La compra de votos: una práctica que se ha convertido en tradición en pueblos del Atlántico
En un pequeño pueblo del departamento del Atlántico, la señora * y su familia han convertido la venta de sus votos en una tradición electoral que les permite aliviar algunas de sus muchas necesidades económicas. Cada vez que se acercan las elecciones, los políticos aparecen ofreciendo dinero a cambio de apoyo en las urnas, y esta familia se organiza meticulosamente para recibir esos pagos que tanto necesitan.
Los votos como solución a necesidades básicas
Lo que llega a su hogar el día electoral ha servido durante años para resolver problemas concretos. En ocasiones anteriores, el dinero obtenido por sus votos les permitió construir una columna de cemento para elevar el tanque de agua, pañetar una habitación cuando nació el hijo de Julio (quien fue padre a los 18 años), y en 2022 pudieron poner concreto en el andén de su casa para salir del polvo y estabilizar la mesa de dominó que siempre se tambaleaba por los agujeros en el piso de tierra.
Para el marido y el abuelo de la familia, estos han sido votos bien comprados que han traído mejoras tangibles a su calidad de vida. Este año, aunque todavía necesitan instalar algunos enchufes en la sala y comprar un tapete con dos lámparas, han decidido invertir el dinero que recibirán en marzo en un paseo familiar a Barranquilla.
La logística familiar de la compra de votos
La organización familiar es minuciosa:
- La señora, que ya ejerce como líder comunitaria, recibirá 300.000 pesos por su voto.
- Su esposo, hija y yerno sumarán otros 600.000 pesos.
- Su hijo y un compañero de trabajo que vive en su casa agregarán 400.000 pesos.
- Otra hija que no vive con ellos participa igualmente; es madre soltera y tiene dos hijos mayores que aportarán otros 600.000 pesos, aunque de esta cantidad toca dar la mitad porque los jóvenes de 20 y 22 años quieren su parte.
- Finalmente, la abuela, que casi no puede caminar, ese día hará el esfuerzo de llegar hasta la mesa de votación con ayuda de una comadre.
En total, suman 11 votos que representan 2.300.000 pesos. La familia calcula que este monto alcanzará perfectamente para el paseo a Barranquilla, un regalo para el nieto recién nacido que conocerán, el almuerzo familiar, algunas cervezas y ron, e incluso sobrará algo de dinero.
La escala del problema y sus consecuencias políticas
Estos votos familiares, sumados a los de los vecinos de la cuadra, del barrio y del pueblo completo, servirán para que el senador que los compró posiblemente consiga mantenerse en el Capitolio. Una vez en su cargo, tendrá como una de sus principales misiones recuperar toda la plata que invirtió en esa curul comprada, más los intereses que seguramente estarán representados en tajadas de contratos que ha prometido llevar al pueblo.
Entre esas promesas está completar el pedazo de acueducto que falta y terminar el dique para el río que han empezado a construir cuatro veces y que siempre queda mal hecho. La señora * sabe muy bien que esto es lo que normalmente ocurre, por eso prefiere el dinero en mano antes que promesas vacías. Ella no va a ser amiga del senador, simplemente participa en una transacción que considera necesaria para su supervivencia.
Un recuerdo de cuando la política sí cumplía
Sin embargo, la señora recuerda con nostalgia una excepción a esta regla: una vez sí hubo un doctor que cumplió sus promesas y les construyó una escuela y un polideportivo. A ese político lo recuerdan con cariño, aunque en esa época el voto solo se pagaba a 30.000 pesos. "Imagínese cómo pasa el tiempo", comenta la señora, reflexionando sobre cómo han aumentado los montos pero disminuido los resultados reales para la comunidad.
Las elecciones para el Congreso están programadas para el próximo 8 de marzo, y en muchos pueblos del Atlántico y otras regiones del país, esta práctica de compra de votos seguirá siendo una realidad que mezcla necesidad económica con corrupción política.



