La diferencia no resta, ¡suma! Un análisis del momento político colombiano
En las últimas semanas, un fenómeno ha generado incomodidad en ciertos sectores de la opinión pública colombiana. No se trata de una pelea, ni de un error, ni de una ruptura evidente. Es algo más simple y, precisamente por eso, más difícil de procesar para muchos: la visibilización pública de diferencias dentro de una misma coalición política.
La falsa perfección de las alianzas políticas
Durante décadas, Colombia se acostumbró a una práctica política donde las alianzas se presentaban como bloques perfectamente cohesionados. Espacios donde todos debían pronunciar las mismas consignas, pensar de manera idéntica y evitar cualquier matiz que pudiera sugerir divergencia. Sin embargo, esa supuesta perfección terminaba siendo meramente estética y poco realista. Duraba lo que duraba la campaña electoral, pero al momento de gobernar y construir propuestas concretas, emergían las diferencias que nunca se quisieron mostrar públicamente.
Por esta razón, lo observado entre Paloma Valencia y otros actores políticos como Oviedo no debería causar preocupación. Debe, en cambio, llamar nuestra atención porque representa un ejercicio de honestidad política poco común en nuestro escenario.
De la competencia a la construcción colectiva
Durante el proceso de consulta interna, existió competencia legítima. Cada candidato defendió sus ideas, sus trayectorias y su particular visión del país. Este ejercicio democrático era necesario y positivo. Pero la nación no puede quedarse estancada en la fase competitiva. Colombia exige algo más profundo: la capacidad de transitar desde la competencia hacia la contribución, hacia la suma de perspectivas distintas.
Aquí comienza el verdadero desafío. Durante años hemos sostenido la creencia errónea de que la política requiere coincidencia absoluta: que para avanzar hay que parecerse, que para construir equipo hay que pensar igual. La realidad demuestra lo contrario: las mayorías políticas no se construyen con personas idénticas, se construyen con individuos distintos que encuentran puntos de convergencia.
La diferencia como condición de crecimiento
De hecho, si todos pensaran igual, si los integrantes de un equipo político compartieran exactamente las mismas posturas, entonces no habría nada que sumar. Una fórmula política es, por definición, un complemento. Un equipo es la adhesión de varias perspectivas que se articulan hacia un objetivo común.
La diferencia no constituye una falla en un proyecto político; es su condición fundamental de crecimiento. Es lo que permite ampliar el alcance, conectar con diversos sectores sociales, llegar a ciudadanos que antes no se sentían representados. Es precisamente esta diversidad lo que puede convertir una candidatura en una posibilidad real de alejarse de los extremos y ofrecer una opción saludable que construya mayorías mientras tiene presente a las minorías.
El momento actual: construir sobre bases diversas
Este es exactamente el momento histórico que vive Colombia. La consulta pasó, Paloma Valencia resultó victoriosa y sumó a ocho opciones que, en su diferencia, tienen mucho por aportar al proyecto nacional. El proceso definió un liderazgo claro, pero también dejó algo más importante: una base diversa sobre la cual crecer políticamente.
La pregunta ahora es: ¿qué sigue? Ahora se trata de demostrar la capacidad de construir hacia adelante. Esto implica desarrollar habilidades que en política suelen costar trabajo, pero que son sumamente valiosas: ceder en lo secundario, escuchar activamente, coordinar esfuerzos, priorizar objetivos comunes.
Madurez política frente a la tentación del ruido
Implica comprender que ningún actor político posee todas las respuestas, pero que sí es posible conformar equipos que las construyan colectivamente, que conversen sobre ellas y que promuevan incluso diálogos improbables o conversaciones que históricamente han permanecido ocultas. Esto no representa debilidad y jamás constituirá un riesgo; es madurez política y, en el caso colombiano actual, responsabilidad histórica.
Mientras algunos sectores siguen apostándole al ruido mediático, a los extremos ideológicos, a las certezas fáciles o al cultivo del ego personal, figuras como Paloma Valencia y otros líderes están comprendiendo algo diferente: Colombia no se va a ordenar con más gritos, sino con mayor capacidad de sumar voluntades diversas.
Sumar sin borrar las diferencias
Sumar no significa borrar las diferencias, sino aprender a trabajar con ellas. Sumar no implica renunciar a las convicciones propias, sino decidir que existe algo más importante que tener la razón en cada discusión. Sumar no es parecerse, es poder ofrecer al país una opción política que permita avanzar colectivamente. Y esto es precisamente lo que está en juego en la actual coyuntura colombiana.
De aquí al próximo proceso electoral decisivo, no se trata de qué fórmula política se muestra más "perfecta" en términos de homogeneidad, sino de qué tan capaces somos de construir propuestas que incluyan a más colombianos. Colombia no es un país homogéneo; es profundamente diverso. Y es justamente esta diversidad la que permite que un proyecto político se sostenga en el tiempo y resista los embates de la realidad.
Existen quienes creen que para avanzar debemos parecernos o, peor aún, que hay que silenciar nuestras diferencias. La realidad enseña otra lección: los países crecen cuando aprenden a sumar incluso lo que no es idéntico. En Colombia, si realmente queremos ganar el futuro, nos corresponde entender algo básico pero fundamental: en política democrática, la diferencia no resta, suma.



