expectativas generadas y que se ha visto empañado por escándalos difícilmente justificables. Sin embargo, debemos recordar que durante más de dos siglos, cada cuatro años, los colombianos hemos escuchado la misma promesa: "con este presidente sí va a mejorar la situación". Promesas que sistemáticamente se han incumplido.

Que con Gustavo Petro se repita esta historia una vez más resultará igualmente insuficiente para que sus seguidores abandonen su proyecto en las próximas contiendas electorales. Pero más allá del resultado presidencial, es altamente probable que el establecimiento político tradicional mantenga el control del Congreso, conservando así un poder significativo independientemente de quién ocupe la Casa de Nariño.

Una advertencia para el futuro

Lo que el establecimiento debe reconocer, triunfante o derrotado en las próximas elecciones, es que la sociedad colombiana ya logró su primer gran triunfo histórico y no está dispuesta a regresar a un pasado de sumisión. Si este control legislativo se combina con un presidente desconectado de la realidad, que persista en aplastar las ilusiones de un pueblo que finalmente ha despertado a su poder colectivo, podríamos enfrentar dos escenarios igualmente preocupantes:

  • La instauración de un régimen de terror que nos haría añorar la relativa paz actual
  • La imitación de la tragedia de países vecinos, donde masas desorientadas y cegadas por la indignación buscan redención en líderes carismáticos pero ignorantes que terminan destruyendo el limitado progreso social acumulado

La historia reciente de Colombia nos enseña que ignorar las demandas sociales tiene consecuencias impredecibles. El camino hacia adelante requiere reconocer que el país ha cambiado fundamentalmente y que cualquier proyecto político que ignore esta nueva realidad está condenado al fracaso o, peor aún, a desencadenar crisis aún más profundas.

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