Un comediante gracioso, ingenioso y repentista que se burlaba de la cotidianidad en un programa de televisión dominical que se emitió durante casi dos décadas terminó siendo elegido presidente de su país. Jimmy Morales gobernó Guatemala entre 2016 y 2020. Ganó gracias a la popularidad que le dio su oficio, pero, ante todo, debido al hastío de los votantes con la clase política y sus escándalos de corrupción. Desde el principio, sin embargo, los analistas serios dudaban de su capacidad para dirigir el Estado y lidiar con los vericuetos del poder, por su nula experiencia en asuntos oficiales. Los pronósticos más pesimistas acertaron y, aun así, se quedaron cortos: el entorno del presidente-cómico, incluso su hermano –también actor cómico– y su hijo, se manchó con negocios turbios y defraudación de dineros públicos, entre otros líos. Morales resultó ser un inmoral. Además, y como típico populista que era, el neófito mandatario no tardó en poner en práctica sus inclinaciones autoritarias: restringió, con maniobras oscuras, el proceso en su contra por la financiación oculta de su campaña por parte de unos empresarios, a pesar de que había reiterado cien veces que no recibiría aportes; violó la orden de la Corte de Constitucionalidad cuando expulsó a la Comisión Internacional de la ONU contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–, en momentos en que esta investigaba su conducta; y asedió a los periodistas que no eran genuflexos. Solía afirmar, agresivo y cínico, que “a la prensa se le paga o se le pega”.
Similitudes con el panorama electoral colombiano
Las elecciones 2026 en Colombia no se comparan con las de Guatemala 2015 pero ¡vaya si se parecen! Al menos porque cuentan con un candidato “morales” con aspiraciones de llegar a la Casa de Nariño, autócrata y novato absoluto en la dirección de la cosa pública pero buen animador, como era el original guatemalteco: divertido, desfachatado, entretenido; un personaje presumido que no habla de temas aburridos como los líos laborales, los conflictos pensionales, enredos del sistema de salud o los altos niveles de inflación. En cambio, es un pez en el agua cuando ameniza sus fiestas de campaña, sus shows en vivo con entrada gratis y producción audiovisual emotiva. La invitación por redes, la entrega de gorras con logos propios y camisetas de la selección de fútbol, la máquina que expele humo como caído del cielo y la repartición de globos con los colores de la bandera (cuyo uso viola la ley que obliga a respetar los símbolos de la Nación), garantizan la presencia de nutridos grupos de electores. Un preámbulo cinematográfico “con videos musicales hechos con inteligencia artificial” motiva a los presentes. La aparición del actor principal que brinca, grita, baila y apenas esboza unas cortas palabras los incentiva. Y el cierre con una “oración ecuménica por la patria” –vergonzante, porque el terminacho elude especificar cuáles y cuántas iglesias caben en su “ecumenismo”– permite que todos estén seguros de votar el 31 de mayo por el “hombre transformado por Dios para transformar a Colombia”.
Comportamiento vulgar y acoso en entrevistas
Pese a que el animador hostiliza a la prensa que fiscaliza su pasado y el origen de su fortuna, se siente, en cambio, a gusto en escenarios en donde sus interlocutores se limitan a echar chistes picantes. Como suele ocurrir cuando uno finge, el ego religioso, bendecido y casto desaparece muy rápido para darle paso al showman lascivo y vulgar, cuando el espacio le es propicio. Un video y una fotografía divulgados tanto por “entrevistadores” como por el “entrevistado”, evidenciaron el talante real del elegido de dios. El diálogo, en medio de la edificante charla, fue del siguiente tenor: el candidato comenta: “… se te chupa el orto… tiene más culo un gato para’o, o un borracho meando…”. Le pregunta uno de sus contertulios: “¿no será que la gente lo está mirando más en la retaguardia”? Contesta: “unas peladas me estaban viendo allá y dije ‘pero toca, mi amor, no pasa nada’”. Un par de intervenciones grotescas más adelante, el enviado de los ultrarreligiosos pidió que le prestaran un celular. Aspiraba a encontrar una foto que, según explicó, mostraría “dónde es que está la vaina [porque] con ella, me gané unos votos, bien “bacanos”, del electorado femenino”. Cuando halló la imagen, reiteró: “estoy mal de culo pero miren esta foto”. El santo varón se dirigió a la única mujer en la mesa: “¿qué ves aquí?, qué ves aquí, cariño, ven, acércalo, dale zoom”. La joven participante no se fijó (o no quiso fijarse) en el falo de “san candidato” que, según las piezas divulgadas enseguida en las redes, era el motivo de su orgullo. El señor “morales” de Colombia insistió: “nooo, pero, mi amor, ¿qué más ves? No seas tímida”. Uno de los presentes remarcó: “no le está mirando lo que usted quiere”. Y un tercero dijo: “pero, ¿qué es lo que quiere que le miren en esa foto”? Acoso, además de ordinariez.
Apoyos y riesgos para el país
La derecha despojada temporalmente del poder estatal, una parte de la clase alta, otra porción del empresariado, las iglesias, sus sacerdotes y creyentes, apuestan por un histrión chabacán, disfrazado con elegancias físicas y espirituales, dizque porque hay que ¡“salvar al país de un salto al vacío”!



