En la primera vuelta, los grandes derrotados son Uribe y Petro, según el análisis de Cristina de la Torre. El expresidente Uribe pierde la jefatura monolítica de la derecha, teniendo ahora que compartirla con Abelardo de la Espriella. Es la primera vez en un cuarto de siglo que una candidata suya sufre la derrota. Además, el nuevo jefe protagoniza un giro hacia un límite extremo de su opción política, entre vítores de la multitud. Claudia López advierte que Colombia podría perder su democracia. Mientras el Centro Democrático pierde electores de la base social, el abogado gana pueblo a raudales.
Petro pierde poder y prestigio
Por su parte, Petro pierde poder y prestigio al comprobarse que su popularidad no bastaba como único soporte de la candidatura de Cepeda. La autocomplacencia herida no le permite reconocer desastres de su Gobierno en salud, seguridad y corrupción, lastres que recaen sobre el candidato. A diferencia de toda la región, Colombia ensaya por primera vez la alternancia de izquierda y derecha en el poder. Enhorabuena. El pueblo colombiano se siente integrado en un partido con ideas y programas, con capacidad de organización, representación y lucha. Pero caudillos, candidatos y prosélitos transforman la emulación política en cruzada contra herejes, reduciendo la política a un campo de batalla de suma cero: la supervivencia de uno depende de la desaparición del otro.
Polarización y violencia
La política colombiana, tan emparentada con la religión, siempre al límite de la guerra santa, se exacerba por la provocación incesante de los jefes a izquierda y derecha. Parecen no medir el alcance de su palabra, tantas veces disparador de violencia o de guerra civil, como en tiempos de la Violencia. En esta campaña, el fenómeno cobra sus más temibles ribetes. En abierto desafío a las instituciones, el presidente Petro, que ha cubierto de oprobios a sus adversarios, y su candidato desconocen el resultado electoral. De la Espriella declara que estará “al frente de esta batalla para hacerme matar si es necesario… sería la batalla final por la Colombia milagro: defenderemos nuestro triunfo por la razón o por la fuerza”. Uribe adhiere a la candidatura de su amigo porque “Colombia no puede convertirse en sucursal del chavismo, de Petro y Cepeda”, apoyado por grupos terroristas.
Propuesta anticorrupción
Con todo, se ha producido un hecho trascendental: Cepeda anuncia que, de ganar, nombraría a Iván Velásquez jefe del Sistema Nacional Anticorrupción. Velásquez, el valiente que barrió en Guatemala la podredumbre del poder y en Colombia la colonización del Congreso por la parapolítica, ofrece las mejores credenciales. En Guatemala, terminaron en prisión el presidente Pérez Molina, su vicepresidenta, siete ministros y 50 diputados. En Colombia, 60 congresistas por complicidad con el paramilitarismo. El Sistema propuesto debería resolverse como política de Estado que comprometa la voluntad de todos, pues la corrupción es el sistema, en particular en este Gobierno. Si hubiera un punto de partida para concertar el Acuerdo Nacional que persigue Cepeda, sería la lucha contra la corrupción. Más allá del programa de gobierno, el pacto debe responder al mandato democrático de gobernar para todos y atacar los disparadores de la crisis. Ojalá no corrompa Petro tan loable propósito degradándolo a distractor de su constituyente, concebida para horadar la democracia y perpetuarse en el poder. ¿No es hora de que Cepeda rompa amarras y navegue con su propio timón? ¿No es la hora del ocaso de los dioses?



